Emilio Lledó: palabras, búsquedas y diálogos de un humanista

Emma Rodríguez © 2020 / FOTOGRAFÍAS © NACHO GOBERNA

Este texto es el prólogo a la antología «Emilio Lledó: En torno al Bienser», que he preparado, tanto la introducción como la selección de los textos, a petición del Centro Andaluz de las Letras. Ha sido editada por la Consejería de Cultura y Patrimonio de la Junta de Andalucía, con motivo de la elección de Emilio Lledó como Autor Andaluz 2020.

La primera pregunta que me planteo al abordar este acercamiento a la figura y a la obra de Emilio Lledó es por qué interesa tanto su discurso, su palabra, a la gente de a pie. Por propia experiencia sé lo mucho que atraen sus entrevistas, sus intervenciones. En un presente lleno de espesuras, las claridades de Lledó parecen abrir senderos, caminos que habíamos dejado de transitar, surcos en el tiempo que nos devuelven al lenguaje de lo verdadero, de lo que realmente importa.

En un presente en el que los principios de utilidad, beneficio y productividad parecen haberse apoderado de todo, nos sorprende escuchar a alguien que nos habla de la importancia del diálogo, del paseo, de la lectura, de la belleza. En sociedades cada vez más desiguales y amuralladas, nos conforta la firme defensa de la equidad y de los puentes. En un ahora revestido de superficialidad, en el que se imponen las prisas de la información de usar y tirar –el paso de una noticia a otra, de una imagen a otra, sin apenas pausa–, sentimos admiración por quien nos recuerda las lecciones de los clásicos, la importancia del cultivo de la memoria. Aturdidos por los ruidos y por la fugacidad de las cosas, faltos de silencios, de contemplación, de amabilidad, agradecemos la presencia de hombres y mujeres que nos ayudan a recuperar el aliento, el centro, lo esencial.

Ahí nos encontramos a Emilio Lledó, por todo eso disfrutamos de su presencia, de su cercanía. No deja de maravillarme el efecto que provoca este hombre discreto, alejado de focos mediáticos y círculos de influencia, cuando se sube a una tribuna; cuando accede a responder a las preguntas de los medios, cuando abre diálogos con sus lectores a través de los libros. Con su mirada, siempre inquieta, con su curiosidad constante, Lledó nos impulsa a no adormecernos, a no rendirnos, a ir más allá de los lugares comunes, de las frases hechas; a no sentir complejos de ningún tipo a la hora de utilizar el lenguaje de la honestidad.

En el recorrido de su obra, en sus búsquedas y reflexiones compartidas, Lledó nos dirige a los principios del humanismo, nos hace tomar conciencia de «la utilidad de lo inútil», expresión que da título a un manifiesto del profesor y ensayista italiano Nuccio Ordine, quien se sitúa en la misma órbita que nuestro protagonista, en la estela –por suerte ancha, extendida– de los defensores a ultranza de la filosofía, de la literatura, de las artes, de todos los saberes que escapan a la lógica del beneficio, sin tener en cuenta que el verdadero enriquecimiento como personas está en otra parte, en el conocimiento, en la dignidad.

Fotografía por Nacho Goberna

Hoy que la tecnología nos permite, como nunca, el acceso a todo tipo de informaciones; hoy, que parece que lo tenemos todo al alcance de la mano, a la simple distancia de un clic, nos sentimos huérfanos de valores, de inspiraciones, de referencias que nos proporcionen respuestas desinteresadas, asideros a los que sujetarnos. Necesitamos faros que nos orienten en medio de la perplejidad y la velocidad. Buscamos llamas encendidas en este camino a ciegas entre la espesura, ante la imparable avalancha de negaciones y mentiras en que estamos inmersos.

