Tiempos, miradas y paisajes de la melancolía

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Grabado de cabecera: Melancolía I (1514) por Alberto Durero, alemán, 1471–1528 / Crédito: Fondo Harris Brisbane Dick, 1943

Emma Rodríguez © 2020 / “La depresión es la melancolía sin sus encantos”, señalaba Susan Sontag. De esta frase parte la historiadora del arte Anna Adell para trazar un recorrido, de tono poético, por los territorios de esa extrema tristeza que arranca de muy atrás y que define a los habitantes del presente. Atrapados por Saturno. Imaginarios recientes de la melancolía, publicado por Casimiro Libros, es un ensayo altamente cautivador, sugerente. Un camino, con múltiples bifurcaciones, por los tiempos y manifestaciones de un estado anímico que atraviesa todas las épocas. Un mal del alma que marca muy especialmente al capitalismo, a las sociedades neoliberales en las que vivimos. Sociedades del estrés, la ansiedad, la desigualdad, la productividad, cuyo modelo se derrumba porque no vale para abordar la emergencia climática y las crisis sanitarias que ya padecemos y que, según todos los indicios, marcarán el futuro.

El cuestionamiento de nuestro modo de vida asoma de fondo en esta entrega cargada de referencias, de miradas, de corrientes. El arte, la literatura, la filosofía, la medicina, se dan la mano en este paseo que intenta atrapar el hilo difuso de esos entornos sombríos que se pueden rastrear en el ayer y reconocer de manera clara en el hoy. Un ahora cuyo espejo nos devuelve la imagen de seres vulnerables, sumidos en la incertidumbre, faltos de certezas, necesitados de nuevos rumbos, atemorizados y al mismo tiempo deseosos de cambios.

Fundadora del magazine online «Le bastart» y autora de ensayos como El arte como expiación (Casimiro, 2011) y Creación y pensamiento hacia un ser expandido (Trea, 2013) cuenta Anna Adell Creixell, en una entrevista que hemos realizado vía correo electrónico, que su inmersión en los territorios de la melancolía partió de su interés por la manera en que el arte se ha relacionado con ellos, así como del seguimiento de pensadores actuales que han abordado las patologías de la «sociedad del rendimiento», desde Richard Sennett y Ehrenberg, hasta Franco Berardi y Byung-Chul Han. Este libro resulta enriquecedor por sus planteamientos y sus búsquedas, pero también por los muchos diálogos que abre, por su transversalidad, por su capacidad para acercarnos a tendencias, obras y ventanas que nos estimulan a mirar hacia nuevos escenarios y posibilidades.

Cordura, locura, frustración, aflicción, competitividad, medicalización, hiperactividad, tedio, duelo, impotencia, son palabras que aparecen en una obra intensa que ahora especialmente, en los tiempos que vivimos, nos descubre las raíces de muchos de nuestros padecimientos a través de manifestaciones artísticas diversas, porque, como dice la autora, “el arte es sensible a su entorno y sabe expresarlo, a modo  de sismógrafo”. Los estados melancólicos, depresivos, nos conducen a la infelicidad, pero también pueden ser oportunidades para la lucidez y el renacimiento. De esto último también se da cuenta en el libro.

En Atrapados por Saturno. Imaginarios recientes de la melancolía, Anna Adell nos hace aún más conscientes de la capacidad del arte para apresar los pánicos colectivos. En las páginas de este libro, que, como os decía, parte del pasado para aproximarnos al presente, se dibujan las patologías derivadas del mundo capitalista. En sus distintos capítulos nos vemos avanzando por las urbes de la aceleración, en movimiento constante, incapaces de parar, de contemplar.

Podemos reconocernos sufriendo el penoso tedio del exceso [exceso de productos, de mercancías]. O formando parte de escenas de aislamiento y encierro: confinados en una habitación ante el ordenador, sometidos a una perjudicial gula de información. Anna Adell escribe de las jaulas, de los confinamientos modernos, llega a referirse incluso a “arresto domiciliario” cuando nos aproxima a la obra de la artista checa Eva Kotátková, que denominó de este modo una etapa de su trabajo [dibujos, esculturas. fotografías y performances bajo el título de House arrest, 2009]. 

