Emma Rodríguez © 2024 / 

En una carta enviada al poeta Stephen Spender en 1935 señala Virginia Woolf que para ella los “escritores vivos”, sus coetáneos, eran gente que cantaba “en la habitación de al lado; demasiado alto, demasiado cerca” y que por eso le costaba emitir juicios sobre ellos, percibir la grandeza, la genialidad de sus obras. Al adentrarme en la correspondencia de la escritora, que acaba de publicar la editorial Páginas de Espuma, bajo el título Una carta sin pedirla, subrayé esta declaración porque si algo ofrece este libro es una larga y continuada conversación entre, y sobre, muchas de las principales figuras de las letras del siglo XX. 

En las páginas de esta entrega, en la que tanto se habla de literatura, de lectura, de procesos creativos, hacen acto de presencia T. S. Eliot, Henry James, James Joyce, Aldos Huxley, D. H. Lawrence, E. M. Forster, Vita Sackville-West, Gerald Brenan, Katherine Mansfield… Y junto a ellos filósofos como Bertrand Russell, artistas, editores y críticos destacados, que compartieron un tiempo, entre las dos guerras mundiales, de gran dinamismo y efervescencia cultural. Algunos son interlocutores de nuestra protagonista, de otros se habla, se opina con frecuencia. Aunque escuchemos solo una voz, la de la escritora, su manera de responder a los mensajes recibidos, de apoyarse en lo ya dicho, nos da idea de los pareceres de los otros.

Todas estas grandes figuras de la creación, del pensamiento, estaban fraguando sus obras a la vez, mientras frecuentaban los mismos sitios y, en muchos casos, compartían amistad y confidencias. Es perfectamente entendible que Virginia Woolf no encontrase la perspectiva suficiente para valorar sus hallazgos, que cambiase de opinión en ocasiones, pasando del poco entusiasmo, incluso del aburrimiento, hacia un autor o una obra concreta, a la admiración, pasado algo de tiempo. Se comprende, en todo caso, que prefiriera dar cuenta de su admiración por los clásicos rusos, por Shakespeare, por Dickens, por Proust… 

El intercambio de pareceres, el vivaz cruce de creaciones, de descubrimientos literarios, de diálogos, tanto serios como frívolos, es uno de los aspectos más interesantes de este libro que me ha cautivado, que estoy segura os cautivará, por muchísimos más motivos. Personalmente he sentido que estaba accediendo a la intimidad de una escritora a la que admiramos y a la que seguimos sintiendo enormemente cercana, tan presente a través de sus libros, de sus rastros, que parece que nunca nos hubiera dejado. Son muchos los perfiles de esta mujer que tanto nos fascina a través de novelas como Las olas, Orlando, La señora Dalloway, Al faro; que sigue siendo una referencia para el feminismo. En más de una ocasión he vuelto a Una habitación propia y a Tres guineas. En todos los casos me he planteado el valor de los planteamientos expresados por la autora en ambas entregas, en unos tiempos en los que contar con un espacio en el que las mujeres pudiesen dedicarse a sí mismas, para desarrollar una carrera literaria, creativa, ya era un gran logro.

A día de hoy, cuando, pese a tantos avances logrados, siguen dándose a conocer estadísticas sobre la discriminación en el empleo o la diferenciación salarial; cuando sigue latente el debate sobre el sexismo en el lenguaje y tantas otras cuestiones, sorprenden y siguen muy vigentes las tesis de Woolf, quien animaba a las mujeres a romper con elementos tan propios del patriarcado como “la competencia, la envidia, el deseo de superioridad, la grandeza, el poder, el triunfo sobre los demás, el deseo de posesiones mantenidas a cualquier coste y de emociones que fomentan la disposición hacia la guerra”. Estoy repasando mis subrayados en las páginas de Tres guineas, y me encuentro también con la defensa que hacía de una educación basada en las relaciones humanas y el compañerismo; “nada que pueda servir a la dominación”, escribía. Y ante sus palabras no puedo dejar de pensar en los tiempos que vivimos, en un presente en el que, en Occidente al menos, muchas mujeres han accedido al poder, aunque una gran mayoría lo ejercen a semejanza de los hombres.

