Galactica: en busca de un hogar llamado identidad

Alberto Trinidad © 2020 / 

Una de las primeras veces que oí hablar de la nueva versión de Battlestar Galactica fue en un seminario sobre postfeminismo en la Facultad, mediada la primera década del siglo. En él se analizaba, desde una perspectiva de género, algunas de las series de televisión que en aquella época habían contribuido, junto con las plataformas digitales que las exhibían, a la fulgurante y desmesurada eclosión de este formato que dura hasta nuestros días. Las ponentes, cuyos nombres y rostros he olvidado, hacían hincapié en uno de los aspectos más llamativos de la nueva propuesta ideada por Ronald Moore y David Eick: que uno de los dos personajes principales, Starbuck (protagonizado por Dirk Benedict en la serie original, el popularísimo y carismático Fénix de El Equipo A), fuera interpretado por una mujer. Y no se trataba de una mujer cualquiera: Katie Sackhoff ayuda a convertir un personaje anodino, superficial y mujeriego en un torbellino de matices, en alguien que asume el conflicto que generan sus desmedidas pasiones y lo convierte en una coraza identitaria.

Una mujer en la que conviven la lealtad al Cuerpo militar al que pertenece y la que se debe a sí misma, a la honestidad que siente hacia su propia escala de valores e intuiciones. Hoy en día emplearíamos el horrible término «empoderada» para definirla, pero afortunadamente hace cerca de 15 años todavía no se utilizaba, así que supongo que las ponentes la calificarían con otros adjetivos. También se habló, imagino (mi memoria no llega a tanto), del papel tan diferenciado que se reservaba a las mujeres en la versión original: simples acompañantes de los protagonistas, muletas sexuales para los escarceos de Starbuck y siempre ataviadas con vaporosos vestidos de gasa semitransparente; para, finalmente, destacar el peso argumental de dos personajes femeninos nuevos de una potencia narrativa indiscutible: la presidenta Laura Roslin y la Almirante Helena Cain. En aquella época no estábamos tan acostumbrados a que se destinaran los puestos jerárquicos más elevados de una comunidad a dos mujeres, de modo que esta preponderancia es, de por sí, un rasgo digno de subrayar.

Pese a las buenas palabras que oí en aquel seminario, a causa del recuerdo que mantenía, lejano y mítico, de la versión original emitida por TVE a principios de los 80, me mantuve firme en mi decisión de no ver la serie. Debido a mi corta edad de entonces, en mi mente apenas sobrevivían imágenes deslavazadas del hipnótico ojo rojo cylon que se desplazaba horizontalmente en una cabeza cuadrada de metal; de una especie de timón-joystick con que manejaban los pilotos sus vipers, en el que había tres botones, uno de ellos rojo flamante con el que disparaban a los malvados incursores; de los fusiles láseres que empuñaban los protagonistas, y de poca cosa más. La cuestión es que ese caleidoscopio de secuencias vagarosas había fraguado en mi memoria una relación con la serie rayana en lo mitológico, y no quería que una adaptación «moderna» la sustituyera.

Gracias a Dios (mejor dicho, a los dioses de Kobol), una sucesión de circunstancias cuya descripción darían pie, seguramente, a otro artículo de «Territorios de Fuga», me llevaron a visionarla durante el primer semestre del año 2015. Y lo cierto es que la experiencia que supuso para mí acompañar a la tripulación del Galactica en su travesía «hacia un hogar llamado Tierra» no tiene comparación con la que haya podido sentir transitando cualquier otra serie de televisión, actual o pretérita, aunque pueda reconocer que algunas de ellas, en aspectos generales, seguramente estén «mejor realizadas o producidas». De hecho, si quisiera, uno podría detenerse en analizar al detalle una buena lista de carencias de las que adolece Battlestar Galactica: en el apartado técnico, los efectos especiales parecen extraídos de cualquier película de una década anterior; algunos de los actores secundarios no están ni de lejos a la altura de los protagonistas; a lo largo de las cuatro temporadas se producen importantes bajones de calidad en los que el ritmo, la intensidad y el sentido parecen diluirse, y son indiscutibles algunas lagunas de guión que dejan en el aire ciertas tramas argumentales de fondo.

James Callis como Gaius Baltar, Tahmoh Penikett como Karl «Helo» Agathon, Jamie Bamber como Lee «Apollo» Adama, Tricia Helfer como Number Six, Grace Park como Sharon Valerii, Katee Sackhoff como Kara «Starbuck» Thrace, Mary McDonnell como Laura Roslin, Edward James Olmos como William Adama, Aaron Douglas como Tyrol, Reka Sharma como Tory Foster, Michael Trucco como Sam Anders, Michael Hogan como Saul Tigh [SCI FI Channel Photo: Art Streiber]

 ¿Qué hace, pues, que Battlestar Galactica sea considerada la serie que renovó definitivamente la ciencia ficción y que, para muchos, entre los cuales me incluyo, sea una serie de culto irrepetible? Bajo mi punto de vista esta respuesta podría resumirse en cuatro aspectos, algunos de los cuales acaban fundiéndose entre sí y desarrollando nuevos flecos que generan otros tantos puntos de interés.

