Emma Rodríguez © 2025 /
Después de algún tiempo he regresado a los territorios de Yasunari Kawabata. La publicación de dos libros inéditos hasta ahora en castellano, el volumen de relatos Tamayura y la novela Dientes de león, me ha animado a hacerlo y me ha hecho revivir impresiones y emociones que la literatura del autor japonés despierta, volver a recuperar paisajes difuminados en la memoria, historias que permiten una especie de huida hacia otra época, hacia otro mundo. El tiempo avanza más despacio en sus libros y nos lleva a detenernos ante las pequeñas cosas, ante experiencias insólitas, de gran hondura, aunque, en ocasiones, a simple vista, puedan parecer anodinas.
El eco de Kawabata es profundo, como el de la campana que suena en las páginas de la novela mencionada, como el de la conversación que en la misma mantienen sus protagonistas. Sumergirse en sus narraciones propicia la desconexión, es como acceder a un espacio sin cobertura que obliga a olvidarse de los dispositivos móviles, del ruido de la actualidad, algo que he recibido nuevamente como un regalo, consciente de la alegría de abrir ese cofre del tesoro al que me he referido ya en otro texto dedicado a mis anteriores encuentros con el escritor, del que recupero estas líneas que me demuestran hasta qué punto la vivencia de su lectura sigue siendo la misma: “Kawabata, una vez más, había venido a rescatarme, a susurrarme al oído que no dejara de mirar hacia arriba porque me iba a perder la renovación de las flores; que no dejara de escucharme por dentro porque los avisos y las verdades iban a pasar de largo”.
Señala Tana Oshima, traductora y prologuista de ambas entregas, que el universo de Kawabata, nacido en Osaka en 1899 y Premio Nobel de Literatura en 1968, cuatro años antes de poner fin a su vida en Kanagawa, “no deja de fascinar” a día de hoy, pese a que algunas de sus ideas se han quedado anticuadas. Pienso en las costumbres de su tiempo, en los detalles sobre las relaciones entre hombres y mujeres, en el universo de las geishas, tan presente en sus obras. Es inevitable que la época que vivió quede reflejada en sus libros, pero la magia de sus ficciones está en otra parte, en esos destellos de lucidez, de revelación, que irradian, en los sentimientos escondidos que destapan; en esas actitudes y asuntos, tan sencillos como complejos, que desvelan, en esas capas secretas que van levantando, en la transmisión de ese lado indescifrable, sorprendente del existir, que tanto nos sigue cautivando.

Yasunari Kawabata es un maestro de la sutileza, de la insinuación. Personalmente ese es uno de los factores que más me atraen de sus narraciones. El amor y los obstáculos para su plenitud, el deseo, la pérdida, el paso del tiempo, la vejez, están presentes en una obra extensa donde destacan títulos de novelas y conjuntos de relatos como Lo bello y lo triste, País de nieve, La casa de las bellas durmientes, Kioto, Mil grullas, Primera nieve en el monte Fuji, Historias en la palma de la mano… Me cuesta ahora dar cuenta de los argumentos de todos estos libros que he ido leyendo, a los que me refiero en el artículo anterior al que ya he aludido, pero las atmósferas, la sensación de entrar en territorios aislados, en espacios de calma que de pronto se vuelven turbulentos por los vaivenes del corazón, de la pasión, acuden a mí mientras paso las páginas de las nuevas historias que acabo de descubrir.
En los relatos de Tamayura he reconocido líneas argumentales, escenarios, ambientes y motivos recurrentes, pero también detalles en los que no había puesto la suficiente atención previamente, por ejemplo el gusto del autor por dejar las situaciones planteadas abiertas, sin concluir, lo que estimula la curiosidad y las ganas de seguir indagando, buscando explicaciones. Tampoco había sido tan consciente de la manera en la que se refleja en su obra la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, el escenario de después, la humillación que supuso. En los cuentos de este libro, que fueron escritos entre 1951 y 1956, se pone de manifiesto, de manera más o menos descarnada, el impacto de esa experiencia, el paso a otra realidad a partir de ahí.