grandes figuras de la creación del Siglo XX estaban fraguando sus obras a la vez, frecuentaban los mismos sitios, compartían amistad y confidencias. Virginia Woolf no encontraba la perspectiva para valorar sus hallazgos. en sus cartas prefería dar cuenta de su admiración por los clásicos rusos, por Shakespeare, Dickens, Proust… 

Me he desviado del camino, pero es que las cartas de Virginia Woolf han  despertado mis deseos de regresar a sus libros (ojalá más tiempo libre para poder sumergirme en ellos, adentrarme en los no leídos aún) y, al mismo tiempo, me han ofrecido la imagen de la luchadora, de la sufragista, de la mujer capaz de medirse en igualdad de condiciones con los hombres, con los creadores de su tiempo, sin miedo a expresar sus opiniones, a debatir con ellos, a mostrar sus desacuerdos. La voz de esa Virginia está muy presente en su correspondencia, donde también deja ver su vulnerabilidad, sus tormentos, las constantes crisis nerviosas que padecía y que, en ocasiones, culminaban en internamientos. 

La profesora Janet Case, Virginia Woolf y su hermana Vanessa Bell.

Escurridiza, contradictoria, compleja, brillante, inteligente, crítica, extremadamente sensible, descarada y maliciosa por momentos, se muestra Virgina Woolf en sus cartas. En la edición que os estoy comentando, a cargo de Patricia Díaz Pereda, traductora y especialista en la escritora, se ofrece una interesantísima selección de las casi cuatro mil misivas que se conservan y que han sido publicadas en seis volúmenes en inglés [edición de Nigel Nicolson y Joan Trautmann para The Hogarth Press, Londres, 1980]. El conjunto que llega ahora a las librerías españolas abarca un trayecto que va desde 1912, apenas comenzada su andadura como escritora, coincidiendo con su matrimonio con Leonard Woolf, su compañero de vida, hasta 1941, año de su suicidio.

Como indica Díaz Pereda, cuyas notas introductorias a las distintas etapas en que se divide la obra, son muy de agradecer por su agilidad y por la habilidad para descifrar claves esenciales, para estructurar el recorrido se tuvieron en cuenta tres grandes criterios temáticos: la literatura, las casas y las gentes. A la literatura y a las gentes me he referido, a grandes rasgos, al comienzo de este texto; las casas, las referencias a las mismas, resultan también de gran interés, pues Virginia realizó muchas mudanzas a lo largo de una vida que transcurrió en dos escenarios muy diferentes, la ciudad y el campo. Cuando habla de los espacios que habita es cuando nos encontramos con la escritora en su día a día.

Por las cartas descubrimos su fascinación por la búsqueda de enclaves encantadores. Nunca le disgustó emprender cambios de ubicación, llegar a nuevos espacios que decorar. Y cuánta alegría le proporcionaba la contemplación del jardín; sus colores, sus transformaciones estacionales, que tanto asocia en sus creaciones a los estados anímicos. A sus destinatarios les regalaba bellas descripciones al respecto y les daba cuenta de las labores de cuidados, de cultivos, en las que acompañaba a su marido, Leonard Woolf, que tanto se volcaba en ellas.

Al acceder a su cotidianidad sabemos que le gustaba la compañía de los perros, montar en bicicleta, así como andar por los espacios abiertos y también por Londres, una ciudad que nunca dejó de disfrutar. Hay una carta de enero de 1941, dos meses antes de su muerte, en la que le cuenta a la compositora Ethel Smyth, un recorrido por el Támesis, Oxford Street, el Puente de Londres…“Tú nunca compartiste mi pasión por esa gran ciudad. En algún lugar de mi mente soñadora, representa a Chaucer, a Shakespeare, a Dickens. Es mi único patriotismo: salvo una visión, una primavera en Warwickshire, cuando volvíamos en coche de Irlanda y vi un caballo semental, al que llevaban, bajo el mayo y las hayas, por una vereda de césped, y pensé, esto es Inglaterra…”

Virginia Woolf y su marido, Leonard Woolf.

La vida social, las visitas de amigos, los viajes, también ocupan una parte importante de este vibrante recorrido en el que comprobamos cuánto valoraba la autora a sus amigos y amigas de toda la vida, sobre todo a los que formaron parte del grupo de Bloomsbury, variopinto clan juvenil que se propuso romper con los rígidos principios de la sociedad victoriana. La relación con algunos de sus miembros se mantuvo a lo largo del tiempo, encontrándose entre los principales receptores de sus misivas el biógrafo y escritor Lytton Strachey, así como el crítico de arte y pintor Roger Fry, con intercambios de mensajes o alusiones constantes a otros como la pintora Dora Carrington, el economista J. M. Keynes, el crítico de arte Clive Bell, el pintor Duncan Grant…; los dos últimos los hombres en la vida de Vanessa Bell, la hermana de la escritora, muy presente en la correspondencia, una de las personas más importantes en su trayecto vital junto a Leonard Woolf, al que también conoció en las reuniones del grupo, que tenían lugar en distintas casas del barrio que le ha dado nombre.

La vida social, los viajes, ocupan una parte importante de UN vibrante recorrido que muestra cuánto valoraba la autora a sus amigos y amigas de toda la vida, sobre todo a los que formaron parte del grupo de Bloomsbury, clan juvenil que se propuso romper con los rígidos principios de la sociedad victoriana.

Sobre Bloomsbury se ha escrito mucho, pero ahora recupero Momentos de vida, el libro autobiográfico donde es la propia autora la que ofrece su visión. En él se refiere a la ilusión, al espíritu juguetón, a la especial sensibilidad que unía a quienes compartían fiestas, conversaciones apasionadas y la necesidad de romper tabúes y experimentar en el amor, en el sexo…, lo que les lleva a compartir afectos, a mantener relaciones abiertas. Como señala Quentin Bell, sobrino de la escritora en una biografía sobre su célebre tía, publicada hace unos años por Lumen en España, en el fondo lo que buscaban era “una nueva honestidad y una transigencia en las relaciones personales”. 

En Momentos de vida Virginia Woolf se refiere al escándalo que el grupo levantó en su tiempo en los rígidos círculos culturales victorianos, donde empezó a ser calificado de “despiadado, inmoral y cínico”. Escribe en sus páginas: “Comenzaron a circular historias referentes a fiestas en las que todos nos desnudábamos en público. Éramos mujeres perdidas y nuestros amigos eran los jóvenes más indignos”.

En algunas de sus cartas, pocas veces, la autora recobra la época de su juventud. En junio de 1930, en una dirigida a Ethel Smyth, le dice: “Yo era bastante aventurera por aquella época, éramos muy libres sexualmente…”, aunque a continuación le indica que lo suyo era poca cosa comparado con las hazañas de la compositora (Smyth se enamoró de ella, y, aunque no fue correspondida, se acabó convirtiendo en una de las  grandes confidentes de Virginia, pese a que en ocasiones la irritaba). En cuanto a las alusiones a Bloomsbury, un tema por el que siempre le preguntaban, pone de manifiesto lo poco que le gustaba la etiqueta pasado el tiempo, la percepción del conjunto por encima de las individualidades, la reducción a unos cuantos clichés.

Lo vemos en este texto enviado, de nuevo a Ethel Smyth, en el que le cuenta. “El otro día, un joven me mandó un libro en el que usaba continuamente “Bloomsbury” como soporte conveniente para todo lo idiota, barato, indecente, engreído, etcétera. Por lo que le escribí: todas las personas que más admiro y respeto han sido lo que usted llama “Bloomsbury”. De tal modo que, aunque esté en su derecho a despreciarlas y a que le disgusten, no puede esperar que esté de acuerdo con usted. Lo que es más, usar un término general como este, sin dar ejemplos ni nombres, de manera que la gente de quien se burla no pueda defenderse, me parece un subterfugio cobarde, del cual debería avergonzarse…” 

La libertad define a Virginia Woolf: la libertad de criterio a la hora de expresar sus opiniones, de responder, con enfado, a quienes emitían juicios que le parecían desacertados, de defender los derechos de las mujeres, de manifestar sus anhelos y vivir su vida sin cortapisas. El ensayista y editor Leonard Woolf, a quien tantas afinidades le unían, con quien compartió amistades, viajes, lecturas y trabajo, fue un amor constante. Ambos levantaron en 1917 la editorial Hogarth Press, donde publicaron algunas de las grandes obras de su tiempo, entre ellas La tierra baldía de T. S. Eliot. A través de las cartas asistimos al nacimiento y al desarrollo de una aventura sin duda apasionante, al tiempo que observamos la evolución de una relación basada en la complicidad, siempre juntos en los momentos de júbilo y también ante las circunstancias más adversas.

La libertad define a Virginia Woolf: la libertad de criterio a la hora de expresar sus opiniones, de responder, con enfado, a quienes emitían juicios que le parecían desacertados, de defender los derechos de las mujeres, de manifestar sus anhelos y vivir su vida sin cortapisas.

Pero hubo una pasión en el camino de la escritora que, sin duda, marcó su trayecto e influyó en su trabajo de creación. Os estoy hablando de la aristócrata, escritora y poeta Vita Sackville-West, que fascinó a Virginia con su poderosa personalidad, también con su obra, algunos de cuyos títulos fueron publicados por los Woolf. De 1925 a 1929 ambas mantuvieron un romance que desembocó en una estrecha amistad. De todo ello se da cuenta en el volumen de cartas que nos ocupa, en el que la escritora habla con franqueza de su atracción hacia quien le inspiró Orlando, novela de cariz histórico, que parte de algunos episodios de la biografía de la amante, en la que se aborda el papel de la mujer a lo largo de la historia, explorando la sexualidad femenina y la homosexualidad, a través de una trama en la que el personaje central, un joven de la nobleza, se levanta un día convertido en mujer. Pensemos en la originalidad de la misma y en el atrevimiento de publicarla en su época. Da idea de esa libertad de Virginia Woolf a la que me he estado refiriendo, capaz de levantar aspavientos a día de hoy en mentes que se consideran bienpensantes (recientemente una concejala de Cultura de extrema-derecha prohibió su representación teatral en un pueblo de la Comunidad de Madrid porque le parecía inconveniente).

Virginia Woolf y Vita Sackville-West.

En sus cartas, me atrevo a decir, sin ser una gran conocedora de su obra; simplemente una lectora que se ha sentido fascinada por su figura, por algunos de sus libros, en distintos tramos de la vida, es donde Woolf se muestra más espontánea, desenfadada, menos exigente consigo misma, sin importarle el descuido en las formas, disculpándose incluso por las ideas inconexas, rápidas, que expresa. Pienso ahora en lo enriquecedor que ha sido, y sigue siendo, para los especialistas cotejar estos materiales con sus diarios, con sus escritos biográficos, con sus novelas y ensayos. Pienso en que ahí, en la espontaneidad, en la instantaneidad, en la sinceridad, donde radica el gran valor de la correspondencia.

Carta a carta, sentimos cada vez más cerca a la escritora, la apreciamos en sus debilidades y en sus grandezas, con toda su emotividad a flor de piel y también con su sarcasmo, con ese componente burlón, hacia los otros y hacia ella misma, como indica Patricia Díaz Pereda, que pone de manifiesto en no pocas ocasiones; porque a Virginia Woolf le gustaban los chismes mundanos, los cotilleos; conocer las maldades que circulaban por los salones de su tiempo. Me llama la atención, por ejemplo, una carta que le dirige a Vita Sackville-West en 1939, en la que la invita a conocer a Victoria Ocampo, porque esta desea publicar algo suyo en la revista “Sur”. Da la impresión de que la ve como una exótica y rica mujer, llegada del lejano Buenos Aires, devota de la literatura, sobre la que circulan falsedades de las que ella se hace eco, como que había sido amante de Mussolini y Hitler, nada más lejos de la realidad tratándose de alguien que despreció el fascismo y fue, tiempo después, la única mujer que participó en los juicios de Núremberg.

Carta a carta, sentimos cada vez más cerca a la escritora, la apreciamos en sus debilidades y en sus grandezas, con toda su emotividad a flor de piel y también con su sarcasmo, con ese componente burlón, hacia los otros y hacia ella misma, que PONE DE manifiesto en no pocas ocasiones.

Esta selección de las cartas de Virginia Woolf nos atrapa por muchos motivos, por su frescura, por el espíritu de franqueza, de libertad, que las envuelve, por sus revelaciones acerca de la manera de ser, de pensar, de actuar, de crear, de amar, de su protagonista. No deja de sorprender lo mucho que trabajó, que escribió nuestra autora, en una época tan complicada y convulsa como la que le tocó vivir, pese a sus problemas de salud (insomnios, terribles jaquecas…), que tantas veces la paralizaban. No dejaba de leer, de valorar, manuscritos, para posibles ediciones en Hogarth Press, tarea que compartía con su marido, del mismo modo que las continuas reseñas de libros que ambos enviaban a distintos medios. “Leemos novelas como fieras. Ahora que hemos acabado las nuestras es muy divertido leer las de otra gente…”, le comunicaba a su amiga, Janet Case, especialista en lenguas clásicas, que fuera su profesora de griego, en la carta que abre el volumen, escrita en 1912, poco después de su boda.

Siempre tenía Virginia un proyecto de libro entre las manos, una historia que la absorbía, a la que daba vueltas y vueltas, que corregía una y otra vez. Siempre dudaba; pocas veces se sentía satisfecha del todo, sabedora de que los propósitos nunca llegaban a alcanzarse por completo. Son muchas las cartas en las que se refiere a los procesos de escritura, a las dificultades con las que se iba encontrando, a las ganas de poner el punto final a sus novelas, a la rara sensación que le producían los comentarios sobre su obra.

Al respecto le escribe en 1925 a su amigo Gerald Brenan, quien le ha ofrecido su punto de vista sobre La señora Dalloway, cuando ella ya se encuentra inmersa en la composición de Al faro: “Quizá es la falta de crítica o el hecho de que afecto a la gente de forma tan distinta, por lo que me resulta tan difícil escribir un buen libro. Siempre siento que nadie, salvo quizá Morgan Forster, agarra lo que he hecho: se encuentran en conflicto en el aire y así tengo que crear la cosa nueva para mí misma cada vez. Probablemente todos los escritores están ahora en el mismo barco. Es el precio que pagamos por romper con la tradición, y la soledad hace que la escritura sea más excitante, y el ser leído, menos. Una debería hundirse en el fondo del mar y vivir sola con sus palabras…”   

Virginia Woolf con uno de sus perros en 1931 (Colección de la Biblioteca de Hought).

Son muchos los aspectos de esta correspondencia que nos cautivan. A través de esta Ventana propia me he asomado con sumo interés, con placer, a los paisajes que contemplaba Virginia Woolf. Los he visualizado por su gran capacidad para la descripción, tanto de la naturaleza, de los espacios exteriores, como de lo más íntimo. Confieso que han  tenido un gran efecto sobre mí las cartas escritas en el tiempo de las dos guerras mundiales que asolaron Europa en el siglo XX y que ahora, en momentos en los que renace el belicismo, me impresionan y conmueven especialmente. En los años de la primera contienda me llama la atención la cantidad de objetores de conciencia que había en los círculos en los que se mueve la escritora, donde se abraza el pacifismo. El gobierno británico parecía acosado por la cantidad de peticiones que recibía, le hace saber Virginia a su hermana Vanessa. 

Siempre tenía Virginia un proyecto de libro entre las manos, una historia que la absorbía, a la que daba vueltas y vueltas, que corregía una y otra vez. Siempre dudaba; pocas veces se sentía satisfecha del todo, sabedora de que los propósitos nunca llegaban a alcanzarse por completo.

