Por Jean-Pierre Castellani © 2026 /

Leyendo el libro de Jorge Guillén Cartas a Teresa me da la impresión de que descubro a alguien humano cuando yo conocía únicamente al Guillén oficial, circunstancia que me aporta cercanía, complicidad, y me remite a varias experiencias vividas en mi recorrido de profesor. Es desde ese ángulo desde el que oriento mi lectura de las cartas del poeta a su hija en el presente. Empiezo viajando a los años 60, cuando enseñaba en la Universidad de Zaragoza y tenía la costumbre de ir a menudo a visitar la librería Hesperia, que dirigía un hombre muy simpático y culto que se llamaba Luis Marquina. Para mí era como una pausa de libertad en una España algo oscura en esa época, si bien, en la facultad de letras, el profesor Francisco Ynduráin era un modelo de liberalismo que me fascinaba. 

Con Marquina yo hablaba de literatura y un día me preguntó: “¿usted conoce a Jorge Guillén?” y al contestarle que no, me dijo: “Le voy a enseñar un libro prohibido que está en mi trastienda y es más, se lo regalo”. Era Cántico, publicado por la editorial Sudamericana, Buenos-Aires, segunda edición completa, con una cubierta verde (1950). En el volumen queda apuntada la fecha del obsequio: Zaragoza, 29/10/1966. Descubrí entonces los maravillosos poemas de Jorge Guillén. Todavía tengo en mi biblioteca personal esa edición que he guardado durante todas mis andanzas de docente como un tesoro. No sabía que Jorge Guillén iba a imponerse en varios momentos de mi vida, no solamente en mi condición de lector sino también como catedrático.

Ya en los años 70, cuando empecé a dar clases de literatura española en la universidad de Tours, escogí, en cuanto pude, unos poemas de Guillén para mi programa de comentarios de texto. Y más adelante ocurrió algo que iba a ser esencial en mi relación con el poeta y con su obra. En el año 1987, el presidente del tribunal del concurso para profesores de español, de segunda enseñanza (CAPES), tomó la decisión, muy novedosa, de organizar una nueva prueba oral algo revolucionaria. Se trataba de elegir entre una película y un texto literario. La película propuesta era Elisa, vida mía (1977) de Carlos Saura y el texto literario Cántico de Guillén. Como podéis suponer la prueba de cine era totalmente nueva y daba miedo a los estudiantes. La mayoría de ellos escogió el texto poético de Guillén, que veían más fácil que la película de Saura, por cierto, algo hermética, si bien magnífica. Yo tuve la responsabilidad de estudiar a la vez ambas obras, las dos complejas, lo que volvió la clase apasionante.

Así que participé en la aventura del estudio del discurso fílmico con la película de Saura y durante dos años tuve que enseñar los poemas de Guillén y conocer la amplia bibliografía que ya existía sobre su obra. Ahora, a estas alturas, después de leer las Cartas a Teresa, me doy cuenta de que algo inesperado relacionaba la película de Saura y la obra del poeta. La relación privilegiada de un padre con su hija, uno de los temas centrales del filme, también se percibe en la lectura de las cartas que Guillén le mandó a Teresa desde 1948, a raíz de la muerte de Germaine, su primera esposa, hasta 1983.    

Paralelamente, en mis actividades de intercambios universitarios, empecé en esa época unas visitas muy regulares a la ciudad de Málaga y a su universidad. Al principio me alojaba en un hotel ubicado en el paseo marítimo, cerca del piso donde Guillén había vivido muchísimos años, los últimos de su vida, desde 1977 hasta su muerte en 1984. Pasaba cada día delante de la placa conmemorativa que decía que ahí había residido el gran poeta. Para mí suponía una fuerte impresión. Más adelante me alojé en el hostal Capri, una humilde pensión frente al cementerio inglés de Málaga, donde está enterrado el autor. En varias ocasiones visité su tumba y le dediqué un minuto de homenaje. El lugar es muy sobrio. Guillén reposa acompañado de su segunda esposa, Irene Mochi-Sismondi, que ocupa un lugar relevante en el intercambio epistolar con su hija Teresa. La fórmula escogida como epitafio inicial en el momento de su entierro, en 1984, fue: “Aquí yace un enamorado de la vida.

