Óscar Hernández Arteaga © 2026
Dejo el tono reivindicativo de mis anteriores crónicas para adentrarme en el oscuro mundo y también luminoso, del conde Drácula y de sus personajes anexos. Después de más de veinte años me acerqué a un ejemplar de 1972 que en la portada muy cutre, pero divina, en la que aparecía la foto de una castillo, enmarcado en la forma de un murciélago, con un fondo azul celeste (debería hacer una crónica sobre las portadas de los libros de los años 70, incluiría el Peter Camenzid de Hesse), te anuncia en letras grandes que se trata de la versión íntegra. En el breve prólogo del editor, se explica que la historia que tenemos en nuestras manos es hasta cierto punto inédita en España, se trata de la primera vez en que se publica la novela de Bram Stoker de manera plena, directamente del inglés.
Stoker era ayudante de un actor decimonónico y escribió además de Drácula (1897), cuentos y novelas donde tocaba el terror gótico. No fue reconocido en vida y murió en la ruina como Van Gogh. La viuda interpuso una demanda en 1922 para que retiraran la obra de Murnau (Nosferatu), quizás la más fiel que se haya hecho de la novela, y por algún motivo técnico el libro disfrutó (por desgracia para los herederos de Stoker) de dominio público, es decir que los derechos de explotación eran gratis. Así termina siendo adaptada al teatro en 1927 y de ahí al cine. La versión de Bela Lugossi, bebe directamente de esta adaptación teatral.

En estos días he estado leyendo a ratos (sobre todo por la noche, la novela de Stoker). Y no he visto ninguna historia de amor. Coppola y el guionista James V. Hart se la sacaron de la manga (se justifican, diciendo que fue por razones comerciales y para redondear el personaje de Drácula, porque resultaba demasiado plano). Tengo una relación de amor-odio con esta película. Hay elementos estéticos que me gustan (la dirección artística, la ambientación, el componente histórico, el homenaje al cine expresionista y al cine mudo, el planteamiento serio, trágico y operístico) y otros que no tanto (la historia de amor traiciona, en mi opinión, la virtud de la novela).
Yo como lector de Stoker (estos días) no necesito que el vampiro cabrón se enamore, ni que tenga un pasado humano y una justificación para ser vampiro (perder a su mujer cuatro siglos antes, lanzar una espada a una cruz, renunciar a dios, etcétera, y ser condenado a ser un no muerto para toda la eternidad, mira qué dios también se las trae, son las cositas históricas que salen en la versión de Coppola); me basta que su maldad sea compleja y se acabe reflejando en el sufrimiento / placer / obsesión/ adicción, que provoca en los otros.
Hay una película del malogrado Tony Scott, que sí abarca este último tema, La adicción (The Hunger), con Catherine Deneuve, Susan Sarandon y David Bowie. Y que he vuelto a ver, aunque no he podido terminar. Estética de videoclip, con matices, resultando un cine entretenido y de autor.
Pero sigo con la novela de Drácula, que recoge una tradición del vampiro, el folclore, el choque entre pensamiento lógico y superstición, y lo convierte en una novela de aventuras, con registros de novela puzle y polifónica (aquel concepto que manejaba Mijaíl Bajtin para hablar de ciertas novelas de Dostoievski y que venía a decir, básicamente, que su estructura se funda en las diferencias de las voces de los personajes, como si cada personaje fuera una realidad distinta), aunque no creo que la novela de Stoker funcione como una verdadera polifonía (dudo que eso sea posible del todo), más bien creo que el juego de varios personajes haciendo crónica de un mismo hecho da juego para construir un personaje principal poliédrico (cada uno ve a un Drácula propio, con muchos puntos en común, eso sí).