El planeta pide a gritos un nuevo rumbo. Y no valen negaciones ni tiempos de descuento. Se requieren acciones y se requieren cambios en todas las áreas, en la economía, en la política y en la organización de sociedades más igualitarias, más colaborativas, solidarias, empáticas, atentas a los cuidados, lo que requiere transformaciones a nivel interior. Es aquí donde Emilio Lledó nos muestra el camino del bienser, término de su propia cosecha, que contrapone al bienestar. Entre los dones de Lledó está el de sembrar palabras, inventarlas, refrescarlas, jugar con sus sentidos…

«Para ser felices hay que partir del bienestar, hay que estar bien y para estar bien hay que tener una vivienda, no pasar hambre, tener solucionada la vida del cuerpo, que es lo que realmente somos. Pero después hay que aspirar al bienser, una palabra que no se utiliza, que nos vamos a inventar. El bienser se educa desde la libertad y la libertad se educa desde el diálogo, desde la apertura del diálogo con los otros y sobre todo con los libros», me decía Emilio Lledó en una entrevista que tuve la oportunidad –la suerte– de hacerle y que me ha permitido constatar, por lo mucho que se ha comentado y compartido, hasta qué punto su palabra interesa y se convierte para gran número de lectores en nutriente.

El bienser, o bien vivir, del que nos habla el filósofo, me remite a una obra absolutamente vigente, ¿Ser o estar?, de Erich Fromm, otro aliado en la reivindicación del humanismo. Frente al espíritu de las sociedades modernas, centradas en la propiedad y la codicia, enjauladas en el «estar», el «modo de ser», argumentaba Fromm, «tiene como requisitos previos la independencia, la libertad y la presencia de la razón crítica. Su característica fundamental es estar activo, y no en el sentido de una actividad exterior, de estar ocupado, sino de una actividad interior, el uso productivo de nuestras facultades, el talento, y la riqueza de los dones que tienen (aunque en varios grados) todos los seres humanos. Esto significa renovarse, crecer, fluir, amar, trascender la prisión del ego aislado, estar activamente interesado…»

Me permito la licencia de sugerir, de imaginar, aquí, este diálogo de Lledó con Fromm. Un diálogo entre los muchos que me permitiré ir abriendo a lo largo de este texto con distintos pensadores que participan de las búsquedas de nuestro autor; porque estamos ante una obra altamente inspiradora, extensa, fructífera, ante un río de pensamiento que parte del caudal de los grandes pensadores griegos y se bifurca por múltiples afluentes. En los artículos seleccionados para esta antología, pertenecientes a distintas publicaciones, el bienser se hace presente en cada línea, sin necesidad de ser mencionado. La verdad, el bien, la belleza, el corazón de las humanidades, asoman una y otra vez. Todo el trayecto de Emilio Lledó está atravesado de coherencia, de lucidez. En sus escritos nos encontramos a un ser en cuya vida ha tendido al ideal fijado por los griegos de lo que debe ser «un hombre decente». Aquel «que se considera amigo de sí mismo porque puede mirar, sin avergonzarse, en su mismidad, y encuentra en ella el limpio reflejo de las otras mismidades con las que amistarse», escribe en uno de los textos contenidos en el volumen Los libros y la libertad.

«Probablemente en mi trayectoria hay cosas de las que podría arrepentirme, pero en conjunto me siento orgulloso de lo que he hecho, de las decisiones que he tomado. Si yo, a pesar de todo, me puedo sentir un hombre feliz, es porque, aunque pueda haber cometido errores a lo largo de mi vida, cómo no, siento que soy aquel que con 22 años cogió su maletita de cartón y se marchó a Alemania. Me parece que sigo siendo el mismo y ese hilo de coherencia me da felicidad. Puedo haberme equivocado algunas veces, pero no me avergüenzo, estoy orgulloso de mi trayecto…», vuelvo a la conversación anteriormente mencionada.

