Jane Goodall y sus historias para contagiar la esperanza

Fotografía de cabecera: Jane Goodall en el documental de 1965, «Miss Goodall and the Wild Chimpanzees», el primer documental de la National Geographic Society /

Emma Rodríguez © 2022 / 

La obra que tengo entre mis manos se titula El libro de la esperanza y su gran protagonista es la octogenaria y popular naturalista Jane Goodall. De su puño y letra, sin embargo, solo nos llega el texto introductorio. El resto es un diálogo con Douglas Abrams, un diálogo interesantísimo, vivaz, capaz de llegar a las ideas y al corazón de la mujer que se hizo famosa por sus reveladoras experiencias con los chimpancés, y que a lo largo de su vida no ha dejado de implicarse a fondo en la lucha por el medio ambiente, sirviendo de ejemplo a los jóvenes activistas que, contra reloj, intentan paliar los efectos de la crisis climática que amenaza el futuro de las nuevas generaciones.

En la declaración de principios con la que se abre la entrega, Goodall (Londres, 1934), comienza diciendo que “vivimos tiempos oscuros” y enumera después mucho de lo malo que acontece y que lleva a que la democracia esté en peligro en muchas partes del mundo. Se refiere, entre otras circunstancias, a la creciente brecha entre pobres y ricos y al giro político hacia la ultraderecha. Y, por supuesto, cita los “patrones climatológicos cambiantes en todo el mundo”, que restan credibilidad a quienes siguen interesadamente anclados en el negacionismo. 

A sus casi noventa años, Goodall se pregunta, poniéndose en el lugar de los lectores, cómo es posible, ante un panorama tan adverso, hablar de esperanza. Y responde con absoluta sinceridad, confesando sentirse deprimida muchos días ante los hechos que suceden. Se trata de esos días “en los que parece que tantas personas que luchan por la justicia social y medioambiental, enfrentándose a los prejuicios, el racismo y la avaricia, libran una batalla perdida”, señala. 

Aún existe una ventana temporal para empezar a reparar el daño infligido al planeta, pero se trata de una ventana que se está cerrando, lo cual exige una urgente toma de conciencia colectiva, muchas manos y mentes actuando, exigiendo políticas de cambio. De ahí el propósito de este libro que intenta despertar del letargo en el que gran parte de la población mundial está sumida, de esa especie de anuladora resignación que conduce a la idea de que nada se puede hacer. La esperanza, nos dice esta mujer, que tanto ha estudiado el comportamiento de los animales y que con tanta sabiduría se acerca a los humanos, no debe entenderse como un término pasivo, sino como una llamada a la acción y al compromiso. “La esperanza”, nos dice, “es contagiosa

He aquí la clave de un recorrido que intenta convencernos de que no todo está perdido, al tiempo que ofrece auténticas lecciones de vida. El intercambio que Jane Goodall mantiene con Douglas Abrams, un interlocutor en busca de sociedades y visiones del mundo mejores y más justas –con anterioridad publicó El libro de la alegría en colaboración con el dalái lama y el arzobispo Desmond Tutu– es, como decía, un diálogo muy interesante, lleno de intimidades, de cercanías, de contrastes. Es tal su alcance, su profundidad, que en verdad llega a convertirse en una especie de legado, el legado de una mujer de ciencias y de una idealista movida por el deseo de cambiar el mundo. 

La II Guerra Mundial, la carrera armamentística de la Guerra Fría, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y los que acaecieron posteriormente en otras ciudades del mundo, la pandemia de la COVID-19. A todo ello se refiere quien ha vivido un largo trayecto (cuando se publicó el libro aún no había estallado la guerra de Ucrania) que le ha permitido también conocer de primera mano “asombrosos relatos de valor, firmeza y determinación”, historias cargadas de bondad que hacen que siga creyendo que aún hay esperanza. “Porque, en efecto, creo que el mal existe entre nosotros, pero las voces de quienes le plantan cara son más poderosas e inspiradoras”, señala Goodall.