«ATRAPADOS POR SATURNO» NOS DESCUBRE LAS RAÍCES DE MUCHOS DE NUESTROS PADECIMIENTOS A TRAVÉS DE MANIFESTACIONES ARTÍSTICAS DIVERSAS, PORQUE, COMO DICE SU AUTORA, “EL ARTE ES SENSIBLE A SU ENTORNO Y SABE EXPRESARLO, A MODO  DE SISMÓGRAFO”.

Las jaulas que a modo de escafandra llevan los actores o los maniquís recortados son para ella paradigmáticas del confinamiento moderno; aquel que posibilita la visión pero coarta el movimiento. La sensación de impotencia, los miedos y ansiedades construyen en torno a nuestro cuerpo corazas invisibles que Kotátková materializa con trampas gigantes y estructuras metálicas...”, escribe Adell. Cada uno de los artistas a los que nos aproxima ensancha la visión del mundo, la clarifica, nos invita a observar los entornos que habitamos y su influencia en nuestro espacio interior.

Entre el vagabundeo y el encierro se titula un capítulo con cuyo comienzo –especialmente hermoso y muy apropiado para que os hagáis una idea del estilo del ensayo– quiero concluir este preludio, antes de dar paso a las preguntas y respuestas:

Aunque parezcan contradecirse entre sí, las figuras del errante y del prisionero son paradigmáticas del ser melancólico. Aquel que viaja sin destino, el flâneur obnubilado por la celeridad urbana, el que discurre por senderos (mentales o físicos) sin retorno, el que vaga y divaga, aquel cuya vida transita por habitaciones de hotel (Emil Cioran) o que nutre sus narraciones con el pensamiento reposado por largas estancias en cuartos de hospital y demoras voluntarias en estaciones de tren (W.G. Sebald), o bien, el eremita extremo del siglo XXI encarnado en el síndrome del “hikikomori” o de “reclusión aguda” (adolescentes encerrados en su habitación, negándose incluso a comer)”.


ANNA ADELL: “Son más melancólicas las épocas de cambios acelerados, de crisis e inseguridad”

ANNA ADELL

Una primera pregunta que me he hecho varias veces a medida que he ido leyendo el ensayo (publicado en marzo 2020). ¿Habría sido diferente si lo hubieras escrito después del tiempo de la pandemia, del confinamiento? ¿Habrías añadido algún otro capítulo? 

– Los melancólicos, de algún modo, son desertores de la vida acelerada a la que impulsa el neoliberalismo. Ahora que el sistema se ha visto obligado a echar el freno de mano, podría cumplirse lo que hasta hace dos días parecía utópico: ralentizar la marcha. Estamos instalados en este paréntesis forzado sin sentirnos culpables por no estar siendo tan productivos (aunque mucha gente no puede permitirse quedarse en casa). Pienso que a nivel personal esto nos está transformando, aunque quizás es una ilusión o un fuego fatuo. En el libro se alude a traumas provocados por una forma de vida que nos tenía al borde del abismo, y ahora el abismo se ha abierto. Ojalá que todo lo que el ensayo recoge quede registrado como parte de una época que no volverá. Pero el cambio no será inmediato, claro, y durante un tiempo muchos aspectos de los que hablo se verán acuciados. No puedo avanzar el siguiente capítulo, para eso están los gurús del mañana.

«Los melancólicos, de algún modo, son desertores de la vida acelerada a la que impulsa el neoliberalismo. Ahora que el sistema se ha visto obligado a echar el freno de mano, podría cumplirse lo que hasta hace dos días parecía utópico: ralentizar la marcha».

En todo momento indagas en la relación entre los padecimientos y aflicciones interiores y “las roturas”, las grietas del mundo actual. Esto de repente se ha mostrado más diáfano que nunca…

– La depresión, como escribía Mark Fisher (que la sufrió en primera persona), al tiempo que ofusca la mente también otorga lucidez. Esa paradoja atraviesa el libro: el malestar social obliga a interrogar sobre las causas, pero al ser tratados los estados depresivos como problemas exclusivamente psicológicos, las personas se repliegan en sí mismas. En las últimas décadas, pareciera que la anomalía es norma. Sobre ello se interrogan filósofos como Santiago López Petit, pero también médicos como Allen Francis. Así pues, ¿acaso es “normal” la aparente “normalidad” que rige nuestras vidas? Ahora se ha hecho evidente que una sociedad ciega a todo lo que no sea ganancia inmediata a manos de unos pocos, tarde o temprano se ha de dar de bruces contra su falsa idea de progreso. 

¿Crees que la depresión, la melancolía, se acentuará tras este tiempo de encierro, de parón? ¿Saldremos de aquí transformados, diferentes?