En varias ocasiones visité la tumba de GUillén en el Cementerio INglés de Málaga. El lugar es muy sobrio. El Poeta reposa acompañado de su segunda esposa, Irene Mochi-Sismondi, que ocupa un lugar relevante en el intercambio epistolar con su hija Teresa.

Se trata de una frase que define perfectamente la actitud existencial del poeta, tal como la descubrimos en las cartas que envió a Teresa. Hoy en día solamente se lee un escueto marco cronológico: “Jorge Guillén (1893–1984)”, cuya sencillez también se corresponde con la humildad que asoma a lo largo de epistolario, sobre todo en lo referente a la última parte de su vida, cuando por fin son reconocidos sus méritos.   

Para mí leer las cartas de Guillén a su hija, publicadas ahora por Galaxia Gutenberg, ha sido como realizar un trayecto personal, afectivo y profesional, evidentemente autobiográfico, por los entornos de Jorge Guillén, un poeta a quien conocía desde fuera, como nos suele pasar a los críticos literarios, pero a quien ahora descubro en su intimidad de hombre, como padre de familia, abuelo, amigo. 

En mis clases de poesía española dediqué muchas horas a los poemas de Jorge Guillén sacados de la Antología poética (Alianza Editorial, 1970). De Cántico estudiaba los siguientes: Más allá, Descanso en el jardín, Salvación de la primavera, Mientras el aire es nuestro, Aquel jardín, Melenas, Hija pequeña, Amanece, amanezco, Muerte a lo lejos, Las doce en el reloj. De Clamor analizaba: Acorde, Adoración de la criatura, Pueblo soberano, Muchacha en Capri, Invasión, Vuelo, Vida-esperanza, Despertar español, El fin del mundo, Atención a la vida, La afirmación humana, La niña y la muerte.

Recuerdo perfectamente los siguientes versos de Cántico en Mientras el aire es nuestro: “Con esa realidad que me sostiene, / Me encumbra, / Y a través de estupendos equilibrios, /Me supera, me asombra, se me impone”.

De Más allá, poema que empieza con un paréntesis, puedo rememorar:

“(El alma vuelve al cuerpo,/ Se dirige a los ojos/ Y choca. ) ¡Luz! /Me invade todo mi ser asombro.

Soy, más estoy, Respiro. / Lo profundo es el aire. / La realidad me inventa./ Soy su leyenda. ¡Salve!

El balcón, los cristales, /Unos libros, la mesa/¿Nada más esto? Sí/ Maravillas concretas” 

Y de Salvación de la primavera: “Ajustada a la sola/ Desnudez de tu cuerpo/ Entre el aire y la luz. / Eres puro elemento. / Eres! Y tan desnuda/ Tan continua, tan simple/ Que el mundo vuelve a ser/ Fábula irresistible”.

De cada poema conservo en la memoria la emoción que me provocan determinados tramos, así en Hija pequeña: “No, no vale ese llanto. / La Creación a dar su poesía empieza. ¡Tú creces! Y con tanto/ Paraíso en tu estrépito que la naturaleza/ Sola es jardín: tu encanto”. Y en Amanece, amanezco: “Es la luz, aquí está: me arrulla un ruido. / Y me figuro el todavía pardo/ Florecer de blancor. Un fondo aguardo/ Con tanta realidad como le pido.

Luz, luz. El resplandor es un latido. / Y se me desvanece con el tardo/ Resto de oscuridad mi angustia: fardo/ Nocturno entre sus sombras bien hundido”.

Sigo con Muerte a lo lejos: “…Y un día entre los días el más triste/ Será. Tenderse deberá la mano / Sin afán. Y acatando el inminente/ Poder/ diré sin lágrimas: embiste,/ Justa fatalidad. El muro cano/ Va a imponerme su ley, no su accidente”. Y no puedo olvidar Virtud, donde leemos: “Tendré que ser mejor: me invade la mañana”; como tampoco Las Doce en el reloj:Dije: Todo, completo. / Las doce en el reloj!”