El primero tiene que ver con la atmósfera creada. Lo que a priori pudiera parecer una carencia: la escasez de presupuesto y recursos técnicos, acaba convirtiéndose, gracias al talento de los editores, directores y camarógrafos, en un sello de identidad inimitable. La serie está dirigida casi como si se tratara de un documental: la mayoría de las secuencias de los episodios están rodadas cámara en mano, desde diferentes perspectivas, y dejando a los actores que interactúen sin conocer exactamente desde cuáles de las cámaras finalmente van a ser encuadrados. Estos movimientos, mezclados con zooms propios de la grabación digital, engarza a la perfección con el escenario que tratan de mostrar: una humanidad residual vagando sola por el espacio a bordo de una vieja Estrella de Combate a punto se ser retirada, lejos de las comodidades de la civilización. A esta técnica de dirección se le suma una tonalidad sobria, azul ceniza, en consonancia con la nave estelar y el infinito lienzo oscuro del cosmos, y una granulada luz radiactiva en las pocas escenas que se desarrollan en tierra firme. Como guinda, se envuelve esta particular manera de editar las imágenes con una banda sonora basada en una percusión trepidante e inmediatamente identificativa. Y lo que es más difícil, Bear Mc Creary, su creador, consigue ensamblar la parquedad de este ritmo puramente tribal, arcano, con melodías corales emparentadas con una suerte de helenismo épico que otorga al conjunto final (junto con las imágenes) una atmósfera única, propia de aquellas obras que logran permanecer en la memoria durante lustros.

El segundo aspecto está relacionado con aquello que, fundamentalmente, diferencia a esta de la serie original. No olvidemos, y esto es primordial, que no se trata de un remake, sino, tal como describe la cabecera de las campañas promocionales, de una versión «reimaginada». En la primera, la de mi infancia, los Cylon son unos robots creados por una raza alienígena como esclavos que no evolucionan más allá de la maldad intrínseca de sus programadores. Igual que en la segunda, estos destruyen las doce colonias habitadas por los humanos y condenan a los escasos supervivientes a vagar por el espacio en busca de otro hogar. El brillante matiz diferenciador entre una y otra está en que, en la última, los cylon han sido creados por el hombre y estos, a sus espaldas, han evolucionado hacia una forma aparentemente idéntica a la humana. Aquí es donde empieza a urdirse el tejido narrativo que convierte a esta serie en un complejo puzle existencial de insospechadas facetas.

Tricia Helfer como Número Seis

Los cylon con aspecto humano (aka «pellejudos») se distribuyen en múltiples copias de doce modelos distintos (el número doce se repite en la serie como una suerte de mantra cabalístico). Cada uno de estos modelos tiene una personalidad más o menos definida, sus copias comparten memoria y, a un mismo tiempo, disponen de un libre albedrío que los hace tomar decisiones propias, al margen del grupo. Esta composición de lugar se complementa con una oportunísima «nave resurrección», donde, tras la muerte, les espera un cuerpo idéntico de su modelo al que se trasvasa su conciencia. Como a priori los humanos desconocen su aspecto físico, algunas de estas copias se han infiltrado en la flota tras el ataque a las doce colonias con el fin de sabotearla y acabar el trabajo iniciado con el ataque nuclear. El último de los alicientes añadidos de esta puesta en escena inicial es que algunos de esos cylon infiltrados son agentes durmientes: es decir, han sido programados para creer que son humanos y activarse solo cuando así lo decida el «plan cylon».

No hace falta que me detenga aquí en la comparativa con la obra maestra de la ciencia ficción Blade Runner, pero sí para señalar que la premisa de la que parte la serie nos ofrece un campo ilimitado para la especulación identitaria. Y esto Battlestar Galactica lo acaba desarrollando de una manera magistral. Por un lado, nos plantea el drama de una piloto que descubre poco a poco que no es humana, sino una de las «máquinas» contra las que lleva años luchando y que han provocado la muerte de muchos de sus amigos. Nos adentra de un modo creíble en la soledad, la acosmia que padece al sentirse rechazada por la que ha sido su familia hasta la fecha cuando la descubren, y también en el rechazo que ella misma siente hacia su verdadera familia, la que la acoge cuando es trasvasada a la nave resurrección. No es difícil aquí hacer una asociación de ideas entre este tipo de acosmia y la que sienten los hijos de la población migrada en los diferentes países europeos, como una de las múltiples analogías que permite la serie.