– Mucha gente va a perder el trabajo, los que ya estaban mal estarán peor. Muchos pequeños empresarios quebrarán. Durante un tiempo reinará el caos, imagino. Zygmunt Bauman citaba la generación X (a la que pertenezco) como la primera entre cuyas filas son más los “residuales” o “excedentes” que los productivos. Imagino que ahora (hasta que todo se reorganice en torno a políticas que no sirvan exclusivamente al libre mercado), el sentirse superfluo, supernumerario, será patrimonio de muchos. Robert Burton, un clérigo erudito del siglo XVIII, escribió un inabarcable compendio sobre la melancolía, en cuyo saco vertió infinidad de dolencias, pero que en general se vertebran en torno a dos aspectos, la tristeza y el miedo. El miedo entendido como algo difuso, que no se dirige a objeto alguno, más en el sentido de angustia que le daría Kierkegaard

Hay una línea argumental que atraviesa todo el libro: la conexión entre capitalismo y depresión. Hasta en términos de lenguaje resulta muy curioso, como explicas, que “los altibajos del capitalismo” se hayan descrito con palabras de la psicopatología: euforia financiera, crisis, depresión… Resulta muy revelador.

– Sí. Franco Berardi (Bifo) y Barbara Ehrenreich han analizado las crisis financieras en su relación con el optimismo obligatorio impuesto a los empresarios de Wall Street, por ejemplo, y en general, en relación al cortocircuito cognitivo que padece el trabajador digital en situaciones de intensa presión. El énfasis puesto en calibrar nuestras emociones (en múltiples campos se aplican a ello: técnicas biométricas, informática, psicología positiva, industrias farmacéuticas) responden en última instancia a que el posfordismo depende de nuestra implicación emocional para seguir funcionando. Durante el fordismo los obreros empeñaban su cuerpo, pero no comprometían su mente. El paso del precariado al cognitariado (trabajadores cognitivos precarios) a menudo va acompañado de quiebres psíquicos provocados por el desfase entre los límites físicos de nuestra mente y los ritmos infinitamente más veloces del ciberespacio. 

Precisamente, también es Bifo quien en relación a la crisis del Covid-19, ha dicho que al no tratarse de una crisis financiera, no habrá suficiente con rescatar a los bancos. Es una crisis ajena al ciclo de depresión y euforia intrínseca al capitalismo tardío, y desnuda su monstruosidad. En ello, él ve una oportunidad para el cambio de paradigma socioeconómico. Por otra parte, al sistema le interesa tenernos contentos, pero nunca del todo satisfechos, pues para el capitalismo somos básicamente consumidores. De ahí también la relación con la psicopatología. 

– Los investigadores Richard Wilkinson y Kate Pickett sostienen en su obra “Igualdad. Cómo las sociedades + igualitarias mejoran el bienestar colectivo” que seremos más felices como colectivo cuando logremos superar la idea de “estatus”, el temor a la “evaluación social”, como pilares de nuestras vidas, porque disminuirán los grados de ansiedad, de estrés, que nos atenazan. Va muy en línea con lo que planteas, desde otras coordenadas, en tu ensayo.

– Claro, la competitividad extrema nos enferma de ansiedad. Incluso las universidades se han convertido en empresas, con sus técnicas de coaching y su lenguaje empresarial, que también se cuela en los despachos de los psicólogos. Las personas son, hoy por hoy, “marcas” a vender. Santiago López Petit nos dice; creo que es en su libro Hijos de la noche, que la máxima de Píndaro, “llega a ser el que eres”, ha sido apropiada como panegírico por los manuales de autoayuda. El lenguaje del marketing desvirtúa completamente la idea original de esa frase, referida para los griegos a conocerse a uno mismo y no pretender ser quien uno no es, más bien aceptar quienes somos y qué queremos.

Leyendo tu libro me he preguntado hasta qué punto será posible resistir colectivamente a todo lo que estamos viviendo, a esta crisis sanitaria y a las futuras crisis, al cambio climático, ya en puertas. 

– Quizás la pandemia nos abre los ojos acerca de lo que pasa al votar a partidos que recortan todo lo recortable, aunque también es cierto que mientras la política esté subordinada a la economía nada podrá cambiar considerablemente. 