El mismo ejercicio de repasar los poemas, de sentir su proximidad, su impacto, lo realizo con Clamor, empezando por El acorde: “La mañana ha cumplido su promesa./ Árboles, muros, céspedes, esquinas./ Todo está ya queriendo ser la presa / que nos descubra su filón: hay minas”.

Continúo con Adoración a la criatura: “Nuestra Isabel, tan chiquita/ A bailar, se precipita./ Y alza una voz que no espera: /Yo traigo la primavera.

Y el baile se desaliña: /Isabel, si diosa, niña. /
Un paraíso está ileso/ Adoración, embeleso”.

Voy pasando las páginas hasta llegar a Pueblo soberano: “Plaza llena, vocerío/ Solar, fusión de gentío/ Público en tarde redonda/ no es masa que el alma esconda.

Aplausos. Gritos. ¿Oreja? / la unanimidad se aleja”.

Hago una parada en Vuelo: “Por el aire de estío/ La gaviota ascendiendo/ domina la extensión, el mar, el mundo/Bajo azul, bajo nubes/ En vellones muy blancos, /Y suprema, reinante, / Se cierne. Todo el instante es onda traspasada”. Me emociono con su último verso: «Puro instante de vida«. Y prosigo el camino hacia Vida y esperanza: “Helo, por fin bien despierto/ Frente a frente a la jornada,/ Que se extiende por un aire/ pronto a entregar la mañana/ Siempre ignota, nunca neutra”. 

Y concluyo en La afirmación humana, un poema dedicado a Ana Frank: “En torno el crimen absoluto. Vulgo. /El vulgo más feroz, / En un delirio de vulgaridad/ Que llega a ser demente,/ Se embriaga con sangre/ La sangre de Jesús./ Y cubre a los osarios/ Una vergüenza universal: a todos./ A todos nos sonroja/ ¿Quién, tan extenso el crimen/ no sería culpable?

La noche sufre de inocencia oculta”. 

Llegué a conocer de memoria todos estos poemas y me parece que, a lo largo de tantas cartas, que cubren 35 años del siglo XX, desde la primera, fechada en París, el 16 de enero de 1948, hasta la última, enviada a su hija, desde Málaga, el 18 de febrero de 1983, Guillén dice lo mismo, pero de modo distinto, con otro lenguaje. Se sabe que el poeta murió un año más tarde, en Málaga, el 7 de febrero de 1984, a los 91 años. Teresa murió en enero de 2019, en Cambridge, a los 96 años.  

Al leer estas cartas vamos descubriendo el cuadro humano de la vida y de la escritura de Jorge Guillén. Es como una versión prosaica de los poemas a través de una sucesión de mensajes que vienen a ser como un diario íntimo: el dolor por la muerte de Germaine, su primera mujer, la soledad en el destierro en Estados Unidos, hasta su jubilación del Wellesley College, en 1957, la etapa eufórica de su vida en Italia con el renacimiento del amor con Mochi-Sismondi… Las epístolas son, además, como relatos de viaje, ya que en ellas da cuenta el autor de sus incesantes desplazamientos, viajes que prepara cuidadosamente, para trabajar o para reunirse con su familia, sus hijos y sus nietos, destacando sus regresos momentáneos o definitivos a España: Valladolid, Madrid, Málaga. Y al mismo tiempo son una especie de cuadernos de escritura, donde se alude a la publicación de libros como Aire Nuestro, juntando Cántico, Clamor y Homenaje (Milano, 1968), o de Final (Barral, 1981), que fueron la obsesión de Guillén a medida que pasaban los años. 