Fueron años en los que “la pobreza y la desolación de un Japón en ruinas traumatizaron aún más a una generación abatida (…) La ocupación estadounidense, que concluye oficialmente en 1952, contribuye a reconstruir el “nuevo” Japón: este es el contexto histórico en el que el autor desarrolla estas historias. En ellas, como en muchas de sus obras posteriores, la guerra y la rendición de Japón marca un antes y un después en la vida de los personajes y es un hecho histórico que está presente como paisaje de fondo”, expone Oshima, quien hace hincapié en la nostalgia que se percibe en Kawabata por el Japón que ha desaparecido, sobre todo en lo referente a sus tradiciones, aludiendo asimismo a su apertura hacia la cultura occidental.
la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, la humillación que supuso, está presente en los cuentos de «Tamayura», escritos entre 1951 y 1956. de manera más o menos descarnada, se refleja el impacto de esa experiencia, el paso a otra realidad.
Pero vayamos a los relatos, traspasemos las puertas que abren a quienes seguimos dispuestos a dejarnos sorprender, a adoptar un ritmo lento. Algunos de los que componen la antología de la que os estoy hablando son realmente deslumbrantes, así el que abre el recorrido, La luna en el agua y el que lo cierra, Tamayura (que da título al volumen). El primero traslada especialmente esa sensación de retiro, de calma, que ya he mencionado, a través de la historia de una mujer que cuida de su marido enfermo y le presta su espejo de mano para que, desde la cama en la que está postrado, pueda ver los reflejos de la huerta y los de la nuca de ella desde distintos ángulos; así como también “el cielo, las nubes, la nieve, las montañas distantes y el bosque cercano”.
El espejo se convierte en “los ojos del amor” entre el hombre y la mujer protagonistas, quienes a través de él observan un mundo paralelo, en esta hermosa, sugerente, historia en la que asoma la guerra, la devastación, la enfermedad, la pérdida y también el regalo de apreciar los sentimientos profundos que perviven, los lazos irrompibles. Al leerlo, por momentos, tenemos una sensación de tenue tristeza y al mismo tiempo de calidez, de agradecimiento.
“Más que nostalgia, Kyōko sentía una especie de fascinación por el reflejo de sí misma trabajando en la huerta, o del índigo de las flores del asango, del blanco de los lirios, de los niños jugando juntos en el prado o del sol de la mañana abriéndose paso entre las montañas nevadas en la lejanía. Es decir, por ese mundo dentro del espejo que había compartido con su primer marido. Ahora que se había vuelto a casar, se veía obligada a reprimir el deseo tibio y carnal que nacía en ella en esos momentos y que en realidad provenían, quería creer, del mundo celestial”, me detengo en este tramo de la narración.

Consigue Kawabata transmitir experiencias difíciles de atrapar. Consigue convencernos de que lo extraordinario es posible. La manera de contar, de captar los vaivenes de la naturaleza y del alma, nos proporciona una honda impresión. Lo que se deja ir, lo que se revela en un momento dado, se convierte en detonante de muchas de sus ficciones.
“Sentí que tal vez había dejado escapar el mayor momento de felicidad de mi vida”, piensa uno de los personajes del otro cuento ya citado, Tamayura, palabra referida al sonido que hacen determinadas piezas de jade pulidas al pasarse por un hilo y balancearse suavemente, abalorios, collares, denominados “magatama”, que trasladan a la Antigüedad de Japón. Alrededor del sonido que emiten, “sutil, similar al ligero gorjeo de los pájaros”; un sonido “que se movía entre el mundo de los vivos y el de los muertos”, se construye una enigmática trama sobre las transmisiones, donde entran la muerte, el deseo, los celos, los sueños, el amor y sus espejismos… Cuesta explicar todos los cauces que abre este relato que nos entrega, entre otras muchas cosas, la belleza de los árboles reflejados en el jade, de un color, entre turquesa y verde, “que no parecía de este mundo”.
Consigue Kawabata transmitir experiencias difíciles de atrapar. La manera de contar, de captar los vaivenes de la naturaleza y del alma, nos proporciona una honda impresión.
Son tantos los detalles, tantas las emociones, contenidas en los cuentos de Kawabata, que volvemos a sus páginas más de una vez, con la sensación, muchas veces, de no haber logrado descifrarlos del todo, algo que les otorga el valor de lo inconquistable. Los personajes que los protagonizan se mueven también intentando dar con claves, con señales, que les indiquen el camino a seguir o que les ayuden a interpretar lo que viven o han vivido.
