Doug Peacock, la atracción por lo salvaje

Emma Rodríguez en el Jardín Botánico. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

Por Emma Rodríguez © 2016 /

Últimamente me gusta viajar, en compañía de un libro, a lugares que nada tienen que ver con mis espacios cotidianos, habituales. Sin pensarlo demasiado, me veo eligiendo lecturas que me permiten olvidarme de las cercanías, de los ruidos, de las noticias repetidas y asfixiantes. Alejarse de la actualidad, resistir a su acoso, no es tan difícil como parece. Sólo necesitamos una lectura en la que sumergirnos, tiempo por delante y un espacio de calma. Siempre tengo esto muy presente, pero la convicción de la enorme suerte que tenemos todos los que disfrutamos de la lectura, se acentuó mientras pasaba las páginas de Mis años grizzly. En busca de la naturaleza salvaje, de Doug Peacock, un personaje muy peculiar que llamó de inmediato mi atención cuando leí en la contraportada de la edición en español, a cargo de errata naturae, que era “una leyenda viva; un híbrido perfecto entre Henry David Thoreau y John Rambo”.

Me cautivó la historia de este hombre, que sirvió de inspiración al escritor Edward Abbey para retratar al protagonista de una de sus novelas, desde el primer momento. Leyendo acerca de sus vicisitudes, de la salvación que para él, un ex combatiente de Vietnam, supuso, seguir las huellas y avatares de los poderosos y peligrosos osos norteamericanos, los grizzlies, una especie en peligro de extinción, fui consciente de la necesidad que tenía de parar el presente, de limpiar la mirada, de convocar al silencio. A la búsqueda de un lugar que reflejase todo eso, una mañana invernal, con el cielo cargado de nubes, me dirigí al Jardín Botánico de la ciudad en la que vivo y seguí a Peacock en sus aventuras, en sus huidas, en sus sueños y también en sus pesadillas.

En medio de la naturaleza domesticada, en un día sin prácticamente visitantes en el recinto, sólo los jardineros afanados en sus tareas, pude imaginar otros escenarios menos seguros y controlables: montañas escarpadas, bosques oscuros, prácticamente infranqueables, bellos reductos de extrema indocilidad, parajes de difícil acceso, cada vez más amenazados por el afán humano de convertirlo todo en parques temáticos, en centros de recreo, de turismo. Del mismo modo que el filósofo Michel Onfray en Estética del Polo Norte, un ensayo iluminador del que os hablaba en el número anterior de “Lecturas Sumergidas”, Doug Peacock nos habla de la necesidad que tenemos de creer que aún existen esos lugares libres de contaminación, refugios en medio del progreso, de la civilización, del espectáculo en que se ha convertido prácticamente todo. Necesitamos saber que esos lugares sagrados, en cierto modo, evocadores, capaces de conectarnos con las edades primigenias de la humanidad, aún permanecen a salvo, lejos del afán de dominio, de poder, de usurpación, de los estados y de las grandes corporaciones.

Mezcla de memorias, de diario, de manual de supervivencia, de relato de aventuras, Mis años grizzly me cautivó desde las primeras páginas. La fuerza de la narración, los recuerdos y confesiones del autor sobre su experiencia en la guerra de Vietnam, su lucha por labrarse una nueva vida al regreso del horror, una vida fuera de los órdenes y las reglas del sistema, convierten el libro en una de esas obras que me gusta definir como obras de crecimiento, porque en ellas se da cuenta de un proceso vital de aprendizaje y porque cuando las leemos sentimos que estamos accediendo a zonas de luz, de conciencia, imposibles de descubrir por nosotros mismos.

Emma Rodríguez en el Jardín Botánico. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

Si os gustan los documentales sobre la naturaleza; si la lucha ecológica os mueve a la acción, a la protesta; si sois de los que consideráis que pocas cosas justifican el maltrato del planeta, de su equilibrio, este es vuestro libro, pero, aún sin cumplir todas estas condiciones, os aseguro que la entrega no os dejará en absoluto indiferentes. La verdad, la autenticidad de lo que se cuenta, el centro de esta narración escrita con las palabras de la naturaleza, con el ritmo de las estaciones, con los latidos del corazón, no nos puede dejar indiferentes.