Emilio Lledó y Emma Rodríguez conversando en la casa del filósofo en Madrid. Fotografía por Nacho Goberna

Llegados a este punto, es el momento de repasar, a grandes rasgos, algunas de las claves de la biografía de Emilio Lledó; algunos momentos y encuentros que han marcado su modo de ser, de mirar, de estar en el mundo. Nació en Sevilla en 1927. Sus padres eran originarios del pueblecito de Salteras y allí le mandaban los duros veranos de la posguerra para salvarle del hambre de Madrid. Es para él una vivencia imborrable, del mismo modo que la vez que su progenitor, un militar republicano, destinado en el Regimiento de Artillería Ligera de Vicálvaro, localidad en la que vivía toda la familia, le llevó con él a Madrid. «Ese día yo vi muertos en la Gran Vía. Sonaron las sirenas y me refugié en un portal, pero al salir me di cuenta del espanto, de toda aquella gente que no tuvo tiempo de protegerse», suele rememorar.

Ese niño tuvo la suerte de encontrarse, en los decisivos años de formación, con un maestro de las Misiones Pedagógicas de la República, al que siempre estará eternamente agradecido, don Francisco. Fue él quien logró que, pese al horror de la Guerra civil, del clima de angustia, miedo y peligro que lo atravesaba todo, fuese posible encontrar un lugar para la felicidad, un refugio paralelo de historias, de libros, donde la lectura del «Quijote» fue crucial.

Señala Lledó que nunca ha olvidado una frase que utilizaba mucho don Francisco, «sugerencias de lectura». «Era una frase que abría nuestras mentes», recuerda. Seguramente ahí está el germen de la curiosidad, de la permanente inquietud, del vuelo de pensamiento de nuestro hombre. «El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente; mis primeras patrias fueron los libros», dejó escrito Marguerite Yourcenar. «El libro es, sobre todo, un recipiente donde reposa el tiempo. Una prodigiosa trampa con la que la inteligencia y la sensibilidad humana vencieron a esa condición efímera, fluyente, que llevaba la experiencia del vivir hacia la nada del olvido», ha escrito el filósofo.

En el texto que abre esta antología, El Séneca de María Zambrano, asistimos a otra de las edades de Emilio Lledó, la del joven que necesita nuevos horizontes y decide marcharse a Alemania, concretamente a Heidelberg, en 1953, «recién cumplidas las dos licenciaturas, la del ejército y la de la universidad». Evoca el autor sus sensaciones de entonces, el ahogo que experimentó en «el desierto que era la Facultad de Filosofía y Letras de la universidad de Madrid», dentro del gran yermo que había sido «la ciudad entera» donde había vivido como niño, «en plena guerra, y que conservaba las huellas de sus destrucciones, no solo en los edificios, sino en las conciencias».

En esa etapa descubrió Lledó a Zambrano, en el extenso prólogo que ésta escribiera para un volumen recopilatorio de textos de Séneca. «Este libro me acompañó en el largo viaje en tren hasta la ciudad del Neckar, y aunque perdí esa edición, lo llevo unido al nombre de sus dos autores, Séneca y María Zambrano, y a una cierta forma de exilio. En unas condiciones muy distintas, claro está, de las de nuestros compatriotas de 1939, porque los poquísimos universitarios que en la década de 1950 podíamos escaparnos de España éramos, a pesar de tantos pesares, unos privilegiados. Iba a decir que nadie nos forzaba a irnos, pero en las huidas, en los exilios, no basta con que alguien te eche, te amenace, si te quedas. Hay formas más sutiles de escapadas y destierros cuando piensas que aquel país cuya lengua hablas y que consideras tu patria, ni tiene apenas que ver contigo…».

La memoria y el tiempo son un motivo constante en la obra de Emilio Lledó. Una obra que nace de la lectura, de la indagación, del diálogo con otros pensadores, y también del devenir de la propia biografía. Todo ello da lugar a un territorio original, propio, donde el lenguaje cristalino, abre cauces de entendimiento. En los libros de Emilio Lledó encontramos al estudioso, al filósofo y al filólogo, pero también al profesor y al hombre decente al que ya he aludido.

