Retos y horizontes del mañana (¿cómo construir sociedades mejores?)

Richard Wilkinson y Kate Pickett, hacia las sociedades de la Igualdad

Los investigadores Richard Wilkinson y Kate Pickett (Reino Unido, 1943, 1965, respectivamente) son los autores de Igualdad, un ensayo subtítulado Cómo las sociedades + igualitarias mejoran el bienestar colectivo. Ambos, referencias en el ámbito de la economía, la medicina y las ciencias sociales, promotores de la organización Equality Trust, dedicada a la comprensión pública de los efectos de la desigualdad, han elaborado un clarificador y exhaustivo análisis donde se parte de datos y estudios recientes sobre el tema. Estamos ante una obra de cariz científico y divulgativo, que dialoga con la de Bruno Latour, ya que  ambas se complementan y contribuyen a proporcionarnos un mapa bastante completo del momento en el que nos encontramos, de la conexión indiscutible entre unos fenómenos y otros.

Richard Wilkinson y Kate Pickett

Estamos ante una entrega que continúa y completa las búsquedas y logros de un título anterior, Desigualdad, donde, como se indica en el texto introductorio firmado por el sociólogo español, experto en estudios de la pobreza, Pau Marí-Klose, se ofrecía “un catálogo inacabable de escenarios sociales indeseables asociados a la desigualdad” y se demostraba que “en las sociedades con brechas de ingresos más grandes entre ricos y pobres, la salud general de la población se resiente”. Los autores trazan un recorrido que actúa como un espejo en el que reflejarnos, desmontando la estupidez de muchas de las tesis y erróneos valores sobre los que se apuntala el modo de vida en las sociedades del capitalismo. Como nos dicen, “una mayor igualdad no solo contribuye al bienestar de poblaciones enteras, sino que allana el camino de la sostenibilidad, atenuando el impacto ambiental sobre dichas poblaciones”.

Wilkinson y Pickett van, paso a paso, identificando problemas y falsas creencias, dando interesantísimas vueltas de tuerca, ofreciendo argumentos que desmienten muchas verdades asumidas, por ejemplo la idea de que el crecimiento económico y el bienestar van de la mano. Nos dicen, basándose en “un amplio y creciente conjunto de pruebas”, que  cuando las sociedades alcanzan determinados niveles de prosperidad, como sucede en los países del Primer Mundo, “el crecimiento ha concluido en gran medida su trabajo”; que “los índices de calidad de vida demuestran que el aumento del nivel de vida medio en los países ricos ya no mejora el bienestar”. Y, esta constatación, que no solemos ver reflejada en los medios, supone un punto de inflexión importante para el desarrollo humano, porque a lo largo de la historia de la humanidad, “más” siempre ha significado “mejor”. Es pues el momento, y aquí se alinean los autores con Bruno Latour y con tantos economistas y filósofos que apuestan por el decrecimiento, de optar por poner límites al crecimiento.

“Una mayor igualdad no solo contribuye al bienestar de poblaciones enteras, sino que allana el camino de la sostenibilidad, atenuando el impacto ambiental sobre dichas poblaciones”, demuestran los investigadores Richard Wilkinson y Kate Pickett.

Es imprescindible para avanzar por el buen camino, en este tiempo de mutación ecológica, cuando los recursos escasean y la producción frenética, acelerada, nos conduce a la catástrofe planetaria; pero también lo es por motivos de salud. “Una vez satisfechas las necesidades más básicas, el aumento de ingresos solo produce rendimientos decrecientes (…) Cuanto más tenemos de partida, menos influye en nuestro bienestar el incremento del consumo. Es decir, que podemos incluso cansarnos de las cosas buenas”, señalan los investigadores, quienes nos conducen a un concepto esencial para entender nuestra perniciosa forma de vivir y de relacionarnos, la competición por el estatus, una práctica que “sigue impulsando a todo el mundo a ambicionar mayores ingresos , aunque eso ya no contribuya al bienestar de la población en su conjunto y produzca un daño grave al medio ambiente”.

Frente a quienes sostienen que reducir el crecimiento perjudicaría a la innovación y el avance de la tecnología, nuestros autores indican que esta debería estar al servicio de un objetivo urgente: desarrollar modos de vida más limpios y eficientes en el uso de los recursos. “Más que aumentar la economía lo que necesitamos es aumentar el bienestar sostenible. Y, como la continua innovación incrementa la productividad, debemos emplearla para aumentar el tiempo de ocio en lugar del consumo”, argumentan, abriendo el camino a un nuevo tipo de sociedades en las que disfrutemos del auténtico bienestar, basado en “ese tiempo de ocio liberado de las imposiciones de la necesidad y compartido con los amigos, la familia y la comunidad, o dedicado a hacer aquello con lo que disfrutamos”.