Me identifico mucho con el saludable escepticismo de Abrams, quien no se conforma con las primeras respuestas de la primatóloga e intenta rebatirlas, llevándola a detenerse, a dar vueltas sobre sus reflexiones. Mientras vamos leyendo nos parece estar asistiendo en directo a una conversación entre dos personas que quieren ir más allá en sus búsquedas. Las preguntas que realiza el entrevistador, movido por su afán de indagar, de comprender, de conocer, coinciden muchas veces con las que podemos hacernos nosotros, lectores, mientras vamos pasando las páginas del libro. ¿No peca en ocasiones Jane Goodall de buenismo, de ingenuidad? ¿Hasta qué punto sus ejemplos, sus propuestas, tienen sentido en un presente tan desquiciado, tan materialista? ¿Puede la bondad de muchos obrar transformaciones milagrosas?

«creo que el mal existe entre nosotros, pero las voces de quienes le plantan cara son más poderosas e inspiradoras”, señala Jane Goodall en «El lIbro de la esperanza», Un diálogo interesante y vivaz con Douglas Abrams.

En El libro de la esperanza se comparten visiones y experiencias. El conductor de la narración va combinando con brillantez las preguntas con el recorrido por la vida fructífera de la protagonista, sus estudios, sus logros, sus trabajos al frente del Instituto Jane Goodall y del programa juvenil “Roots and Shoots” (“Raíces y Brotes”). El primer viaje que realizó a África en 1957 fue crucial en su trayecto y le permitió cumplir su sueño de estudiar a los animales en su hábitat, algo que deseaba desde su infancia, desde que se sumergió en las historias del Doctor Dolittle y Tarzán. Pero fue un personaje de carne y hueso, el doctor Louis S. B. Leakey, quien convirtió en realidad ese largo deseo, impulsando y consiguiendo la financiación necesaria para hacer posible la investigación, la toma de contacto sobre el terreno con los chimpancés salvajes del parque natural de Gombe en Tanzania.

Goodall, que tenía un impresionante conocimiento de los animales africanos a través de sus muchas lecturas, no era oficialmente una científica, pero Leakey, convencido de lo mucho que se podía aprender de los primeros humanos a través del comportamiento de los primates objeto de estudio, “quería a alguien cuyo pensamiento no estuviera comprometido por los prejuicios académicos o las ideas preconcebidas”, explica Abrams, quien señala: “Los innovadores descubrimientos de Jane, en especial en lo que respecta a la personalidad y las emociones en los animales, tal vez no habrían sido posibles si hubiera sido educada para negarle esa posibilidad, tal como era habitual en la universidad de la época”.

De la perseverancia para ganarse la confianza de los chimpancés, de la capacidad para hacer frente a los evidentes peligros y a la frustración, se habla en esta entrega que se convierte en un viaje a través de las etapas de la vida. El coautor de la obra consigue adentrarse en la intimidad, en las atmósferas familiares de Goodall, en sus viajes y lugares, en sus pérdidas… Ante la pregunta de si la esperanza la había abandonado en algún momento, ella alude al tiempo que siguió a la muerte de Derek Bryceson, su segundo marido, quien fuera director de los parques de Tanzania. “El dolor puede hacernos sentir desesperanza”, señala. Y más adelante confiesa: “El bosque fue lo que más me ayudó (…) Me concedió una sensación de paz y atemporalidad, y me recordó el ciclo de la vida y la muerte en el que todos estamos inmersos”.

De la perseverancia para ganarse la confianza de los chimpancés, de la capacidad para hacer frente a los evidentes peligros y a la frustración, se habla en Una entrega que se convierte en un viaje a través de las etapas de la vida de la popular naturalista.

Cuando su interlocutor amplía la cuestión y vuelve a preguntarle si alguna vez ha perdido la esperanza en la humanidad, la naturalista responde: “Los problemas que amenazan al planeta son enormes. Y si los analizo minuciosamente, a veces parecen absolutamente imposibles de resolver. Así que, ¿por qué me siento esperanzada? En parte porque soy obstinada. No me rendiré. Y en parte porque no podemos predecir con exactitud cómo será el futuro. Sencillamente, no podemos. Nadie sabe cómo acabará todo”.

El aumento de la complicidad, de la afinidad, se va intensificando a través de las charlas entre los dos entregados conversadores. Mientras se planifican y se suceden los encuentros, el tiempo avanza y acaecen cosas que lo modifican todo: la muerte del padre de él, la pandemia y el posterior confinamiento que anula citas programadas y convierte en virtual el intercambio de pareceres. Como lectores asistimos al surgimiento de una amistad, de una sintonía. Goodall, con su sabio bagaje vital, le dice a Abrams, sumido en la tristeza tras la pérdida de su progenitor: “Creo que la profundidad de nuestra pena nos recuerda la profundidad de nuestro amor”.

Son los muchos momentos de cercanía, de revelación, los que otorgan un valor especial a este libro rico en convicciones, en historias del entorno natural, en experiencias de gente anónima, que añaden luz a las sombras del presente. Son esas historias de valor, de resistencia, de ingenio, las que hacen que Goodall se sienta, pese a todo, esperanzada, convencida del “efecto acumulativo de miles de acciones éticas”. Frente a los negacionistas del clima; frente a los depredadores de la naturaleza y a los indiferentes ante la pérdida de biodiversidad; frente a la avaricia de un sistema capitalista que alimenta las desigualdades, la veterana activista presenta cuatro razones para la esperanza que son analizadas con detenimiento en la obra que nos ocupa. Esas razones son: “el asombroso intelecto humano, la resiliencia de la naturaleza, el poder de la juventud y el indomable espíritu humano”. Cada una de ellas ocupa un capítulo en el libro.

La primera alude a la “evolución explosiva” del cerebro de los seres humanos, a las muchas cosas “increíbles” que gracias a ello, sobre todo al lenguaje, a la habilidad de la comunicación con palabras que apareció en cierto momento de la evolución, han podido llevar a cabo en todos los ámbitos, en las artes, en las ciencias… “Creo sinceramente que la explosión del intelecto humano fue lo que llevó a una especie débil y poco excepcional de simio prehistórico a autoproclamarse ama del mundo”, explica Jane Goodall. “Pero, si somos más inteligentes que el resto de los animales, ¿por qué hacemos tantas cosas estúpidas?”, le plantea Douglas Abrams.

A lo que ella responde que está hablando de “intelecto y no de inteligencia”, pues “un animal inteligente no destruiría su único hogar, que es lo que hemos hecho durante mucho tiempo”. Una constatación a partir de la cual argumenta que el “desastre” se ha debido a la mala utilización de ese intelecto prodigioso, debido a una mezcla de “avaricia, odio, miedo y deseo de poder”. La exposición no puede ser más negativa, pero Goodall tiene una innata capacidad para darle la vuelta. “La buena noticia”, dice, “es que un intelecto lo suficientemente agudo como para crear armas nucleares e inteligencia artificial seguramente también será capaz de idear las formas de contrarrestar el daño que hemos infligido a este pobre y viejo planeta”.

la veterana activista presenta cuatro razones para la esperanza, que son analizadas detenidamente en el libro: el asombroso intelecto humano, la resiliencia de la naturaleza, el poder de la juventud y el indomable espíritu humano.

Nuestra protagonista cita soluciones creativas e innovadoras como “las energías renovables, la agricultura regenerativa y la permacultura, el avance hacia una dieta vegetariana, entre otras cosas”, que muestran el camino hacia un horizonte de mejora. “Los seres humanos son lo suficientemente adaptativos y harán lo que sea necesario para sobrevivir en su entorno”, leemos más adelante, ante lo que cabe preguntarse si esa supervivencia será para todos o solo para unos pocos privilegiados. ¿Qué se acabará imponiendo: la violencia o la bondad; la justicia social o los privilegios de unos cuantos; la generosidad o el egoísmo? Sobre todo ello se habla en unas páginas realmente interesantes, motivadoras, en las que Goodall habla, como ya os decía, del pasado, de sus vivencias durante la II Guerra Mundia, del holocausto, de los genocidios de Ruanda y Burundi…Y también mira al presente; al auge del fascismo, al reinado de las “fake news”…