Peacock remite a Thoreau, a quien él mismo cita en un momento dado. Es evidente que el ex-combatiente ha bebido mucho del autor de Walden, aunque sus experiencias y sus riesgos hayan sido mucho más extremos, pero a mí la entrega me ha llevado a otro libro absolutamente revelador, Alce negro habla, el diario vital, transcrito por John G. Neihardt, de las andanzas, pensamientos y visiones de un legendario sioux. El respeto, la admiración, por los antiguos pobladores de Norteamérica, que también animó a Thoreau, está presente en todo un recorrido marcado por los vestigios, por las huellas, por las creencias, de las distintas tribus de indios, cuyos descendientes ahora se hacinan en reservas y a duras penas conservan la memoria de sus tradiciones, el recuerdo de ese tiempo en el que convivieron en armonía con la naturaleza, con los animales.

Si os gustan los documentales sobre la naturaleza; si la lucha ecológica os mueve a la acción, a la protesta; si sois de los que consideráis que pocas cosas justifican el maltrato del planeta, de su equilibrio, este es vuestro libro, pero, aún sin cumplir todas estas condiciones, os aseguro que la entrega no os dejará en absoluto indiferentes.

Una y otra vez los lugares de poder, el cultivo de los sentidos, de la intuición de los pueblos primitivos, la sabiduría y las leyendas indias, muchas de ellas sobre el carácter sagrado y sanador de los osos, asoman en el relato. Estamos, pues, ante las confesiones y reflexiones de un explorador, de un hombre que encuentra su rumbo allí donde aún es posible sentir que no todo es trabajo, dinero, tecnología. Mis años Grizzly es un libro apasionante, insisto, capaz de sacarnos de nuestras comodidades el tiempo que dura su lectura. Todo comienza con el regreso a casa del narrador, médico boina verde en Vietnam, una guerra terrible que sigue siendo una herida abierta en la historia de Estados Unidos.

Las pesadillas, los terribles recuerdos, sus vivencias cercanas a la muerte, marcadas por la violencia, lo invaden noche tras noche, y decide echarse al camino, dejar atrás el alcohol y las anfetaminas, habituales vías de escape de los combatientes, y emprender rumbo a las Montañas Rocosas. En sus recorridos por parques como el de Yellowstone o el Nacional de los Glaciares, siguiendo y observando a especímenes de grizzlies que, poco a poco, se le van haciendo familiares, midiéndose  con la naturaleza, fue como encontró su propio cauce de supervivencia. “Los osos me ofrecieron un calendario a mi regreso de la guerra de Vietnam, cuando un año se difuminaba en el siguiente y yo olvidaba enormes períodos de tiempo al no tener acontecimientos o personas cuyo paso recordar. Tenía problemas con un mundo cuya idea de vitalidad se restringía a la cruda realidad de estar vivo o muerto. El mundo empalideció, como también lo hizo todo lo que había sido mi vida hasta la fecha, y me descubrí ajeno a mi propio tiempo. La naturaleza salvaje y los osos grizzly solucionaron ese problema”, nos cuenta Doug Peacock muy al comienzo del recorrido.

Emma Rodríguez en el Jardín Botánico. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

Y confiesa que fue el peligro, el peligro unido a una enorme belleza, lo que le condujo hacia los grizzlies. Antes decía que estábamos ante un libro de crecimiento, de aprendizaje, y nuestro protagonista es consciente de ello. Peacock, que con el tiempo filma vídeos, imparte conferencias y se convierte en una figura respetada en la lucha por la preservación de estos animales, a los que llega a defender incluso realizando pequeños sabotajes (retirada de trampas, destrozo de herramientas y maquinarias del negocio minero o petrolero, que podían perjudicar su hábitat natural…) intuye que en la travesía iniciada, que en esa larga búsqueda y exploración, va a acabar encontrándose y sabiendo muchas más cosas acerca de sí mismo y de la condición humana (“era consciente de que ese viaje formaba parte de algún tipo de misión más grande…”, nos dice muy al principio).