Una de las ilustraciones que forman parte del libro

Llegados a este punto, me permito hacer un inciso, una reflexión que parte de mi propia experiencia. Acostumbro a debatir sobre este tipo de temas con gente cercana y suelo encontrarme con el escepticismo y la resignación como principales respuestas, con el convencimiento de que nada de esto es posible, de que no hay forma de cambiar un sistema con el que, en el fondo, todos parecen estar encantados. El cinismo imperante conduce a calificar de utópico e ilusorio todo aquello que se salta los esquemas habituales. Por eso este libro, tan enriquecedor para cualquier persona despierta, con deseos de comprender, de avanzar hacia nuevos horizontes, es especialmente revelador para toda esa mayoría de población que se resigna, que niega, que no se quiere enterar de que el cambio climático requiere otra economía y que, a título personal, seremos más felices como colectivo cuando logremos superar la idea de “estatus”, el temor a la “evaluación social”, como pilares de nuestras vidas, porque disminuirán los grados de ansiedad, de estrés, que nos atenazan.

Es llamativo que el período en el que se ha demostrado que el crecimiento económico de los países ricos ha concluido en gran medida su función transformadora de la calidad de vida de la gente haya coincidido con el momento en que empezamos a tomar conciencia de los límites medioambientales del crecimiento”, voy leyendo. Nadie se está inventando ni exagerando nada. Richard Wilkinson y Kate Pickett recurren a informes y datos incontestables para dar cuenta de la urgencia de una lucha efectiva contra el calentamiento global, que “se está produciendo más deprisa de lo previsto”.

En el año 2009 el Foro Humanitario Global con sede en Ginebra, estimaba que entre olas de calor, sequías, escasez de agua e inundaciones, el cambio climático ya estaba produciendo 300.000 muertes anuales y había obligado a desplazarse a 26 millones de personas; se considera probable que el número de muertes se triplique en la década de 2020. El 90% de estas muertes se produjeron en países en desarrollo, no en los países ricos, que son los que producen las mayores emisiones de carbono per cápita. La OMS ha calculado que, entre 2030 y 2050, las inundaciones, sequías y pérdidas de cultivos derivadas del calentamiento global causarán otras 25.000 muertes adicionales…”, nos transmiten los autores. ¿Alarmismo? No, simplemente la realidad, los datos que tanto reclaman quienes prefieren tacharlo todo de catastrofismo.

La pareja de investigadores plantea buscar las razones por las que, “a pesar de que los costes del cambio climático y la destrucción  del medio ambiente empiezan a ser aterradoramente tangibles, siguen sin adoptarse las medidas políticas urgentes que permitirían poner fin a esta crisis”. Y responden que, “aparte de la negación del cambio climático, una de las principales razones es que las reducción de las emisiones de carbono se percibe como la desagradable necesidad de apretarse el cinturón”.

Aquí es donde entramos todos, aquí se trata también de responsabilidad ciudadana. Quedarse con la idea de que cualquier cambio supone un deterioro del nivel de vida, es una opción no solo egoísta, sino estúpida. El camino es la concienciación a través de una buena información que hay que buscar en medios serios, independientes, no sujetos a intereses (miremos hacia webs alternativas). Pero eso es algo que muy poca gente hace. Libros como este deberían tener mucha más repercusión, abrir más debates, en los periódicos, en los informativos de televisión, en las redes sociales. “La sostenibilidad se acepta cuando se presenta como un modo de prolongar lo más posible el actual modelo de vida, haciendo caso omiso de las amenazas que está señalando la ciencia climática. La verdad, sin embargo, es muy diferente. La sostenibilidad se nos escapará de las manos si no acometemos cambios fundamentales en la organización social (…) si no somos capaces de cambiar el modo de impulsar la economía y el modo de vida vamos directos al desastre (…) No es posible seguir haciendo las cosas como hasta ahora…”, advierten los autores.

«Aparte de la negación del cambio climático, una de las principales razones para no tomar medidas políticas urgentes frente al cambio climático es que las reducción de las emisiones de carbono se percibe como la desagradable necesidad de apretarse el cinturón”.

Todas las circunstancias, todos los conflictos a los que nos enfrentamos, son analizados concienzudamente en esta entrega que repasa los diferentes tipos de economía que han ido definiendo las sociedades a lo largo del tiempo. El recorrido es una invitación a recuperar capítulos del pasado para identificar los cambios de modelo y reflexionar sobre determinados comportamientos y actitudes del ayer. Miremos, por ejemplo, a las poblaciones de cazadores y recolectores que “anteponían el ocio a un mayor nivel de consumo y normalmente conseguían todo el alimento necesario en dos o cuatro horas al día”. No, no se trata, de retornar a esa época, pero sí de reconocer la estupidez de las sociedades de la abundancia, donde tener más significa disponer de menos tiempo para “ser” (el tiempo, el gran lujo de nuestra época).