 Me detengo en un pasaje en el que declara que “aunque haya mucha violencia y maldad en el mundo, desde una perspectiva histórica descubrimos que muchas cosas han cambiado a mejor”; en el que valora la existencia de la Unión Europea y la poca probabilidad de guerras en su territorio. Por desgracia su pronóstico ha fallado. Este libro se publicó en inglés en 2021 y un año después lo que parecía imposible se ha hecho realidad. El conflicto bélico ha vuelto a agitar al viejo continente, la invasión y las armas se han impuesto a la paz, al diálogo, al altruismo salvador al que se refiere Goodall una y otra vez.

¿Cómo evolucionamos para ser criaturas más pacíficas y compasivas?, le pregunta Abrams en uno de sus encuentros. “Necesitamos un nuevo código moral intelectual”, responde ella, acudiendo a la regla de oro de todas las religiones: “Trata a los demás como querrían que te trataran a ti”, y expresando su creencia de que, pese a todo, “vamos en la dirección correcta”. La nueva pregunta no se hace esperar: “¿De verdad crees que somos más bondadosos?” Y es respondida de la siguiente manera: “Creo de verdad que la mayoría de la gente lo es. Pero los medios dedican mucho espacio a cubrir los acontecimientos terribles y llenos de odio, y apenas informan de la bondad y de la solidaridad que suceden en el mundo”.

Fotografía tomada de la web del Instituto Jane Goodall.

En el capítulo que nos ocupa, Jane Goodall arremete contra la “absurda y temeraria creencia” capitalista del “desarrollo económico ilimitado del planeta con recursos naturales finitos”. Lamenta la falta de sabiduría que caracteriza a las sociedades actuales, la ignorancia de los gobernantes, y apunta en la dirección de actuar ya en favor de la justicia en toda su amplitud, para lo cual es necesario que la mente inteligente y el corazón compasivo vayan al unísono. “Si no actuamos sabiamente ahora para detener el calentamiento del planeta y la pérdida de vida animal y vegetal, tal vez sea demasiado tarde”, hace un llamamiento esta enérgica mujer que tanto ha inspirado a jóvenes activistas como Greta Thunberg, quien la ha definido como “una auténtica heroína”. 

Mitigar la pobreza, limitar el estilo de vida insostenible de los ricos (la “avaricia más descarnada de los beneficios a corto plazo para aumentar la riqueza y el poder de individuos, empresas y gobiernos”) son dos grandes desafíos que se deben afrontar de inmediato, además de eliminar la corrupción en aras del buen gobierno, y afrontar los problemas derivados de la creciente población humana. Goodall, convencida de que “buena parte del ataque a la madre naturaleza no tiene que ver con la estupidez, sino con la falta de compasión hacia las futuras generaciones y hacia la salud del planeta”, señala que, aunque lo creamos, no somos más inteligentes que la naturaleza, que esta nos ofrece una extraordinaria lección de resiliencia.

“Creo de verdad que la mayoría de la gente Es Bondadosa. Pero los medios dedican mucho espacio a cubrir los acontecimientos terribles y llenos de odio, y apenas informan de la bondad y de la solidaridad que suceden en el mundo”, señala Goodall.

He aquí su segunda razón para la esperanza. Los secretos de las plantas, de los bosques, su capacidad para soportar tanto daño, tanta catástrofe. La naturalista atesora muchas historias al respecto y tiene muy claro que “las historias llegan al corazón antes que los datos o las cifras”. Por eso acude a ellas y convence a no pocos incrédulos. Se refiere, por ejemplo, al caso del peral superviviente, aplastado entre los bloques de cemento, tras el ataque terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York aquel inolvidable 11 de septiembre de 2001.

Cuando fue descubierto por una limpiadora, solo quedaba de él un tronco carbonizado con raíces rotas y una única rama viva. “Una vez recuperado, fue trasplantado en lo que hoy se conoce como el Monumento Nacional y Museo del 11S. En la primavera sus ramas rebosan de flores. La gente conoce su historia (…) Es un símbolo de la resiliencia de la naturaleza…”, cuenta Goodall, quien nos traslada a continuación a Nagasaki, la ciudad en la que se lanzó la segunda bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial. La ciudad quedó devastada, pero “sorprendentemente, sobrevivieron dos alcanforeros de quinientos años de antigüedad” que son considerados por muchos japoneses como “un monumento sagrado a la paz y a la supervivencia”. Cuando contempla uno de ellos, observa que “tiene grietas y fisuras, a través de las cuales, se puede percibir su interior negro”.

Sin duda, se trata de una imagen simbólica, de un mensaje poderoso sobre la resistencia, la capacidad de hacer frente a la destrucción. Pero cabe preguntarse, como hace Douglas Abrams, si no se han traspasado ya los límites, si “realmente es posible que la naturaleza sobreviva al desastre de la devastación humana”, teniendo en cuenta las sombrías proyecciones sobre el futuro que ya existen. El autor habla de las emisiones de gases de efecto invernadero, de la extinción del 60% de todos los mamíferos, aves, peces y reptiles, lo que los científicos denominan como la “sexta gran extinción”.

Goodall reconoce la profunda decepción, la frustración, la impotencia, la depresión que experimentan tantas personas implicadas en la lucha para proteger la naturaleza que no ven salidas. Habla del “duelo ecológico” y asegura haberlo sentido, especialmente tras sus encuentros con ancianos inuits de Groenlandia, que lloraban ante el agrietamiento creciente de los icebergs, o con poblaciones indígenas de Panamá, obligadas a abandonar sus islas ante la subida del nivel del mar. En esas circunstancias tan cercanas asegura que la realidad del cambio climático la golpeó “visceralmente”. 

Hay una parte muy reveladora en este capítulo en el que es Abrams quien relata la historia de Ashlee Cunsolo, un hombre que trabaja con las comunidades inuits que han sufrido el impacto del cambio climático y que, ante sus relatos desesperados, enfermó de los nervios, experimentando un profundo dolor que afectaba a sus brazos y manos. No encontró remedios ni explicaciones en los especialistas médicos que consultó. Fue un anciano inuit el que le hizo llegar un hermoso mensaje: tenía que liberar su duelo, dejarle espacio y expresarlo, no temerlo ni evitarlo, sino compartir la tristeza con los cercanos; ser capaz de “encontrar alegría y admiración todos los días”.

La Naturalista Habla del “duelo ecológico” y asegura haberlo sentido tras sus encuentros con ancianos inuits de Groenlandia, que lloraban ante el agrietamiento creciente de los icebergs, o con poblaciones indígenas de Panamá, obligadas a abandonar sus islas ante la subida del nivel del mar.

La inspiradora historia de este hombre, que acabó encontrando la cura en el bosque, en su belleza; pidiendo desde lo más profundo perdón a la tierra y aprendiendo a no perderse en la oscuridad, conduce a Jane Goodall a mostrar su parte más espiritual, de gran importancia en El libro de la esperanza. Habla nuestra protagonista de sus amigos nativos americanos, transmisores de la sabiduría de sus pueblos, herederos de antiguos curanderos, quienes le han enseñado que “un aspecto de nuestra curación depende de nuestras relaciones y las formas en que nos unimos para apoyarnos los unos a los otros”. En otro momento, revela que la conexión, el gran poder espiritual que experimenta cuando pasa horas solas en el bosque de Gombe, la acompaña en todo momento. “Es una fuerza en la que puedo refugiarme para encontrar fuerza y valor”, asegura. Y más adelante exclama: “¡Necesito tiempo en la naturaleza, aunque me limite a sentarme bajo un árbol, a pasear por estos bosques o a escuchar el canto de un pájaro, para sentir paz mental en un mundo enloquecido!”.

Jane Goodall y Emmaneul Mtiti en las colinas que dan al Gombe National Park durante la filmación del «Viaje de Jane» – Fotografía © Richard Koburg.