Las pesadillas, los terribles recuerdos de Vietnam lo invaden noche tras noche, y decide echarse al camino, dejar atrás el alcohol y las anfetaminas, habituales vías de escape de los combatientes, y emprender rumbo a las Montañas Rocosas. En sus recorridos por parques como el de Yellowstone o el Nacional de los Glaciares, siguiendo a especímenes de grizzlies que, poco a poco, se le van haciendo familiares, encontró su propio cauce de supervivencia.

Estar sentado en el corazón de una señora tormenta de montaña, en busca del que algunos consideran el animal más fiero de este continente, infunde una cierta dosis de humildad, una actitud que me obliga a abrirme y tener una receptividad sorprendente (…)  Yo necesito enfrentarme a unos animales enormes y fieros que a veces se alimentan de personas para recordar la concentración total del cazador. Entonces los antiguos sentidos oxidados, entumecidos por los excesos urbanos, vuelven a la vida, y escudriñan las sombras en busca de formas, sonidos y olores. A veces tengo la suerte de mirarme con unos nuevos ojos, de tener una nueva combinación de pensamientos, una metáfora que llama a las puertas del misterio”, nos cuenta Peacock.

Como lectora yo también declaro tener una tremenda suerte, la suerte de participar de este trayecto que se torna trascendente, con momentos de gran sinceridad y de hondura. Como lectora tengo la inmensa suerte de acceder a impagables espacios de belleza, a escenas totalmente sorprendentes de oseznos jugando, de parejas de adultos en el juego de la seducción, de osos construyendo sus lechos diurnos para descansar o preparándose para la etapa de la hibernación, largos meses de sueño, sin despertar para nada hasta que empiece el deshielo. Es un trayecto sin duda apasionante, en el que percibimos constantemente la sensación de peligro.

El explorador nos habla una y otra vez de la precaución que hay que tener si se vive en contacto con los grizzlies, hace repaso de los investigadores, de los excursionistas, muertos en sus garras, muchas veces por acercarse demasiado a una hembra que protege a sus oseznos o por cruzarse en una de sus rutas de paso o de alimentación; otras veces, las menos, sin motivo aparente, víctimas de ataques inusuales, inexplicables. Criaturas incontrolables, cada grizzly tiene su modo de actuar, su temperamento.

Estación tras estación Doug Peacock sigue, reconoce e intenta fotografiar y filmar a sus ejemplares favoritos: el grizzly del Arroyo Amargo; el grizzly feliz; el gruñón y peligroso grizzly negro que tanto le fascina… Conoce sus rutas y costumbres y va dejando constancia en sus cuadernos de notas, en sus diarios, de la rutina de estas vidas salvajes que no se cansa de contemplar. Se emplea como guardabosques o como vigilante antiincendios para mantener ese tipo de vida alejado de las ciudades, elude siempre que puede a las masas de turistas que invaden los parques y transita por las rutas más secretas para conocer mejor las cotidianidades de esos osos a los que tanto respetaban los indios.

Emma Rodríguez en el Jardín Botánico. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

Como decía antes hay en este libro momentos de gran belleza y otros que nos mantienen en tensión, como en las mejores novelas o películas de aventuras, pues el protagonista siempre ha de estar alerta y no pocas veces se enfrenta a situaciones de verdadero riesgo. Son muchos los episodios inolvidables que nos va relatando el autor, entre ellos elijo uno que me parece especialmente revelador. Peacock se encuentra de frente con un poderosísimo grizzly marrón y teme que cargue contra él. Puede dispararle, apunta su arma contra el animal, pero sabe que no va a apretar el gatillo porque, sus “días de disparar ya eran agua pasada. Tras mirarse fijamente durante segundos que le parecieron eternos, bajó la pistola y el oso gigante movió las orejas y miró hacia un lado, iniciando ambos, a partir de esa señal, el retroceso.

Sentí que algo se transmitía entre nosotros. El grizzly me dio la espalda lentamente, con elegancia y dignidad, y balanceándose se dirigió hacia el bosque, al fondo de la pradera. Entonces volví a escuchar mi respiración pesada, a sentir el flujo de sangre caliente en la cara. Tuve la sensación de que mi vida había sido tocada por un poder y un misterio inmensos”, leemos a Peacock, para quien ese momento fue clave en su trayecto y marcó su destino.

Cada experiencia lleva al autor a tomar conciencia de sus pasos sobre la tierra. