Óscar Hernández Arteaga © 2023 /

Me imagino a mí mismo escribiendo, diariamente, como si no hubiera un mañana, hinchándome a café y martilleando las teclas de mi máquina de escribir marca olympia, mientras que de un tocadiscos forrado de madera, empieza a surgir alguna melodía de jazz. Me imagino que todo ese attrezzo es necesario para convertirme en un escritor de renombre, aunque, finalmente acabe siendo un cretino.

Hubo un tiempo en que fantaseaba con la idea de escribirlo todo. Hacer novela de todo. Y recordaba aquello que decía Ed Harris en la película Las horas, a una compungida Meryl Streep. Harris, en la piel del protagonista de la obra, con el mismo título, del escritor Michael Cunningham, en la que se basa el filme, interpreta a un escritor bisexual, enfermo de sida que en su momento más artístico y vital había intentado hacer la novela de su vida. La novela total, esa que intenta mostrar la observación del escritor, describiendo hasta el último resquicio de lo que hay en el mundo.

Novelarlo todo, desde lo más insignificante hasta lo más sublime. Describir no sólo el vuelo de una mosca, sino el peso de sus alas, su proporción y su relación con el sujeto que intenta acabar con ella con un simple paño de cocina. Novelar el paso del tiempo, y el tiempo que no pasa, convertir en palabras lo que no se puede describir con palabras. 

Ando desde hace unas semanas leyendo como si no hubiera un mañana. Me he mudado a un pisito pequeño pero cómodo, después de llevar diez años viviendo en la que consideraba mi casa. Mi antiguo casero vendía y tuve que irme. En cuanto empecé a buscar me di cuenta de la dimensión de la tragedia. En diez años me era casi imposible vivir de alquiler. El sueldo no había variado pero los precios de las viviendas sí. Después de una ardua y cansina búsqueda, encontré en una plataforma para docentes, un alquiler temporal y a un precio más o menos asequible. Tengo casi todas mis cosas en casa de mi madre. Y en este piso que, por momentos, parece una tienda de muebles de los 80 (con cuadros que tuve que descolgar la primera noche para que  no me diera un infarto), siento que estoy en una especie de exilio simbólico. No me he llevado nada, salvo lo imprescindible. Es un lugar de paso puesto que tengo contrato por sólo un curso escolar. Y entre lo poco que tengo, ropa y algún libro, destaca un tomo rojo (algo magullado y roído) en rústica y papel biblia que corresponde al primer volumen de la traducción de La Comedia Humana de Balzac.

De esta novela se ha escrito tanto que yo no voy a voy a pretender aportar nada nuevo. Sólo puedo registrar mi impresión como lector. Previamente, había intentado leer a Balzac y siempre me había parecido aburrido. Pero o yo he cambiado o quizás se deba al contexto nuevo en el que estoy  (el piso recién estrenado y el hecho de que no tenga internet y no pueda ver Filmin). El caso es que Balzac ha obrado un milagro en mí. Entiendo que se leyera tanto en el siglo XIX. Entiendo que sea uno de esos creadores pesados, moralistas, pero geniales en su descripción decimonónica, de un mundo en declive, a caballo entre los valores aristócratas y los burgueses, donde la ausencia de las clases bajas son un síntoma de su presencia. 

Me lo imagino como un Woody Allen de la escritura, en lo que respecta a su retrato de la clase alta, con sus dilemas sentimentales, sus constantes aspiraciones a mantener un estatus. Personajes que provienen del romanticismo, sus héroes suelen morir por amor. Galdós lo traduce e intenta hacer algo parecido con Los Episodios Nacionales. Y me pregunto por qué registrar la evolución de las cosas (si es que hay una evolución). Creo que la novela, intenta registrar el tiempo. Vaya frase, lo sé.

Balzac pensaba que su obra iba a trascender porque podía ser un estudio científico de lo social. Y pensaba que la sociedad francesa de su época era el mejor laboratorio por su variedad de tipos sociales. Es verdad que sólo llevo un volumen (unas catorce novelas) y que su proyecto, aunque inacabado, comprende más de 70 (nouvelles, que pueden ser relatos largos), pero hasta ahora lo que veo es un retrato de la nobleza y sus peripecias románticas, económicas y sociales. Normalmente nos encontramos con un cuadro histórico (con Napoleón y sus consecuencias de fondo) donde se insertan tramas folletinescas (verdaderos antecedentes de los culebrones televisivos).

Doy un salto a Robertson Davies, devorando literalmente dos de sus libros. Como si no hubiera un mañana. Y reflexiono sobre la experiencia existencialista de la que habla Sartre en La náusea y que tan bien glosa Irish Murdoch en un libro dedicado al pensador francés. Visualizo el momento en el que el protagonista experimenta el tiempo con una revoltura. Y me veo a mí mismo vomitando, con mareos y vértigo. Después paso unos días pensando que no voy a recuperarme nunca y que siempre voy a vivir un presente sin historia y sin futuro, como si no hubiera un mañana. Volviendo a Davies, después de googlear un poco, descubro que fue un destacado autor canadiense, nacido en 1913 y cuya vida se prolongó hasta 1995, que en España se dio a conocer gracias a Libros del Asteroide, una de esas editoriales pequeñas que, desde hace un par de décadas, hace grandes cosas. 

Davies se me presenta como un personaje de otra época. Es cierto que nació en el siglo XX, pero creo que su apariencia y su amor por lo gótico lo convierten en una especie de personaje de novela. Aconsejado por mi compañero de batalla del podcast “Gente de principios”, empiezo por su Trilogía de Deptford (compuesta por El quinto en discordia, Mantícora y El mundo de los prodigios), y, literalmente, alucino con lo adictivo que parece. Si me contaran sus argumentos no daría ni un céntimo por leerlo. Así que sospecho que se trata de la forma más que del contenido.

El quinto en discordia ya me pareció de lo mejor que había leído en mucho tiempo y tiene un argumento muy básico: un niño lanza una bola de nieve que contiene una piedra, como simple broma, a otro niño (nuestro protagonista narrador), este se agacha y la bola con regalo va a parar a la cabeza de una mujer que termina engendrando al vengador de su madre. Ese simple hecho desencadena infinitas historias personales. De fondo, observamos la primera mitad del siglo XX occidental, los conflictos bélicos, las crisis económicas, etcétera. No resulta ser una novela histórica, tampoco social ni política y mucho menos psicológica. Y sin embargo toca todos estos registros. Por momentos recuerda a un Thomas Mann sofisticado y ligero. Alguien que ha sabido traducir la herencia decimonónica y trufarla con el escepticismo propio del siglo XX y cierta nostalgia por lo gótico y lo medieval.

Percibo en Davies esa pasión por narrar el pasado, como si nos afectara en el presente, con una capacidad de sintetizar saberes que me parece tan asombrosa y todo a merced de la trama. Los personajes son complejos, pero no demasiado profundos. Y pienso en esa pasión que los mueve y la autopista dicotómica (inteligencia/sentimiento) por la que circulan. Enseguida me veo circulando por ella. Pienso en este último año, muy loco con la IA. Y el chat GTP. Y los miedos. Y en el precio del alquiler. Y en la generación apolítica que nos representará en el futuro. Y en las aplicaciones de contacto. Y en su estrategia de mercado, al considerarnos como mercancía. Y en lo adictivo que es todo. Con el algoritmo de por medio.

Tengo un amigo obsesionado con el algoritmo y todo lo que lee, le remite a eso. Hace unos días, Emma (de Lecturas Sumergidas) me ha escrito, preguntándome si puede contar conmigo para el último número del año. Yo le contesto que por supuesto. Pero le miento, diciendo que estoy con un artículo de Balzac. Le miento sin querer, porque me doy cuenta de que lo que empezó siendo un escrito sobre La comedia humana, ha terminado siendo un artículo sobre la pasión y sobre la obsesión. Y sobre este año que termina. Y los conflictos (el palestino, el ruso, los fascismos locales, el salario mínimo, la subida del alquiler…) y el presente. Como si no hubiera un mañana.


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