Sabiduría y sinceridad son dos de los grandes valores de esta entrega que no se queda en los datos, en las teorías, que, tanto a través del intercambio de experiencias, de descubrimientos, como del cuestionamiento, del contraste de ideas, busca llegar al corazón de las cosas de manera tan sencilla como cautivadora. He ahí su principal regalo. Mientras voy pasando las páginas soy consciente del descreimiento que define a la ciudadanía de un siglo XXI marcado por el exceso de información engañosa, interesada. Un camino que lleva a no creer en prácticamente nada. Pero también siento el efecto positivo de obras que apuestan por contar el otro lado, el reverso, los claros de luz en la oscura espesura del presente. 

En el trayecto Jane Goodall reconoce su desaliento, pero también esa saludable capacidad para el asombro, para el agradecimiento. “Pienso en todos los lugares que aún son vírgenes y hermosos, y en que hay que intensificar la lucha para conservarlos. Y pienso en los lugares que han sido salvados por la acción comunitaria. Esas son las historias que la gente tiene que oír; las historias de las batallas ganadas, de las personas que lo han conseguido porque no se rindieron. Aquellas que, al perder una batalla, se preparan para la siguiente”, nos dice.

Las historias de colectivos que no se rinden adquieren gran protagonismo en este libro. Proyectos de recuperación de zonas devastadas y de especies en peligro de extinción, planes de resilvestración, programas para poner en pie plantaciones, a través de microcréditos, que en África han ayudado tanto a poblaciones de aldeas locales como a los animales que habitan en sus parajes (“cuidar a la gente para que esta proteja su entorno”)… Hay mucho que aprender, que conocer en esta obra, en esta larga y estimulante conversación, en la que se habla del vínculo entre la resiliencia de la naturaleza y la resiliencia humana. “Abordar injusticias humanas como la pobreza y la opresión de género nos permite crear esperanza para las personas y para el medio ambiente”, es una de las conclusiones a las que llega el coautor del libro tras escuchar a su interlocutora.

Jane Goodall habla, y da significativos ejemplos, de la voluntad de vivir de las plantas, de los animales, de los seres humanos. Y también de la capacidad de adaptabilidad a diferentes entornos, de hacer frente a situaciones adversas. Su compañero de charla le pregunta si podremos llegar a adaptarnos, “no solo al cambio climático, sino a las nuevas formas de vida capaces de ralentizarlo”. “Así es como ha funcionado la evolución durante miles de años”, le contesta. Y prosigue: “El problema es que hemos estropeado tanto las cosas que a menudo tenemos que intervenir para frenar la destrucción de un hábitat o la extinción de una especie. Y aquí es donde el intelecto humano desempeña un papel destacado: muchas personas emplean su cerebro para trabajar y apoyar el deseo de supervivencia innato de la naturaleza. Hay muchas historias maravillosas de personas extraordinarias que contribuyen a que la naturaleza se recupere”.

Historias, historias desconocidas que no aparecen en los medios de comunicación, a las que no se les da visibilidad, lo cual es una pena porque desmotiva, paraliza la acción, la creencia en las posibilidades de cambio. Historias para contribuir a no romper el “tapiz de la vida”, un concepto fundamental en el recorrido. “No se trata solo de beneficiar a los animales. Intento que la gente comprenda hasta qué punto los seres humanos dependemos del mundo natural en todos los sentidos: alimento, aire, agua y vestido. Y los ecosistemas tienen que estar sanos para cubrir nuestras necesidades. En el tiempo que pasé en la selva tropical de Gombe aprendí que cada especie desempeña un papel y que todo está interconectado. Cada vez que una especie se extingue es como si se abriera un agujero en el maravilloso tapiz de la vida. Y cuantos más agujeros surjan, más se debilita el ecosistema. El tapiz queda tan desgarrado que el ecosistema se acerca a su colapso. Y entonces es especialmente importante revertir la situación”, expone Goodall.

«En el tiempo que pasé en la selva tropical de Gombe aprendí que cada especie desempeña un papel y que todo está interconectado. Cada vez que una especie se extingue es como si se abriera un agujero en el maravilloso tapiz de la vida», Dice Jane Goodall.