El joven que se fue a Alemania, con la carrera acabada y con el dinero que había ahorrado dando clases particulares, apenas entendía el alemán, pero su tesón le llevó a conseguir una beca y a prolongar sus estudios en la Universidad de Heidelberg. Alemania fue para él un soplo de aire fresco, un espacio de libertad que marcó para siempre su defensa de la educación alejada del asignaturismo, de los exámenes continuados; su convencimiento de que la mejor enseñanza es la pública. En Alemania vivió la que considera su etapa más feliz, junto a Montse, su gran amor, su compañera de camino. A la vuelta a España, en 1962, se abrió para ambos una etapa dedicada a la enseñanza, ella como catedrática de alemán; él de filosofía.

Fotografía por Nacho Goberna

Valladolid, Tenerife y Barcelona, ciudades en las que ha sido docente, están muy unidas a la biografía de Lledó. En todos esos lugares hay alumnos que recuerdan al sabio profesor. Para encontrar a Emilio Lledó debemos abrir las páginas de sus libros. Si queréis pasear por Alemania a su lado, os recomiendo leer, en las siguientes páginas, El puente de Swinemünde, un texto cercano a la recreación literaria, que narra una experiencia acaecida a finales de 1988, cuando volvió a Berlín invitado por el Instituto de Estudios Avanzados. La visita a un puente cegado por el Muro, por la división, por la diferencia, le lleva a reflexionar sobre la necesidad de tender diálogos, cauces de acercamiento a través del lenguaje, de la comunicación.

«Sabemos del muro, de todos los muros, pero lo que realmente nos alienta es la posibilidad de levantar puentes, de abrir sendas que unen, levantar arcos que sostienen y afirman. Porque ese espacio que ensambla orillas y desniveles es una muestra de solidaridad; es fruto de un pensamiento que camina y progresa. Los griegos llamaron método (Méthodos) a esa forma de organizar los conocimientos y hacerlos avanzar. Pero método tuvo, sobre todo, por su misma etimología (metá-hodós), el sentido de estar en camino, de abrir camino, ser camino», leemos a Emilio Lledó, nos impregnamos de su mirada.

Si algo define su obra filosófica es la necesidad de pisar el presente, de estar al tanto de lo que pasa en la calle. Le gusta a Lledó observar, escuchar, asomarse a las noticias de cada día, identificar las perversiones del lenguaje, los engañosos y trillados vocablos que se utilizan con frecuencia, los lugares comunes a los que recurren una y otra vez los políticos. En un encuentro reciente, se sorprendía de la cantidad de veces que había escuchado últimamente expresiones como «poner en valor» o «poner sobre la mesa». «Son tantas las cosas, los temas, que tienen que poner sobre la mesa, que la van a hundir con tanto peso», comentaba.

Así es Emilio Lledó. Aunque su capacidad para profundizar en los temas que le preocupan, para levantar los pies de la tierra y conducirnos a elevados planos de sentido, es prodigiosa, no estamos ante un intelectual perdido en abstracciones, alejado de los problemas, de las contradicciones de su tiempo. Todo lo contrario. Basta con sumergirse en alguno de sus textos para comprobar su innata capacidad para abrir interrogantes, para hacernos ver, insisto, significados ocultos, disimulados tras la hojarasca y la urgencia informativa. El suyo es un recorrido que no pasa de puntillas sobre los conflictos, que se pronuncia y alza la voz frente a la corrupción, la mentira, los excesos, la indecencia. La selección de textos que sigue a continuación nos permite aproximarnos a muchas de sus observaciones y preocupaciones.