El terror gótico y la historia de los vampiros como subgénero, ha dado para mucho, lo sé, para muchos desmanes (la saga Crepúsculo, es un ejemplo) también cosas más acertadas, desde mi parecer, como La entrevista con el vampiro y otras crónicas de Anne Rice. Stoker tampoco inventa nada. Creo que usa esos elementos que ya estaban en la literatura de su siglo (Carmilla de Le Fanu, de 1877, El Vampiro de Polidori, de 1819 o El Vampiro de Croglin Grange, de 1874 son algunos ejemplos), en referentes históricos (Vlad el empalador, príncipe rumano del siglo XV) y en la tradición popular (el nosferatu de las supersticiones locales, los muertos vivientes, etcétera) para componer un ser bastante escurridizo y que permite varias lecturas metafóricas.
Creo que la humanización del personaje draculiano degenera su naturaleza. Es un monstruo y sus matices no son humanos. Por eso reencontrarme con el esfuerzo estilístico de crear un retrato (casi en ausencia del protagonista) me parece el mejor logro. No es necesario humanizar al monstruo, porque no es humano. La humanización de la historia viene por el efecto que tiene Drácula en los personajes. Así Mina se convierte en una especie de adalid femenino inteligente, que sufre la ambigüedad moral de sentirse atraída por la criatura (no en un sentido romántico).
La parte de la novela, con la que más me he reído, es cuando les pide a sus amigos (incluido su esposo) que llegado el caso (recordemos que Mina ha sido seducida por el conde y está en proceso de convertirse en vampira) la liberen de su naturaleza vampírica, cortándole la cabeza y clavándole una estaca en el corazón. Y todos afirman con orgullo que lo harán (reconozco que es un momento de la novela que roza la parodia y el humor negro, aunque tenga un enfoque solemne, creo que secretamente Stoker se estaba burlando un poco con este salvajismo).
A través de diarios, cartas, entrevistas, artículos periodísticos, se construye una crónica poliédrica cuyo héroe maligno aguarda en la sombra. Eso es lo que lo hace una obra de arte. Le da coherencia interna y le ofrece al lector la recreación de los efectos del mal. Reinfield, cuyo cerebro es fracturado por Drácula, sometido por ello a una operación quirúrgica, trepanación, guiada por Van Helsing, aprovecha para ayudar, consciente de que no habrá redención para su alma. Estamos ante la que considero que es una de las mejores escenas o momentos de la novela. Por cierto, hay una película llamada Reinfield, de 2023, en la que Nicolas Cage encarna el personaje de Drácula.
Creo que esta novela acumula personajes que en sí son la excusa para otras historias. Casi de cada uno se podría hacer una novela (ahí la grandeza de Stoker). Drácula es una novela de aventuras, de terror gótico, crónica decimonónica, novela puzle que abre un debate sobre la dicotomía entre ciencia y pensamiento mágico. Es todo esto y nada de esto a la vez. Diría que es un experimento que le salió bien. No he leído nada más del autor. Y reconozco que hay partes que me cansan un poco, como todas las representaciones de afectos, muy sensibleras (no sé si es un efecto buscado donde los personajes se muestran más planos). Creo que la complejidad y la profundidad de la novela, la da la estructura y la trama y los giros y reflexiones que tienen los personajes. En cualquier caso, me parece que llamar al Drácula de Coppola el Drácula de Bram Stoker, es una media falacia.