En El libro de la esperanza, que lleva como subtítulo Una guía de supervivencia para tiempos difíciles, se habla de los bosques, de los espacios salvajes, abiertos, pero también se mira a las ciudades y se valoran los esfuerzos de quienes trabajan por la renovación del futuro urbano, por el levantamiento de ciudades verdes que apuesten por los árboles, “árboles que reducen la temperatura en varios grados, limitan la contaminación del aire y mejoran la calidad del agua”, fortaleciendo el bienestar de sus habitantes. “Incluso en ciudades como Singapur hay proyectos que vinculan pequeños hábitats con corredores verdes de árboles, para que los animales puedan desplazarse de un lugar a otro mientras buscan comida y pareja. Cuando le das la oportunidad, la naturaleza regresa. Cada árbol plantado marca la diferencia”, apunta la naturalista.

El poder de los jóvenes es la tercera razón para sentir esperanza a la que se refiere Goodall, quien habla de “injusticia intergeneracional, de lo que les hemos robado no solo a los jóvenes de hoy, sino a los de las generaciones futuras. Y también de consumir de forma ética, siendo conscientes de lo que se esconde detrás de los productos que compramos (salarios injustos, explotación infantil…), reduciendo las compras innecesarias, huyendo de un estilo de vida anestesiado, egoísta, aprendizajes que muchas veces transmiten los hijos a sus padres tras recibir una saludable educación medioambiental.

En este apartado encontramos historias tan motivadoras como la de una reserva en Estados Unidos donde se ha combatido la desesperanza, las drogas, el alcohol, los suicidios, transmitiendo los más ancianos a los jóvenes el valor de conectar con la naturaleza y la cultura a través de la recuperación de conocimientos ancestrales de su pueblo en lo que se refiere a la alimentación tradicional y las plantas medicinales.  

Jane Goodall durante una de sus conferencias.

La organización “Raíces y Brotes”, de la que la activista es artífice, así como otras muchas, se afanan en despertar conciencias, en ofrecer objetivos claros y estimulantes, en buscar apoyos sociales que activen la idea de que es posible cambiar las cosas. Frente al escepticismo de Douglas Abrams, quien no puede evitar desconfiar de las pequeñas acciones, de los programas educativos, para hacer frente al poder de regímenes totalitarios y a los intereses creados de las empresas, Jane Goodall responde: “Mi esperanza es que cada vez haya más personas preocupadas, más y más programas que trabajen en estas cuestiones, intentando paliar la pobreza, mejorando la justicia social, luchando por los derechos humanos y animales”.

Llegada a este punto le doy la razón cuando apunta a la falta de visibilidad de todas las acciones que contribuyen a ello en los canales de información, en las redes sociales. Me pregunto por qué suele ser lo negativo lo que atrapa la atención, por qué no somos capaces de apoyar mayoritariamente opciones políticas que luchan por la justicia social, por la protección del medio ambiente, por la igualdad… Porque son muchas las soluciones que están al alcance de la mano. Solo hace falta voluntad política para llevarlas a cabo. Una voluntad que debe ser exigida por una ciudadanía convencida de su fuerza.

“Mi esperanza es que cada vez haya más personas preocupadas, más y más programas que trabajen en estas cuestiones, intentando paliar la pobreza, mejorando la justicia social, luchando por los derechos humanos y animales”.

El indomable espíritu humano” es la cuarta razón para la esperanza para nuestra protagonista, quien se refiere a la confianza, a “la fortaleza interior y el valor para perseguir un objetivo a cualquier precio, en una lucha por la justicia y la libertad”. Nelson Mandela, Ghandi, Martin Luther King, Jesús para los cristianos, son figuras de referencia en este sentido, pero son muchas las historias de personajes anónimos, de héroes desconocidos, olvidados, que resultan enriquecedoras. “Recordemos el movimiento de las sufragistas en Inglaterra, lideradas por Emmeline Pankhurst, cuando las mujeres se ataban a las barandillas de la Cámara de los Comunes en su lucha por el derecho al voto femenino. Y pensemos en todas las personas que, a lo largo y ancho del mundo, se han encadenado a los árboles, o han trepado a sus ramas, para intentar proteger un bosque de las excavadoras”, nos anima Jane Goodall.