Como ejemplo de su ejercicio crítico, sirva este fragmento de Pandemia y otras plagas, incluído en el volumen Fidelidad a Grecia, donde expone: «Me permitiré aludir a algunas plagas sociales que se hacen crónicas en nuestra sociedad, y ante las que los ciudadanos están impotentes y, en el peor de los casos, inconscientes. Estas plagas contradicen los ideales de cualquier sociedad saludable, deteriorando los cerebros y los comportamientos. Tal vez la más importante sea la corrupción política, fruto de una corrupción de la mente, de la consciencia, de la sensibilidad, y del compadreo para de- fender los intereses, casi siempre oligárquicos, de ciertas degeneraciones en la partitocracia. Eso supone no sólo la impunidad de la desvergüenza sino, lo que es más grave, el deterioro y podredumbre del propio cerebro, de la propia personalidad».

En un presente donde se nos quiere convencer de que todo depende del cristal con que se mire, donde cada vez están más diluidas las fronteras entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira, Emilio Lledó transmite autenticidad y fortaleza. Una fortaleza en convicciones que arrancan de muy atrás, de la enseñanza de los clásicos. «Desde joven, Lledó se había sumergido en Platón, Aristóteles o Epicuro –también en Homero y Hesíodo– para hablar por sí mismo del impulso hacia lo mejor, de la libertad para elegir o decidir pensadamente, para ensanchar el mundo y estimular la vida social. En ese buscarse a sí mismo al hilo de los antiguos coteja ideas dispares, que tienen su réplica en las «otras letras» decisivas: las del racionalismo, las de Kant, el idealismo alemán y Marx, las del existencialismo novecentista; y sin olvidar a algunos escritores modernos, pues moderno es el autor, y muy del siglo XXI. Todos ellos –con otras literaturas clásicas, la latina y la española– le han permitido construir un ser propio, adueñarse de una lengua y un espacio mental personales, lejos de patrias siempre ficticias y sospechosas», argumenta el autor Mauricio Jalón en el prólogo de Fidelidad a Grecia.

Fotografía por Nacho Goberna

El cultivo del criterio propio es clave en el pensamiento de Emilio Lledó. No hay nada más pernicioso que los «grumos pringosos» que la mala educación introduce en los cerebros y que impiden el pensamiento libre, el desarrollo del espíritu racional y creador. Sólo desde el apuntalamiento de las propias opiniones, de la propia manera de pensar, es posible hacer frente a las presiones, a la uniformidad de las ideas, a la manipulación a la que nos someten gobiernos y medios de comunicación, en gran proporción faltos de ética y de independencia. Lledó es consciente de lo sencillo que resulta mover los flujos de opinión hacia posiciones interesadas. Observa como la xenofobia y peligrosas corrientes retrógradas campan a sus anchas en pleno siglo XXI y no deja de alertarnos sobre la «agresividad a que conduce la falta de comprensión». Por todo ello, nos invita a poner en práctica una saludable disidencia.

Una cierta rebeldía hacia la sumisión y el conformismo que nos impone el entorno, en cuyo ejercicio nos ayuda, indudablemente, la cultura. «La lectura, los libros son el más asombroso principio de libertad y fraternidad. Un horizonte de alegría, de luz reflejada y escudriñadora, nos deja presentir la salvación, la ilustración, frente al trivial espacio de lo ya sabido (…) en las letras de la literatura entra en nosotros un mundo que, sin su compañía, jamás habríamos llegado a descubrir. Uno de los prodigios más asombrosos de la vida humana, de la vida de la cultura, lo constituye esa posibilidad de vivir otros mundos, de sentir otros sentimientos, de pensar otros pensares…», leemos en Necesidad de la literatura, uno de los textos que conforman Elogio de la infelicidad.

Su defensa de la educación pública, en igualdad, como ideal de democracia, ha sido siempre rotunda. «Estoy convencido de que algunos de los grandes países europeos deben su indudable supremacía científica y cultural a la ayuda prestada a la enseñanza pública, que ocupa el nivel más importante de todo el sistema educativo. El permitir que el poder económico pueda determinar la calidad de la enseñanza o, lo que es más sarcástico, que el Estado subvencione con dinero público ciertos intereses ideológicos de una buena parte de colegios más o menos elitistas, parece, en principio, no sólo una aberración pedagógica sino una clamorosa injusticia», señala en uno de los textos incluidos en Sobre la Educación.