Por otro lado, esta premisa abre la veda a la especulación existencial de cada uno de los habitantes de la flota. Nadie puede tener la certeza absoluta de no ser una máquina en lugar de un ser humano, y, llegado a este punto, ¿qué significa ser una cosa u otra, qué diferencia sustancial implica? Esta pregunta se alza de un modo trascende cuando Tyrol, el amante de la agente cylon encubierta, descubre su identidad real. ¿Puede una persona estar enamorado de una máquina? ¿Pueden las máquinas amar? ¿Qué clase de amor sería ese?

Esto nos conduce a otra de las interesantísimas cuestiones que se abren a raíz de la premisa señalada. La comunidad «humana» cylon se ha desarrollado con el objetivo de ser mejores que sus creadores. Más benévolos y justos. Y por ello, algunos de sus modelos se obsesionan con la idea de experimentar el amor como punto culminante de su raza, y, lo que es más extraordinario, con una concepción teológica de la existencia. Mientras los humanos de las doce colonias son una sociedad politeísta y supersticiosa, los cylon han elaborado una religiosidad curiosamente monoteísta, en la que ellos son el pueblo elegido por Dios, y no los hombres.

Edward James Olmos como William Adama

Con esto llegamos al tercero de los aspectos referidos con anterioridad. Cuando el actor Edwuard James Olmos recibió la propuesta de interpretar al Comandante Adama (eje central de la tripulación de Galactica), su respuesta fue un no taxativo. Se negó a participar en una serie de aventuras espaciales en la que tuviera que disparar a lagartos de cuatro ojos sin más. Los productores, Ronald Moore y David Eick, tuvieron que convencerle de que su idea no tenía nada que ver con aquello, hasta que el propio Olmos acabó enamorado con lo que supo que pretendían hacer con el guion. Y es que, por encima de todo lo demás, Battlestar Galactica es una obra en la que se habla, a fondo, de la mayoría de las cuestiones vitales que definen a la sociedad humana, con el añadido de que lo hace en el contexto de una comunidad que debe reiniciarse casi desde cero y que, por tanto, se replantea de nuevo cada una de esas cuestiones como si tuviera que reinventarlas.

Hablo de disputas políticas, del significado que cobra la democracia en un emplazamiento en el que no hay mundo, sino unas cuantas naves dispersas albergando unos pocos miles de seres humanos; del cuestionamiento del poder que debe emanar de la cúpula militar cuando se está en guerra permanente con un enemigo común a todos; de religión y mística en un momento en que toda la esperanza de la humanidad se deposita en unas escrituras arcanas en las que ya nadie cree y que hablan de la salvación en un planeta mítico; de cómo se gestan nuevas creencias para sustituir a las antiguas y continuar manteniendo así la fe en algo que trascienda al hombre; del significado de honor y amistad en un mundo en descomposición donde tu compañero de toda la vida puede ser una máquina, y decenas de pequeños matices más que tienen cabida en las cuatro temporadas que engloban, como digo, buena parte de todas las contingencias humanas: el contrabando de recursos vitales en época de escasez, la manera en que enfrentamos las enfermedades terminales, la dramática decisión de cometer atentados terroristas en momentos en que tu pueblo está a punto de ser extinguido o, por ejemplo, cómo se afronta la traición de aquellos que decidieron colaborar con el enemigo en situaciones en que, lo contrario, podía llevarte directamente a la tumba.

En pocos dramas de renombre, ya sea en cine o en series televisivas, se profundiza de una manera tan ágil y natural en tantos aspectos que sancionan directamente a la naturaleza humana. Y el último de los cuatro aspectos señalados tiene que ver con la importancia de un elenco de personajes que interactúan con una química que, como suele decirse, atraviesa la pantalla. Ya he hablado al inicio del artículo de la importancia de personajes femeninos como Starbuck, Roslin y Cain, a estos habría que sumarles a Boomer y Six, pero nada tendría sentido sin lo que significan Adama, Tight, Apollo o Helo. Hay veces que uno ve una película (una serie) o lee un libro únicamente por uno o varios de sus personajes, solo para verlos, escucharlos, sentir lo que hacen, cómo lo hacen; porque pasan a formar parte de nosotros mismos, incluso independientemente de la trama que protagonicen o que la historia que se nos cuente a su alrededor nos importe más o menos. Pues bien, en Battlestar Galactica uno tiene a su disposición una colección de personajes de los que le gustaría no desprenderse nunca, tan bien trazados y con tanta personalidad que, con cada uno de ellos, podría hacerse una serie individualizada

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