Eva Kotátková. Obra: Dream Machine

– La depresión, junto con las enfermedades de la hiperactividad, se atenuarían en sociedades más igualitarias, en esas probables sociedades que podrían suceder al neoliberalismo…

– Sociedades más igualitarias, pero no uniformadoras. Si las necesidades básicas estuvieran cubiertas para todo el mundo, es probable que las personas fueran más felices y creativas. Si los tiempos estuvieran menos cronometrados y la inseguridad laboral no fuera motivo de angustia constante, descubriríamos tantas otras cosas que nos hacen vibrar. Aparte, los prejuicios de clase también coartan la creatividad, porque se asocia a cada extracción social unos gustos y unas formas de hacer. Por cierto, que el no hacer nada puede ser sumamente creativo. “Toda la infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saber estar sentados en una habitación sin hacer nada«, escribía Pascal. Los aforismos de Pascal van saliendo a lo largo del libro, porque su lucidez acerca del espíritu humano es totalmente aplicable a tiempos tan distintos al suyo. Escapar del tiempo productivo, “caer del tiempo”, como decía Cioran, es peligroso porque quizás no sabes regresar, y te quedas en el otro lado. La melancolía profunda lleva a eso. Redescubrir nuestra relación con el tiempo y con lo que nos hace libres podría acercarnos a una sociedad más sana. La idea de libertad ha acabado mimetizándose con la de individualismo. 

«Si las necesidades básicas estuvieran cubiertas para todo el mundo, es probable que las personas fueran más felices y creativas. Si los tiempos estuvieran menos cronometrados y la inseguridad laboral no fuera motivo de angustia constante, descubriríamos tantas otras cosas que nos hacen vibrar».

– Un aspecto muy interesante de tu estudio es la evolución del concepto de depresión a lo largo del tiempo y de qué manera se puede seguir su recorrido a través de las manifestaciones artísticas. ¿Cómo resumir brevemente el trayecto? 

Hipócrates bautizó el término, “bilis negra”, para referirse a uno de los cuatro “humores” o secreciones corporales. Los médicos griegos otorgaban “temperamentos” según la preeminencia de uno u otro humor. Aristóteles, en su Problema XXX, llamó “excepcionales” a los temperamentos melancólicos, y este viraje ennoblecedor del espíritu atribilioso (cargado de atrabilis) sería recuperado por pensadores renacentistas (Marsilio Ficino, Cornelius Agrippa…) e impregnaría muchas áreas del saber: astrología, alquimia, filosofía, ocultismo, medicina… y también las artes plásticas. Esto último es recogido en Saturno y la melancolía de Erwin Panofsky, el gran referente  para el estudio de la melancolía en el arte renacentista y medieval: un estudio sumamente erudito cuya figura estelar es Durero y su Melancolía I. Y a partir de aquí, seguimos con los neoplatónicos (con Ficino), que añadieron la influencia astral en la conformación del temperamento melancólico, siendo Saturno su planeta. De ahí que se haya adoptado el adjetivo “saturnino” como su sinónimo.

– La verdad es que el recorrido resulta apasionante…

– Sí. La asimilación del temperamento melancólico al del genio se prolongaría a lo largo del tiempo, a la vez que otras nomenclaturas irían haciendo derivar la melancolía hacia espíritus inconformistas con su época: el “ennui” romántico, el spleen”  baudelairiano… Después, en la Época Medieval, la “acedia”, prima hermana de la melancolía, era considerada pecado capital, como sinónimo de “pereza”. Dante condena a los acediosos al quinto círculo del Infierno. Pero Giorgio Agamben otorga al monje acedioso un carácter dual que me parece aplicable a la melancolía: la búsqueda infructuosa de Dios sume al eclesiástico en un letargo que no es pereza, sino una mezcla de ansiedad y hastío, por un deseo nunca satisfecho. El deseo nunca satisfecho y el hundimiento de ideales demasiado elevados, es propio del estado melancólico. 

– Resulta muy interesante comprobar cómo la vivencia de la melancolía va evolucionando con los distintos tiempos históricos.

– Claro. La época del Romanticismo y el “ennui” de sus poetas puede tener que ver con el fracaso de la Revolución Francesa, y la crisis existencial posromántica con la industrialización. El spleen de Baudelaire es indisociable de la modernización de las ciudades. Después vendría Freud y su influyente Duelo y melancolía. El término melancolía, por cierto, aunque el psicoanálisis freudiano aún lo usa, sería paulatinamente desechado por la medicina, desde que Esquirol (hacia 1820) observara que se había popularizado en el lenguaje común, reduciéndose con ello la complejidad de sus matices. “Dejemos el término a moralistas y poetas”, escribió. Aunque, Julia Kristeva, en su mítico Sol negro (1978), anota que en términos psiquiátricos la “melancolía” se define como depresión profunda e irreversible. 