Las Cartas enviadas a Teresa vienen a ser como un diario íntimo: el dolor por la muerte de Germaine, su primera mujer, la soledad en el destierro en Estados Unidos, la etapa eufórica en Italia con el renacimiento del amor con IRENE Mochi-Sismondi…

De eso yo hablaba poco en las clases, pero Guillén cita en sus cartas a muchos de sus contactos, autores relevantes, muchos de ellos de la Generación del 27, a la que pertenece, y figuras a las que conocíamos por los estudios de su obra: Claude Esteban, Pierre Darmangeat, Bernard Sésé, Oreste Macri, Sánchez Cuesta, Joaquín Casalduero, Ignacio Prat, María del Carmen Bobes Naves, J. Ruiz de Conde, Pedro Salinas, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Américo Castro, Juan Marichal, Ricardo Gullón, Alfonso Reyes, Jean Cassou, Eugenio Frutos, Julián Marías, Joaquín Romero, Concha de Albornoz, Salvador de Madariaga, Jean Sarrailh, Angel del Río, María Zambrano, Fernando Lázaro Carreter, José María de Cossío, José Manuel Blecua,  Dámaso Alonso, Max Aub, Elsa Deheninn, Vicente Gaos, Ignacio Prat, Luis de Zuleta, José Luis Cano, Concha Zardoya, Carlos Barral, Tito Zubiría, Manuel Alcántara, Francisco Umbral.      

Sello emitido por Correos, dedicado al poeta de la Generación del 27 Jorge Guillén en 1993, para conmemorar el centenario de su nacimiento.

El libro se convierte en un testimonio valioso sobre el dinamismo del hispanismo en Estados Unidos, en Francia y en Italia en aquellos años, sobre la vida de los intelectuales desterrados después de la Guerra Civil y sobre las condiciones de su regreso a España en los últimos años del franquismo. Se ve que Jorge Guillén no era un hombre solitario, sino un ser que disfrutaba de los encuentros con esas personas.  

He apuntado una serie de fórmulas usadas por el poeta en sus cartas que son como un eco sencillo, sin búsqueda de efecto estilístico, de su producción poética. En ellas encontramos su afirmación permanente de una fe en la vida, como dice el subtítulo de Cantico: “Qué suerte, la mía en este planeta, dios mío. La felicidad pues nos inunda” (1974). En este intercambio se confirma el existencialismo jubiloso de Guillén, a pesar de la conciencia de que el tiempo pasa: “A mí me ataca –una vez más– la angustia del tiempo. 66 años, 66, horrible. Peor sería no verlo”.

Es evidente la voluntad de seguir escribiendo poemas y de concluir su obra, de modo coherente, de darle una unidad armoniosa. No hace el poeta más que leer y escribir: “Van pasando los años y tengo tantos proyectos y deseos y poemas (1952). Necesito tiempo y más tiempo, mucho más tiempo, para “Clamor”. Me gustaría terminar “Clamorantes de los 70 y “Homenaje antes de los 80. Escribo “Clamor entre gentes que me quieren. Hago poemillas. Recibo libros, escribo cartas. Ir al borde de realizar el sueño de toda mi vida, toda mi poesía en volumen, me siento feliz, eufórico (1966): Salió “Homenaje” en la edición Barral. No soy más que un viejo profesor activado, claro que esa leyenda me halaga y casi la cultivo. Para mí siempre es sorpresa que haya admiradores de mí poesía”.

En el epistolario destaca sobre todo el apego, el amor, a la familia: su hija, su hijo Claudio (a pesar de cierta ironía en su modo de tratarlo: Jorge Guillén, padre del doctor Claudio Guillén, a quien llama “mi señor hijo”.) Y domina el trayecto el amor a sus nietos, el deseo permanente de reunirse con ellos a pesar de las distancias, algo que se repite como un leitmotiv a lo largo de los años, intensificándose con el paso del tiempo: “A mí me ha tocado en esta lotería de la existencia, la mejor hija del mundo. Qué ganas tengo de ver a esa niña dios mío y de veros a todos. Cuánto me acuerdo de vosotros. Besos, abrazos de vuestro anciano Jorge. Abrazos, besos a esas preciosísimas nietas. Que nietos, que hijos tengo (1967). Estoy orgulloso y orgullosísimo de mis tres nietos. También me gusta mucho oírlos por teléfono. Os abraza vuestro viejísimo Jorge (1979). Os quiere vuestro ancianísimo. Que intensas ganas de veros. Mi tribu de familia no me podría salir mejor. Que orgulloso, que profundamente satisfecho estoy de los míos. Me gustaría seguir charlando. Abrazos, besitos vuestro Jorge”. 