Separación se inicia con un joven que viaja desde Tokio a Osaka a pedir la mano de su hija a un viejo profesor, y a partir de ahí, de la afinidad que se entabla entre ambos, se desvelan dolorosas situaciones del pasado no resueltas y surgen presencias inesperadas, seres que regresan del otro lado para cerrar heridas. El pasado acude una y otra vez en estos cuentos que también hablan de las distintas etapas de la vida, caso de Pueblo natal, un recorrido hacia atrás con ecos fantasmales, en el que el hombre que acude a su lugar de nacimiento acaba encontrándose con el niño que fue, el mismo “que salía de casa de noche para disfrutar del alba” y huir del ambiente deprimente de su familia, siendo acompañado en la reveladora visita por Fuku, su amiga de antaño, niña y anciana por momentos, quien le dice: “Puede que todos esos amaneceres que vio de pequeño estén ahora dentro de usted…”
La evocación del ayer desde la vejez es la base de Aquí y allí, que nos lleva al ambiente de los baños termales y de las geishas, tan propio del escritor, quien en este cuento nos habla de escenarios en lo que “lo ordinario se vuelve extraordinario”, una constante en su literatura. Las personas que hemos sido y las que somos; lo que se pierde en el camino y lo que perdura; el Japón de antes y el de después de la guerra, los cambios, el movimiento, el fluir del tiempo, la pervivencia de atmósferas y recuerdos, el insinuante curso del deseo… De todo ello nos habla Yasunari Kawabata a través de las vivencias y pensamientos de sus personajes.
Pienso en la mujer infeliz en su matrimonio, que ama en secreto al marido de su hermana, en La canción del lirio, una narración en la que se reflejan los tiempos difíciles de después de la guerra con la imagen de las posesiones de las que poco a poco se va desprendiendo la protagonista. Y quiero terminar el recorrido con una pieza que tiene un registro diferente al resto, Desde el mar del norte, que, como explicaba el propio autor en el epílogo de su antología, está basada en una carta que le hizo llegar una mujer llamada T. O. Es ella la voz que narra, la que da cuenta de sus deseos de convertirse en escritora.

Resulta muy interesante porque refleja la situación de una mujer que no se adapta al papel que le quiere asignar la sociedad, que se siente más abierta a verbalizar sus deseos, sus motivaciones, en el Japón de posguerra, algo poco habitual en la narrativa de Kawabata, en lo que respecta al rol de la mujer, a las convenciones y tradiciones de su tiempo, aunque en este volumen de cuentos, hay otras narraciones, como la anteriormente mencionada, La canción del lirio, donde se atisban señales de cambio en la mirada a un tipo de relación de pareja más igualitaria.
“Aun siendo una mujer nunca le he conferido demasiado valor a la maternidad (…) No quiero asfixiarme en el parentesco, no quiero permitir que me ate el amor posesivo de la familia. Yo soy más libre y pura que eso. La moral de la preguerra no me habría permitido hablar con tanta tranquilidad de esta rebeldía mía ante la vida…”, se retrata la protagonista de Desde el mar del norte, quien pasa a relatar su historia como diseñadora de chocolates en una fábrica y posteriormente como pintora en unos tiempos en los que la principal opción de una mujer era el matrimonio. Un trayecto el suyo sin no pocos obstáculos en el que se introduce un elemento que provoca un giro, la presencia, las palabras, de una figura masculina que abre la puerta a otra historia que la narradora tarda tiempo en comprender y que es la que otorga al relato el impulso, el cariz sorprendente.
La búsqueda de lo incomprensible, de lo extraño, tan característica del escritor se intensifica en Dientes de león, novela póstuma que fue publicando por entregas entre 1964 y 1967 y que dejó inconclusa, siendo publicada el mismo año de su muerte gracias al trabajo de edición de su yerno, Kaori Kawabata, quien siguió todas sus anotaciones, como explica Tana Oshima, de nuevo la traductora y prologuista de esta obra que ahora podemos leer en castellano.