– ¿Se puede hablar de tiempos y sociedades más melancólicas que otras?

– Son más melancólicas las épocas de cambios acelerados, de crisis, inseguridad, del eclipse de  antiguas certezas… El Siglo de Oro español fue melancólico declarado, usándose el “pathos” como herramienta de la Iglesia contrarreformista para forjar devotos, pero también habiendo calado hondo la melancolía en el sentir místico y en el teatro barroco. Centrándome en las épocas que más trato, la melancolía del obrero fordista, por ejemplo, estaba empañada por otro tipo de hastío que la melancolía del trabajador posfordista. El primero moría en vida ante un destino prefijado, en el segundo el vértigo estriba en no saber qué pasará mañana. Por otra parte, hay épocas en que está mejor visto ser melancólico que en otras, y de ello dan cuenta las distintas acepciones vinculadas a este estado: «depresión es un término sin encanto» decía Susan Sontag. Acedia se vinculaba en la época medieval con el pecado de la pereza, y hoy a los depresivos se les tacha de vagos e improductivos.  El “ennui” o el “spleen” eran propios de espíritus cultivados, mientras que hoy la “depresión” se ha generalizado por todas las capas sociales y llevar esa etiqueta estigmatiza. Es curioso, por ejemplo, que Georg Simmel tildaba a sus coetáneos de pesimistas de postín. Resulta que Schopenhauer se había puesto de moda entre la burguesía berlinesa y quedaba chic adoptar sus aires misántropos. Tanto la felicidad como la tristeza han sido instrumentalizados a lo largo del tiempo. Paralelamente, lo que ayer era patológico hoy no lo es, y a la inversa. 

En el ensayo dedicas un espacio a las psicopatologías endémicas del trabajador tardocapitalista.

– Sí. Por lo que decíamos de que las enfermedades del ánimo tienen sus matices de época. El síndrome del trabajador quemado o “burnout”, por ejemplo, es característico de la nuestra (estrés crónico). Incluso, la OMS lo ha incluido en la Clasificación Internacional de Enfermedades en su última revisión. Por citar otro aspecto, la multitarea, que requiere la atención múltiple, produce ansiedad y caracteres hiperactivos. Es sugerente la observación de Byung-Chul Han: el “multitasking” no es una cualidad operativa aumentada del “homo tecnologicus”, sino una regresión hacia el estado vigilante del animal en la selva, tensos como nos tiene por la atención constante que garantiza nuestra supervivencia. 

«Tanto la felicidad como la tristeza han sido instrumentalizados a lo largo del tiempo. Paralelamente, lo que ayer era patológico hoy no lo es, y a la inversa». 

– ¿De dónde partió el interés por sumergirte en los lenguajes, en los territorios de la melancolía?

– Su naturaleza multidisciplinar desde sus inicios (filosofía, medicina, mitología…) me interesa mucho, y también, la relación que desde el arte de distintas épocas se ha establecido con la melancolía. Por otra parte, toda la bibliografía que desde los años 90 (Richard Sennett, Ehrenberg… hasta Berardi y Byung-Chul Han) analiza las patologías depresivas que produce la “sociedad del rendimiento”, plantea un tipo de melancolía nada romántica. Todo esto me llevó a pensar que desde el arte contemporáneo (no sólo la plástica y las artes visuales, sino también la literatura y el cine) se podría esbozar una imaginería actualizada de la melancolía, atendiendo a viejos síntomas y nuevas causas. La melancolía no es sólo tristeza. A veces actitudes contradictorias forman parte del estado melancólico, entre la euforia y el desánimo, entre el encierro y el eterno errar… A través de la metáfora, sobre todo, he intentado sacar la melancolía y los estados depresivos del puro psiquismo, proyectándolos sobre la sociedad. 

Resultan enriquecedoras las referencias que se citan, el diálogo con artistas y creadores tan diferentes. El arte como medio para expresar los pánicos colectivos. ¿Consideras que la creación se adelanta a los acontecimientos, imagina el devenir de algún modo?

– Más que adelantarse pienso que el arte es sensible a su entorno y sabe expresarlo, a modo  de sismógrafo. 