La educación, la importancia de la educación, acaba apareciendo siempre en el discurso de Emilio Lledó. “En nuestro tiempo, las posibilidades de comunicación son múltiples, como lo son eso que suele llamarse «medios»: canales, cauces, surcos, ríos de palabras por los que se transmiten valores, opiniones, mensajes. Pero lo importante no son los «medios», sino las fuentes, los orígenes, los manantiales de los que brota todo lo que esos medios «mediatizan». Y, por ello, es fundamental la educación en libertad de nuestra mente y la fluidez, sin atascos, en el río del pensamiento…», argumenta en un texto inédito, Verdad, bien, belleza, el corazón de las Humanidades, que incluimos en esta antología y que le sirvió de base para el discurso de recepción del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2015.

Se trata de un escrito que resume muchas de las claves del pensamiento de Emilio Lledó, de su defensa a ultranza de «ese cielo ideal de las Humanidades», que está tan «lleno de nubarrones violentos» en la actualidad. «Basta abrir los periódicos o escuchar las noticias», nos dice el filósofo, para observar esa «oscuridad» y «pensar si el ideal de las humanidades no se nos ha deteriorado y si, a pesar de los indudables progresos reales, el género humano no ha logrado superar la ignorancia y su inevitable compañía, la violencia, la crueldad», seguimos sus reflexiones, que desembocan en ese recurso tan habitual en él de pararse en una expresión para escudriñar su sentido. «El género humano, esa trivializada expresión, convertida en un «desgénero humano», en una degeneración».

El impulso hacia lo mejor, hacia el bienser, define, en efecto, el trayecto vital y profesional de Emilio Lledó. El filósofo sigue abriendo la puerta de los grandes pensadores griegos y nos invita a entrar en el territorio de las Humanidades. Como señala el pensador Rob Riemen en su ensayo Para combatir esta era, hoy que la ultraderecha vuelve a agitar las banderas de la xenofobia, es urgente recuperar el pensamiento humanista. Palabras como «democracia, libertad y civilización» deben recobrar su auténtico sentido ahora que tanto impera «el refinado arte de la mentira y el torcimiento del significado de las palabras, lo cual es parte de la naturaleza del fascismo», indica el pensador.

Con Riemen dialoga Lledó. Sus textos son un llamamiento a la verdad, a la tolerancia, al cultivo de la memoria, sin la cual todo se pierde en un espacio vacío, sin esperanza, sin consuelo. Frente a la premura de la actualidad, hay que recurrir a la memoria. «Pero, ¿qué somos nosotros sin memoria?», se cuestiona otro filósofo, Josep Maria Esquirol en su obra La resistencia íntima. «La memoria no es memoria del tiempo pasado, sino ampliación y enriquecimiento del presente. Sólo a causa de la memoria el tiempo pasado no está acabado y el presente (lo que nos es presente) no se reduce y pervierte en la actualidad (…) estar pendiente de la actualidad es evasión, abstracción, huida (…) La actualidad no tiene grosor, es plana; plena, pero plana. Y corta. Llena de datos, de información; pero no información del mundo, sino del mundo hecho información», le leemos.

«Somos memoria», insiste Lledó, que establece una clara corriente de afinidad con Esquirol. Acudamos a sus palabras, a lo que nos dice en el profundo y hermoso texto Los jardines de Adonis, contenido en su libro El surco del tiempo. «La memoria surgida, pues, como receptáculo en el que el tiempo se demora, abre así la puerta al futuro. Y esta apertura es, precisamente, el comienzo de una cierta forma de determinación. Aunque nunca tan condicionada como la semilla que sólo produce su fruto, la palabra y la memoria que engendra tiene también un cierto núcleo fijo, una coherencia interior que obliga a que nuestros actos del presente que recuerda no se constituyan sobre la presión de la inmediata y premiosa temporalidad, de la que somos fuente y origen».