En 1917 los Woolf están entusiasmados con la aventura de su editorial, con las primeras impresiones de sus libros, y se sienten liberados cuando Leonard fue declarado inútil para el combate por un crónico temblor de manos que padecía. Mientras tanto, en sus misivas, la autora va dando cuenta de otros conocidos, caso de Lytton Strachey, de Duncan Grant, de David “Bunny” Garnet… que habían de presentarse ante los tribunales y pasar por juicios. Son días de preocupación, de reclutamientos, de apelaciones, de temor a la cárcel… Pero mucho más traumáticos son los años de la II Guerra Mundial. Como cuenta Patricia Díaz Pereda en el texto introductorio a la última parte del recorrido (de 1937 a 1941), en mayo de 1940, cuando parecía inminente que los alemanes invadieran Inglaterra, “Virginia y Leonard discutieron la cuestión del suicidio, pues eran muy conscientes de que los nazis acabarían con la vida de un judío socialista y su esposa, feminista y antifascista. Leonard guardó gasolina en el garaje para envenenarse con los gases del coche y más tarde, Adrian Stephen, el hermano de Virginia, les proporcionó una dosis mortal de morfina”. 

en mayo de 1940, cuando parecía inminente que los alemanes invadieran Inglaterra, “Virginia y Leonard discutieron la cuestión del suicidio, muy conscientes de que los nazis acabarían con la vida de un judío socialista y su esposa, feminista y antifascista», Cuenta Patricia Díaz Pereda.

Como explica la responsable de esta edición, “cuando gran parte de los bombardeos se desplazó a Londres”, la pareja olvidó el tema, pero las cosas ya nunca volvieron a ser iguales. Cada vez había más dolor, más heridas. Se iban sumando más y más desgracias: casas perdidas bajo los bombardeos, ayuda a refugiados, racionamientos, y, sobre todo, pérdida de seres queridos, cercanos, como la de Julian Bell, sobrino de la autora, que murió en España, al unirse a las Brigadas Internacionales para defender a la República. La dureza de ese momento, el consuelo que Virginia presta a su hermana, se refleja en las cartas, que van adquiriendo un tono cada vez más sombrío, aunque nuestra protagonista nunca deja de escribir, de apasionarse con la lectura, con sus aficiones de siempre.

Virginia Woolf en compañía de su sobrina Angelica Bell.

Coincidiendo con el horror de la guerra, del nazismo, se van apagando las vidas de Roger Fry, en cuya existencia se sumerge Virginia Woolf al final de la suya para componer una biografía; Layton Strachey, Dora Carrington, Lady Ottoline Morrell… lo que afecta profundamente a la escritora, quien lamenta y confiesa sentirse horrorizada ante la «futilidad de la vida«. Se ha escrito mucho de las razones de su suicidio, de su planeado ahogamiento en el río Ouse, tras meterse una gran piedra en el bolsillo. Se ha hablado de los efectos de la guerra, de las pérdidas, del peso de los trastornos mentales…

La lectura de esta selección de su correspondencia refleja que todo influyó, que todo fue mermando su ilusión, sus ganas de vivir, aunque ella en sus notas, breves y últimas cartas, dejadas a Leonard Wolff y a su hermana Vanessa, apunta a sus insoportables crisis. “Tengo la certeza de que me estoy volviendo loca otra vez: siento que no puedo soportar de nuevo otra de esas terribles épocas. Y esta vez no me recuperaré. Empiezo a oír voces y no me puedo concentrar. Así que voy a hacer lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible (…) No puedo luchar más, sé que estoy estropeando tu vida, que sin mí podrías trabajar (…) Todo me ha abandonado salvo la certeza de tu bondad. No puedo seguir estropeando tu vida más tiempo”, le escribió a Leonard.

Doy por terminado este artículo aquí, con la imagen de muchas Virginia Woolf en la mente, de muchos momentos de luz y de sombra cruzándose, con la inmensa alegría de acudir a su obra, a lo mucho que escribió, para que, tanto tiempo después, sigamos buscando sentidos, fogonazos de intensidad, de pasión, de revelación. Me quedo con las descripciones de sus paseos, con su sentido de la amistad, con su agudo ingenio para ver a los demás. Y, sobre todo, siento unas ganas enormes de seguir leyéndola.

Virginia Woolf, una carta sin pedirla. Correspondencia, ha sido editado por Páginas de Espuma, con edición y traducción de Patricia Díaz Pereda.

En Lecturas Sumergidas hemos publicado otro texto sobre Virginia Woolf, en el que la autora Carmen G. de la Cueva aborda la contradictoria relación entre Woolf y Katherine Mansfield, por cuya obra manifiesta una gran admiración en la correspondencia ahora publicada.


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