¿Qué artistas te han ayudado, especialmente, a iluminar el camino? ¿Qué te han descubierto?

– Siendo la melancolía un cristal de múltiples facetas, artistas muy dispares me han aportado mucho. Por citar algunos, María Ruido, en su video-ensayo Estado del malestar reúne múltiples voces (ex-pacientes de salud mental, filósofos, sociólogos), e integrando imágenes de archivo compone un relato poético y crítico. Eva Kotátková visibiliza las cárceles sin paredes que nos rodean, cuyos ladrillos las conforman la competitividad enfermiza; Celeste Martínez ironiza sobre la transformación de la salud en un bien de consumo imitando sus técnicas de marketing, lo que de otro modo trata también Shana Multon cuando se encarna en la hipocondríaca Cynthia. 

Tetsuya Ishida  (1973-2005). Obra: «Soldier»

La metáfora de Josep Tornero acerca de la “desaparición de las luciérnagas” (un guiño a Pasolini y su lamento del lento apagón de las conciencias rebeldes en las generaciones televisivas) encuentra imágenes afines en María Elorza, Bernardí Roig y Paco Chanivet, en relación al narcisismo propiciado por la tecnología. Enrique Marty es el titiritero de un mundo enajenado. Jonathan Deller desentierra los fantasmas de la desindustrialización inglesa. Adrian Melis canaliza la nostalgia a través de la música (ancianas cubanas, refugiados…) La artista china Tabaimo transmite en sus video-instalaciones la sensación de irrealidad y paranoia que impregna las calles. La pintura del japonés Tetsuya Ishida es ya un icono de las vicisitudes de los “salarymen”, abandonados a su suerte a partir de los años 90. Las pinturas de Romina Bassu, desde la feminidad, muestran desajustes cotidianos, a modo de gags, de estados de ánimo extremos. La videoartista Ana Esteve Reig expresa la evasión hedonista de una adolescencia desencantada, la anhedonia, la búsqueda infructuosa del placer…

«La ARTISTA Eva Kotátková visibiliza las cárceles sin paredes que nos rodean, cuyos ladrillos las conforman la competitividad enfermiza Y Celeste Martínez ironiza sobre la salud como bien de consumo imitando sus técnicas de marketing».

– También hay aportaciones importantes desde los ámbitos del cine, la literatura, la filosofía…

– En efecto. En el cine me centro en la filmografía de Paolo Sorrentino y en películas como Her de Spike Jonze, y el Joker de Todd Phillips. En un momento u otro salen a colación, como también La felicidad, de Agnés Varda, y los documentales La teoría sueca del amor, de Erik Gandini y Monas como Becky, de Joaquim Jordà. En literatura y filosofía, destaco a Roland Barthes y su diario de duelo; el París alucinado por Baudelaire (bajo el prisma de Walter Benjamin); Sloterdijk y su comparación entre el cinismo griego y la melancolía cínica contemporánea; Spinoza y su rechazo de las pasiones tristes; Kierkegaard

– La psicología positiva se ha intentado imponer en los últimos tiempos. Muchas publicaciones y reportajes en los medios nos han animado a ser positivos ante todo lo que nos acontece, a ser responsables de nuestra felicidad. Como si pudiésemos eludir todo tipo de angustia con la práctica de la positividad. En tu ensayo ese tipo de pensamiento se desenmascara.

William Davies ha estudiado los esfuerzos llevados a cabo en cada campo (neurociencia, dispositivos tecnológicos, psicología positiva…) para incrementar los pensamientos positivos, bloqueando los negativos. Y nos recuerda que fue la doctrina utilitarista de Jeremy Bentham (s.XVIII), con su lema “la mayor felicidad para el mayor número de personas”, quien fijó la ecuación “a mayor bienestar individual mayor beneficio”, es decir, placer equivale a progreso. Toda la jerga actual del mindfulness, así como la investigación sobre sensores y medidores del bienestar del consumidor, heredan del utilitarismo el manejo de la felicidad como un estado de ánimo rentable. Sarah Ahmed también ha estudiado a fondo el tema, y concluye que la psicología positiva y la mercadotecnia, en torno a la que gira la autoayuda, actúan como técnicas disciplinarias, imponiendo modelos idóneos de felicidad con un claro sesgo racista, sexista y clasista. 