Una rara enfermedad, denominada “ceguera del cuerpo” hace que Ineko, la protagonista, a la que conocemos gracias a las conversaciones entre su madre y su novio, no pueda ver en ocasiones los cuerpos de otras personas, especialmente, en los momentos de mayor intimidad, el de su amado. Es la razón por la que ingresa en un manicomio en Ikuta, un pequeño y tranquilo pueblo lleno de dientes de león, “tan luminoso y cálido” como la planta de flores amarillas. La novela comienza el día en que es internada y se desarrolla a través de los diálogos entre Kuno, el prometido, y la madre de la joven, con quien no está para nada de acuerdo en la decisión de internar a su hija. “¿Qué sabrán los médicos de los dolores del alma ”, le plantea.
Una rara enfermedad, la “ceguera del cuerpo”, hace que Ineko, la protagonista de «Dientes de león» no pueda ver en ocasiones los cuerpos de otras personas, especialmente, en los momentos de mayor intimidad, el de su amado.
La trama de la historia es sencilla, pero el intercambio de pareceres entre ambos personajes, la relación de complicidad que va creándose entre ellos mientras se alejan del psiquiátrico, camino a un hospedaje en el que pasar la noche, abre cauces de gran hondura, de calado filosófico. Las reflexiones sobre las fronteras entre la locura y la cordura (“Todo el mundo tiene algo dentro susceptible de enloquecer en cualquier momento”, se señala en un momento dado), es el tronco central del que brotan los ramajes del amor, la culpa, la soledad, la enfermedad, la tristeza, la pérdida…, todos esos grandes asuntos de la condición humana que una y otra vez explora Kawabata.

Llama nuestra atención la situación insólita que plantea la novela, nos sentimos atrapados en sus redes, detenidos en un entorno cerrado que provoca, como ya he señalado, esa sensación de aislamiento, de desconexión, de lo que acaece, de la constante avalancha de crueles noticias que ensombrecen nuestros días. Suelen ser tristes las historias del autor japonés, pero en ellas hay calidez, una calidez que parte de la comprensión de las motivaciones más profundas de los personajes, del alcance de sus heridas.
A través de la conversación se van abriendo puertas que muestran los traumas del pasado, así la terrible muerte del padre de Ineko, que cayó al mar desde un precipicio, en la costa occidental de Izu, mientras paseaba con ella a caballo. Su condición de exoficial del ejército de Japón, de combatiente en la guerra contra Estados Unidos en Filipinas, donde perdió una de sus piernas, nos lleva a los tiempos de la contienda, de la rendición, dando lugar a otro fondo, a otra novela dentro de la novela, la de la historia del teniente coronel que, la jornada de la rendición, desapareció durante cinco días, cabalgando sin memoria, sin conciencia, en un entorno montañoso en el que le suceden cosas no exentas de misterio.
La posible influencia del destino del padre, la experiencia de su accidente, en la enfermedad de la hija, es un hilo argumental del que brota la culpa de ésta por no haberlo salvado, culpa que se suma a la que a la vez experimenta la madre –tras la que se desarrolla una subtrama de celos– y a la que atormenta en ocasiones a Kuno, ya que fue en un momento de unión de los cuerpos de ambos cuando ella dejó de verlo por primera vez. Pero es el propio joven el que anima a la mujer a romper con “el fatalismo y las teorías de causa y efecto”, a observar los acontecimientos desde distintos ángulos, a tomar desvíos para afrontar las tragedias.
Suelen ser tristes las historias del autor japonés, pero en ellas hay una calidez que parte de la comprensión de las motivaciones profundas de los personajes, del alcance de sus heridas.