Suena como una confesión patética ese deseo de seguir hablando con ellos. Leer a Jorege Guillén en sus cartas nos permite entrar en la red familiar más secreta y seguir charlando con el poeta. Qué distantes nos sentimos entonces del creador frío, puro, aislado en su torre de marfil, apartado del mundo social y humano. Como él mismo afirma:El pecado del yo es el único que no tolero o que tolero con menos indulgencia” (1955). Qué lucidez captamos en su visión de España: “eternidad de toros y aceites, pero Lo malo es que “la España eterna” sigue coleando (1980).

Leer las cartas nos permite entrar en la red familiar más secreta y seguir charlando con el poeta. Qué distantes nos sentimos entonces del creador frío, puro, aislado en su torre de marfil, apartado del mundo social y humano.

Es evidente que este libro completa el intercambio de cartas, ya publicadas, con su esposa Germaine Cahen, 1919-1935, (Galaxia, 2010); con Pedro Salinas, 1923-1951 (Tusquets, 1992), o con Oreste Macri, 1953-1983 (Pretextos, 2004), así como con el librero León Sánchez Cuesta, 1925-1974, (Residencia de Estudiantes, 2016). La correspondencia privada de los escritores tiene mala fama, tanto entre los editores, que generalmente la consideran comercialmente poco rentable, como entre el público en general, que la ve, en el mejor de los casos, con un interés anecdótico muy limitado, y en el peor, como una especie de “voyeurismo” dudoso. Entrar en un círculo tan íntimo, del que parecen excluidos en principio, les parece a no pocos una frivolidad. 

Sin embargo, en el caso de las Cartas de Guillén a su hija, publicadas después de la muerte de ambos, se impone la sinceridad del poeta. No habla a la posteridad, no se construye ninguna imagen, no planifica ni pretende controlar nada, no disimula, no engaña, se abre espontáneamente en un diálogo emocionante con la hija. Su voz, repetida a lo largo de los años, en circunstancias muy distintas, es emitida a partir de un presente como tiene que ser, en la correspondencia, al contrario de la autobiografía que se relaciona con el pasado (a menudo problemático) y con la memoria (siempre aleatoria).  Por eso, para mí, descubrir ahora estas cartas enriquece el conocimiento académico que tenía de la poesía de Guillén.  Es algo similar a lo que experimenté cuando pude leer las cartas que Albert Camus escribió a la actriz María Casares, publicadas por su hija Catherine en 2017. Se justifica plenamente, de este modo, la publicación póstuma del epistolario de los grandes autores.

eN las cartas a Teresa se impone la sinceridad del poeta. no habla a la posteridad, no se construye ninguna imagen, no planifica Ni pretende controlar nada, no disimula, no engaña, se abre en un diálogo emocionante con la hija.

Al leer las misivas de Guillén, entramos en su vida personal, social y profesional, y en definitiva lo conocemos  mejor , llegando a entender con más facilidad su poesía, que ya no nos parece tan hermética. Por lo tanto, hay que celebrar la publicación de esta entrega cuya edición, muy cuidada, corre a cargo de especialistas reconocidos como Rosa Fernández Urtasun, Margarita Garbisu Buesa y María Pilar Saiz Cerreda, cuyos artículos, muy documentados, plantean con rigor el cuadro cronológico de la escritura de las cartas. Incluso se citan otras que Teresa hizo llegar a su padre, hecho que nos deja algo frustrados, pues echamos en falta acceder al cruce de misivas.

Dicho esto, me paro a pensar que pese a que no oímos más que la voz del padre, hay tanta complicidad en su largo diálogo que no hace falta escuchar la de la hija. En su Prólogo Guadalupe Arbona Abascal afirma con razón que este epistolario “acorta distancias” y que Teresa pensaba que se hacía literatura en las cartas. No podemos más que aprobar tal afirmación.

Señalar finalmente que un cuaderno de fotografías personales del poeta y de su familia, a veces poco conocidas, por ser Guillén un hombre discreto y humilde, ilustra el tono íntimo de las cartas.

Jorge Guillén, Cartas a Teresa (1948-1984), ha sido publicado por la editorial Galaxia Gutenberg.


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