Todo el camino, todo el trazado de esta obra, nos conduce a entender y afianzar su tesis: todos saldremos beneficiados, todos ganaremos, si avanzamos hacia sociedades más igualitarias. A mayor igualdad, más salud emocional, más seguridad y menos violencia, más empatía y menos envidia, más capacidad de afianzar los lazos comunitarios, de actuar por el bien común. Todos estos puntos son ampliamente analizados, contrastados, por los autores, quienes nos dicen: “Reducir el consumismo, y el daño que causa a nuestro bolsillo y al planeta, pasa necesariamente por disminuir la desigualdad que intensifica la competición por el estatus”.

¿Qué podemos hacer para construir un mundo mejor?, es la gran pregunta que abre el capítulo final del libro. “La elección a la que nos enfrentamos es si expandir la dimensión jerárquica y vertical de nuestras sociedades o la igualitaria y horizontal; si aumentar la desigualdad y las divisiones por el estatus o reducirlas; si incrementar las apariencias de superioridad e inferioridad o rebajarlas y mejorar la calidad de las relaciones y el bienestar de toda la sociedad”, argumentan Richard Wilkinson y Kate Pickett. Os propongo el sano ejercicio de identificar vuestras posiciones y anhelos, de definir cuál es vuestro ideal de sociedad. Leer este libro, os lo aseguro, os ayudará. Empezamos a visibilizar los problemas, los engaños. Algo empieza a moverse, hay acciones y agitaciones en la opinión pública a favor de la Justicia Social, del Salario Digno, de la Renta Básica, de la ayuda a la creación de cooperativas de trabajadores que poco a poco vayan sustituyendo el modelo tradicional de las empresas…, pero los retos son demasiado poderosos, “los cambios que debemos acometer son de una magnitud abrumadora”, indican los investigadores.

A mayor igualdad, más salud emocional, más seguridad y menos violencia, más empatía y menos envidia, más capacidad de afianzar los lazos comunitarios, de actuar por el bien común.

Antes de poner el punto final, no me resisto a transcribir algunos fragmentos especialmente reveladores de Igualdad:

“En los años de la Gran Depresión, cuando el presidente Roosevelt introdujo el New Deal en Estados Unidos y redujo drásticamente las diferencias de ingresos, explicó a los industriales y a los ricos que para preservar el sistema había que reformarlo. De hecho, a veces se dice que fue Roosevelt quien salvó al capitalismo de sí mismo. La reducción de la desigualdad fue así el resultado tanto de un movimiento colectivo que unió a la gente en torno a un sentido de identidad y un objetivo común, como de la amenaza que dicho movimiento entrañaba. Los millones de personas que hoy sufren las consecuencias de la desigualdad no han logrado hasta ahora constituirse como una fuerza social progresista, unidas por una causa común y unas necesidades que es urgente atender…”

– “El aumento de la desigualdad alrededor de 1980 es ampliamente atribuible a la fuerza política de la ideología neoliberal propugnada y promulgada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher. En todos los países, los esfuerzos legislativos se centraron en debilitar el poder de los sindicatos. La privatización de los servicios, el transporte y las mutualidades produjo un rápido crecimiento de las diferencias salariales, a la vez que los impuestos sobre la riqueza se recortaban drásticamente…”

– “Hemos alcanzado niveles de comodidad física sin precedentes y, sin embargo, soportamos una inmensa carga de infelicidad y enfermedad mental. La meritocracia, que modela nuestras aspiraciones y define el éxito, ha resultado ser un anacronismo ampliamente basado en una  falsedad. Las relaciones internacionales siguen estando presididas por la creencia de que es mejor mantener el gasto militar –generalmente contraproducente– que desarrollar la cooperación y el apoyo mutuo a escala internacional. Y, a falta de un marco propicio, somos incapaces de resolver la creciente lista de problemas planetarios como el cambio climático, el aumento de los flujos de refugiados y migrantes desesperados, el poder antidemocrático y sin freno de las multinacionales…”

– “El volumen de negocio de muchas compañías multinacionales supera el PIB de numerosos países. Unas pocas se sitúan incluso por encima de Estados como Noruega y Nueva Zelanda; sin embargo, no tienen ninguna responsabilidad democrática y a menudo pagan pocos impuestos o no los pagan (…) No podemos olvidar que estas empresas dependen del conjunto de las infraestructuras financiadas con fondos públicos, desde los sistemas de transporte a la educación y la policía, que se financian con los impuestos que otros pagan”.

– “La democratización de la economía debe convertirse en un objetivo públicamente reconocido. Todos los políticos progresistas tienen que propugnarla y defenderla como el siguiente gran paso en el progreso de la humanidad. Necesitamos que la población comprenda que esto forma parte de la transición hacia un futuro sostenible y capaz de ofrecer una calidad de vida superior a la que tenemos hoy. Más que una revolución, lo que hace falta es una transformación gradual y de largo alcance”.


“Igualdad. Cómo las sociedades + igualitarias mejoran el bienestar colectivo”, de Richard Wilkinson y Kate Pickett, con prólogo de Pau Marí-Kose, ha sido publicado por Capitán Swing. La traducción ha corrido a cargo de Catalina Martínez Muñoz.

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