¿Hay que huir del exceso de fármacos, abandonar las “píldoras de todos los colores”, y volver a colocar en su lugar el sufrimiento, el duelo, para entender el verdadero significado de la vida, de la alegría de vivir? 

– Más bien, no hay que dejarse embaucar si no los necesitas. En casos de depresión clínica, los antidepresivos salvan vidas, o al menos, mejoran la calidad de las mismas. Pero cuántas personas conocemos que toman o han tomado antidepresivos por un bajón pasajero…, dejándose influenciar por la publicidad y, sobre todo, porque los departamentos de salud emiten recetas sin molestarse en derivar los casos a especialistas. Y lo que ocurre entonces es que los bajones se hacen crónicos, porque no se atiende a las causas. La literatura médica más comprometida lleva unos años denunciando las alianzas entre los medios de comunicación y las compañías farmacéuticas en lo que se ha dado en llamar «disease mongering» (promoción de enfermedades inexistentes y el tratamiento farmacológico de dolencias inocuas). 

– Te refieres a “la muerte del afecto” como un síntoma aterrador de nuestra época. ¿Crees que los cuidados, los afectos, los encuentros, marcarán el camino después de la pandemia de 2020 o nos aislaremos más, nos volveremos más desconfiados? ¿Muros o puentes?

Es cierto que el individualismo creciente, el desplazamiento de la vida al ciberespacio y la consiguiente desertización de las calles como espacio de socialización… han intervenido en el incremento del desafecto y la pérdida de empatía. En cuanto a la segunda parte de la pregunta: todo puede ser, porque por una parte la virtualización de la vida y el distanciamiento se habrán asentado más, pero por otra parte se han puesto en evidencia los desgarros del tejido social, el abandono en que están muchas residencias de ancianos… Han nacido muchas iniciativas de ayuda vecinal, y paralelamente han proliferado los “chivatos” anónimos. 

«el individualismo creciente, el desplazamiento de la vida al ciberespacio y la consiguiente desertización de las calles como espacio de socialización… han intervenido en el incremento del desafecto y la pérdida de empatía».

– Frente a los psicólogos positivistas, apuntas a los apologetas del pesimismo. Recurrimos a la ciencia-ficción para imaginar distopías, mundos apocalípticos, pero ya estamos en ellos. Algunas de las corrientes de pensamiento a las que aludes dan un poco de pánico, pero, por otro lado, la realidad parece estar superándolo todo.

– Sí. Supongo que te refieres a algunas corrientes transhumanistas que cito, a figuras como David Pearce, quien confía en que en un futuro la ingeniería genética permitirá reeditar el ADN eliminando los genes tristes: «los sentimientos negativos serán un anacronismo siniestro en la era de la medicina postgenómica«. O a su colega Nick Bostrom y su propuesta de implantar chips a toda la población para prevenir crímenes de lesa humanidad. Naomi Klein, en su obra La doctrina del shock, y Giorgio Agamben (Homo Sacer II) coinciden en analizar estados de excepción como el que estamos viviendo como momentos idóneos para instaurar a la fuerza modelos que vienen para quedarse. Esta vez, muchos temen el endurecimiento del sistema policial, físico y, sobre todo, digital.  

– La metáfora de las jaulas, los confinamientos modernos ante el ordenador, están muy presentes en el ensayo. Vuelvo al comienzo… Todo esto se ha acentuado con la pandemia. Y por otra parte, los ciudadanos del siglo XXI, seres hiperactivos, en continuo movimiento, se han visto obligados a parar… ¿Cómo encaja todo esto? ¿Cómo lo ves?

– La metáfora de las jaulas, no sólo por el confinamiento ante el ordenador, sino porque se ha ido interiorizando la vigilancia, se manifiesta en lo que Gilles Deleuze avanzó como el tránsito de una sociedad disciplinaria a una “sociedad de control”, en la que los módulos clásicos (familia, oficina, escuela…) se hacían flexibles. El teletrabajo impuesto con la pandemia acentúa esa porosidad entre espacio doméstico y oficina, entre ser madre y trabajadora. La escuela también se ha licuado y entra en los hogares. La hiperactividad no sé si va a menguar, quizás cuando salgamos sabremos adoptar ritmos menos estresantes, pero lo que se avecina va a ser duro para mucha gente.

Atrapados por Saturno. Imaginarios recientes de la melancolía, de Anna Adell, ha sido publicado por Casimiro Libros. La obra que ilustra la portada, Effetto collaterale, 2018, es de la artista italiana Romina Bassu

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