Esta mujer cree que es necesario fomentar el espíritu indomable de los niños a través de una educación amorosa capaz de potenciar en ellos la resiliencia y la esperanza. Esta mujer está convencida de que ayudar a los demás contribuye a la propia curación. Esta mujer, embajadora por la Paz de Naciones Unidas, capaz de llevar su discurso tanto a los más vulnerables como a las élites de la gobernanza mundial, después de repasar sus vivencias, sus descubrimientos, sus análisis, sus secretos, sus luchas, emociones y convicciones, recurre a una de sus obras de ficción favoritas, El señor de los anillos, de Tolkien, para decirnos: “Creo que nos ofrece un modelo de cómo podemos sobrevivir e intervenir en el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, la pobreza, el racismo, la discriminación, la avaricia y la corrupción. El Señor Oscuro de Mordor y los jinetes negros simbolizan toda la perversidad que hemos de combatir. La Comunidad del Anillo incluye a quienes emprenden una batalla justa. Tenemos que trabajar duro para crear una comunidad a lo largo y ancho del mundo”.

Jane Goodall en el Gombe National Park – Fotografia (CC) de Simon Fraser University_Communications & Marketing

La última parte del libro está dedicada al viaje de Jane Goodall a lo largo de toda una vida, a sus crecimientos. Me detengo en algunos de sus pasajes, de sus verdades, para poner fin a este artículo, animándoos a iniciar vuestra propia lectura, una lectura que tiene el efecto de “despertar”, que proporciona extraordinarias historias que merece mucho la pena conocer:

– “Crecer durante la Segunda Guerra Mundial me enseñó muchas cosas: aprendí el valor de la comida y la ropa, porque todo estaba racionado. Y tuve conocimiento de la muerte y de la dura realidad de la naturaleza humana: amor, compasión, valor, por un lado; brutalidad y una increíble crueldad, por el otro. Este lado oscuro se me reveló implacablemente a una edad temprana (…) cuando se publicaron los primeros reportajes y fotografías de los esqueléticos supervivientes del Holocausto”.

(Jane Goodall)

– “Cuando hablas de espiritualidad, muchos se sienten incómodos, o absolutamente desconcertados. Piensan en una especie de “hippie” cursi que se dedica a abrazar a los árboles. Sin embargo cada vez son más las personas que descubren que nos hemos vuelto excesivamente materialistas y que necesitamos reconectar espiritualmente con el mundo natural. Estoy de acuerdo, creo que hay un anhelo de ir más allá del consumismo irreflexivo. En cierto modo, nuestra desconexión de la naturaleza es muy peligrosa. Creemos controlarla, pero olvidamos que, al final, la naturaleza nos controla a nosotros”.

(Douglas Abrams)

– “La evolución moral, en mi opinión, implica comprender cómo debemos comportarnos, cómo deberíamos tratar a los demás, comprender la justicia, la necesidad de una sociedad más equitativa. La evolución espiritual tiene que ver con meditar sobre el misterio de la creación y del Creador, preguntarnos quiénes somos y por qué estamos aquí y comprender que formamos parte del sorprendente mundo natural; una vez más Shakespeare lo expresa hermosamente cuando habla de “libros en los arroyos, sermones en las piedras y el bien en todas las cosas”. Lo percibo cuando me quedo embelesada, llena de asombro y admiración ante una gloriosa puesta de sol mientras canta un pájaro, o cuando me echo en un lugar tranquilo y miro al cielo mientras las estrellas emergen poco a poco, a medida que se desvanece la luz del día”. 

(Jane Goodall)

El libro de la esperanza, de Jane Goodall y Douglas Abrams, con colaboración de Gail Hudson, ha sido publicado por Paidós. Ha sido traducido al castellano por Francisco Rodríguez Esteban.

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