He aquí parte de lo que le dice: “Mi intención no era abrir un claro de luz en la nube negra que la envuelve a usted y a Ineko. Después de todo, el problema está en la actitud que tenemos respecto a la muerte. Ocurre que, cuando alguien fallece, la tristeza y el duelo no son más que una máscara que oculta la culpa y los remordimientos que tienen los familiares y allegados con respecto a la muerte de esa persona (…) hay algo arrogante en la forma en que los vivos lloran la muerte y la atan a ellos y la hacen suya (…) Por mucho que amemos a una persona, si esta debe morir, morirá, y no podremos hacer nada por evitarlo. Sea obra de los dioses o del destino, ni la persona que va a morir ni sus seres queridos, por muy queridos que sean, pueden hacer nada al respecto. Quizá “destino” o “dioses” sean palabras que se inventaron los humanos primitivos para paliar el miedo y la curiosidad…”
Dientes de león, como decía, es una novela en apariencia sencilla, pero atravesada de complejidades. La indagación en las decisiones que se toman, en los impulsos del corazón; la búsqueda de lo que no puede explicarse con el lenguaje cotidiano, con las imágenes de lo real, mueven el recorrido. Kawabata tiene un don especial para captar pequeños detalles que pasan desapercibidos en los paisajes exteriores y en los interiores. Me detengo en este fragmento sobre la tristeza que tanto dice de los fondos de su literatura: “El significado de la palabra “triste” puede ser muy amplio. Se utiliza en distintas circunstancias. Las palabras que expresan sentimientos son siempre así de ambiguas, pero además esta es una de las que se emplean con mayor frecuencia y tiene la capacidad de infligir dolor o de invocar a la melancolía en cuanto se pronuncia”.

Lo bello y lo triste es el título de una hermosa y seductora novela de Kawabata que puede servir para referirnos a toda su literatura. El tañido de las campanas de los templos budistas se queda en nosotros mucho tiempo después de haber leído el libro. Las campanas son esenciales también en Dientes de león, tan impregnada de sonidos, de olores, de colores. Los pacientes del sanatorio de Ikuta, situado en lo alto de una colina, se comunican con el pueblo tocando la campana del templo, que forma parte del entorno hospitalario, a distintas horas del día, lo que, en opinión de los médicos puede tener un efecto terapéutico. Cuando el novio y la madre de Ineko la dejan internada, en el camino de vuelta, es ella la que toca la campana de las tres como una forma de despedida.
La campana, “al fin y al cabo un sonido que marca el tiempo”, es un objeto esencial en la novela, abre reflexiones, cauces hacia el pasado, pues quienes conversan recuerdan la época de la guerra, cuando se llevaron las campanas de los templos –unas 50.000 en total– para fundirlas y utilizar el hierro, quedando exentas las más antiguas, anteriores al periodo Edo. “Se dice que son campanas que dejan un eco profundo. “Un eco profundo.” ¿No le parece un calificativo hermoso para una campana antigua?”, pregunta al joven la madre de Ineko.
“La campana parece decir cada vez algo diferente a pesar de repetir el tañido”, señala la escritora Alejandra Kamiya en un texto introductorio en el que se detiene en un personaje muy significativo, el anciano Nishiyama, paciente del psiquiátrico, quien todos los días escribe –otra repetición– la misma frase. “Una frase budista”, nos dice la prologuista, “que Kawabata mismo usó en el discurso que dio al recibir el Premio Nobel de Literatura. “Entrar en el mundo de Buda es fácil. Entrar en el mundo de los demonios no.”
Explica Kamiya que “el viejo interno ocupa un lugar como el que ocupa lo divino en la vida cotidiana: a un costado pero ofreciendo una referencia para todo lo que pasa”. Lo divino, lo mágico, lo misterioso, forma parte esencial del territorio de Kawabata, del mismo modo que el descubrimiento de la belleza. “La belleza y, claro, la tristeza que siempre se cuela en ella”, recalca la escritora en su hermoso escrito, introduciendo un argumento interesante, novedoso para mí, con el que decido terminar este artículo.
“La relación que tenía Kawabata con la belleza es la que hace que yo elija situarme junto a los que dudan de su suicidio, en contra del cual él se había manifestado en varias oportunidades. Me gusta pensar, como Donald Richie, que si el agua estaba corriendo en el baño en el que fue encontrado es porque él iba a darse un baño, que el caño de gas quedó abierto por accidente, que el agua aquella corría como la del río Ikuta en “Dientes de león”, que la historia no había acabado, porque las historias no acaban, continúan en otros. / Kawabata no dejó una nota. Dejó novelas y cuentos maravillosos”.
Tamayura, traducido y prologado por Tana Oshima, ha sido publicado por Seix Barral, del mismo modo que Dientes de león, también traducido por Oshima, con dos prólogos: uno suyo y el otro de Alejandra Kamiya.









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