Fotografía por Nacho Goberna

Lledó nos alienta a ejercitar la memoria y también a ir «más allá de la pequeñez de nuestras pequeñas vidas y buscar un poco de felicidad». Despojemos a la palabra de su carga publicitaria, mediática, comercial. Asociémosla con la alegría, con la amistad, con la empatía, porque ahí es donde nos encontraremos con Lledó. La auténtica felicidad la identificaremos en el gusto por repetir actos dignos, bellos, de los que no avergonzarnos, como sostiene otro filósofo, Arash Arjomandi en su ensayo Gozar la vida por medio de actos bellos.

El tema de la felicidad ha interesado a Emilio Lledó y es permanente en su recorrido. «La felicidad es una cierta energía (…) el ser feliz radica en vivir y actuar, y la actividad del hombre bueno es por sí misma buena, o sea, capaz de enhebrar a nuestro prójimo en nuestra propia vida…», nos dice en el texto La felicidad como energía, haciendo suyas las enseñanzas aristotélicas contenidas en la Ética Nicomáquea, uno de los libros de cabecera de nuestro protagonista.

En este trecho del camino Lledó se encuentra también con Epicuro, con su idea de la vida placentera enlazada a la amistad, «que sobrevuela el mundo entero convocándonos a todos para que despertemos en la felicidad». En sus escritos Lledó nos habla asimismo de «la felicidad del saber», un principio que ha colmado toda su vida y que le ha procurado infinidad de diálogos, diálogos con todos los autores que le aguardan en los libros queridos que llenan sus estanterías y que, como suele decir, le regañan cuando lleva mucho tiempo sin acudir a ellos. Esos libros, esos compañeros, le salvan en
las horas de la melancolía, de la misma manera que él nos salva, ayudándonos a encontrar espacios de resistencia frente a las presiones y nubarrones de la realidad.

«Mientras el lenguaje continúe marcando la pauta, mientras podamos seguir hablando los unos con los otros, hay esperanza para la civilidad y la búsqueda de la verdad», escuchamos las palabras de George Steiner, a quien responde Lledó, desde las páginas de su ensayo Filosofía hoy: «Todavía el pensamiento y el hacer humano no se han ofuscado completamente. Todavía creemos en la libertad de pensar, condición previa para la libertad del poder decir, del expresar. Podemos escapar así del cerco social con que los medios y la política de los profesionales del engaño pretenden someter a la vida colectiva».

A Emilio Lledó hemos de buscarlo en sus libros, recipientes donde reposa el tiempo. Es lo que pretende esta antología, ser una pequeña tentación, una puerta de acceso a las maneras de interpretar el mundo de nuestro protagonista, a sus ritmos, a sus tonos. Una sugerencia de lectura, como decía don Francisco, su maestro. Un estímulo, en fin, para seguir descubriendo una obra altamente inspiradora; para, desde ella, seguir ampliando el diálogo de las humanidades y hallar un espacio más libre, solidario, creativo, el espacio del bienser.

NOTA FINAL: Para mí ha sido un enorme placer preparar esta Antología, este recorrido por una obra tan inspiradora como la de Emilio Lledó, a quien tanto tiempo llevo leyendo y admirando. Todo mi agradecimiento a él, por su paciencia y cercanía; a Eva Díaz Pérez, directora del Centro Andaluz de las Letras, institución que ha coordinado la publicación; a María Isabel García Ramírez, por su trabajo cuidadoso en la edición, y también a Antonia Osorno y Cipriano Játiva, cómplices en el camino.

DESCARGA GRATUITA DEL LIBRO: Pulsando en la portada del libro, podéis visitar la página web del Centro Andaluz de las Letras donde se puede acceder de forma gratuita a la lectura íntegra, o descarga en formato PDF si se prefiere, de la antología titulada Emilio Lledó. En torno al bienser, realizada por Emma Rodríguez.

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