He estado viendo Cuatro bodas y un funeral (1994) y me pregunto en qué trabaja el personaje de Hugh Grant y por qué no aparece su madre en toda la película (del padre se dice que ha muerto, pero de la madre nada de nada). No es que eso invalide la historia, de hecho me lo he llegado a preguntar después de verla varias veces y de intentar analizarla un poco, pero la disfruto igual y no necesito tener esa información para que me guste. Me río mucho con la boda final y con cómo el protagonista, al ser rechazado por su prometida, le da un puñetazo antológico.
A Charles, lo han acusado a lo largo de toda la película, y él mismo se define así, de ser una especie de monógamo en serie que le tiene miedo al compromiso, pero, en realidad, creo que es un romántico empedernido que espera encontrar el amor verdadero y cuando Carrie (Andy MacDowell) se separa, él se da cuenta de que no puede casarse con Henrietta, cara de pato (Duck Face), porque aún puede tener esperanza, puesto sí que está enamorado de Carrie, y el cuento termina con la declaración de no casarse nunca con ella y que eso sea para siempre (el mismo juego pero quitándole la etiqueta social).
Esto me lleva a preguntarme sobre las decisiones de guion, como el hecho de incluir o no incluir una vida familiar. Hay un libro sobre la Poética de Aristóteles que mi hermana me regaló en mi cumpleaños que se pregunta este tipo de cosas (Una nueva Poética para guionistas, novelistas y dramaturgos de Daniel Tubau), por ejemplo qué es lo que debemos incluir en una trama para que el personaje tenga un arco narrativo, una evolución a partir de un conflicto, etcétera. Toma como excusa la obra de Aristóteles para extraer todas las enseñanzas como instrucciones de uso. Y reconozco que me he cansado un poco y me ha recordado al guionista interpretado por Nicolas Cage en la película Adaptation (El ladrón de Orquídeas) de 2002. ¿Podemos aprender a escribir siguiendo ciertas pautas? ¿Siguiendo las instrucciones adecuadas podemos lograr una buena obra?
Volviendo a Drácula, puede decirse que es un personaje plano, sin arco narrativo, pero realmente creo que su arco está en la manera en que su ambición un tanto infantil de desplazarse y morder a jovencitas y tener a algún que otro esclavo, lo lleva a estar acorralado por su propio instinto de vampiro. Como ya he dicho, humanizar su comportamiento es ser infiel a su naturaleza demoníaca. Las adaptaciones cinematográficas se manejan entre este tipo de decisiones. Incluir una historia de amor por razones comerciales es tan legítimo como no hacerlo. Pero llamarla Drácula de Bram Stoker, escuece un poco.
¿Cuáles son las decisiones de guion que tomamos en nuestra vida diaria? ¿Y qué incluimos o dejamos fuera en nuestro relato o crónica que hacemos a los demás, sobre ese guion que nos ha tocado vivir? Digamos que ese relato podría ser (en el mejor de los casos) una adaptación del guion en sí. No hablaré del autor de ese guion, porque no creo que seamos nosotros ni tampoco algún dios superior. Es otra incógnita esa autoría. Pero supongo que se ajusta a unas reglas que vienen de algo que nos transciende (o quizás no), quizás sea una convención olvidada como el hecho de que la palabra guion no lleve tilde porque se considere un monosílabo.
También cabe la lectura capitalista del asunto draculiano. Googleando un poco, me he dado cuenta de que una de las lecturas más sólidas de la crítica literaria es la de considerar al conde Drácula como un capitalista que con sus colmillos y su poder mental, absorbe la energía, el alma y la vida entera de sus esclavos, lo que viene siendo la plusvalía en el marxismo. Las víctimas del vampiro serían los obreros y lejos de ser un tipo con artes medievales o antiguas, tiene todo el conocimiento y la ambición de la época y usa la tecnología a su alcance para aplicar una economía expansiva: adquiere propiedades, poder e influencia.
Contra Drácula, el equipo de los buenos, también tiene una defensa moderna, basada en la técnica y en el conocimiento. Combinan estrategia con la recopilación de datos a través de los instrumentos más modernos de la época (finales del siglo XIX), como el fonógrafo y la telegrafía. Stoker utiliza elementos de género para contar una historia entretenida y sorprendente que tiene distintos niveles de lectura. Igual podemos pensar de Cuatro bodas y un funeral, una comedia romántica que intenta innovar y criticar las convenciones sociales, dinamitando (sólo falsamente) los elementos del género. El guion es la clave. Y la adaptación de la novela también. Digamos que esa adaptación o guion es una interpretación del relato y de sus componentes de género, ya sea que hablemos de terror o de romanticismo. Y sin querer la parte reivindicativa surge de nuevo. Creo que toda obra que sea buena y algo compleja, apela (no como un panfleto), a la situación social, política y económica. Y nos interpela, porque formamos parte de esa cultura, de frente. Un llamado a nuestra conciencia como individuos sociales.

Hoy en día, existen demasiados Dráculas reales, el contexto es ideal para ello: el precio de la vivienda, los fondos buitres, etcétera. Y la metáfora de una vida apacible y feliz (como el final de Cuatro bodas y un funeral), se hace cada vez más imposible (aunque ponerse un referente como ese sea algo tóxico). Quizás refugiarse en las comedias románticas (aunque sean divertidas y frescas) sea un error de base. O quizás sea que la buena literatura no se agota en una sola lectura. Más allá del capitalismo salvaje, estamos nosotros solos frente al abismo de nosotros mismos. La cultura nos lo recuerda todo el tiempo.
En fin, filosofías baratas aparte, revindiquemos las lecturas entretenidas y reflexivas como la de Drácula y pongamos cuidado con las adaptaciones pretenciosas. Y, además, luchemos un poco contra el puñetero capitalismo, aunque sólo sea tomando conciencia con novelas como esta. Luchemos por mantener los derechos ganados con esfuerzo y las virtudes democráticas y seamos críticos con las instituciones reaccionarias. Por mi parte, he de decir que se me ha roto el ejemplar de Drácula en las manos porque era algo viejo y que el hecho de leer todas las noches ese fragmento de objeto le da un aire vampírico a mi lectura. Me vale.









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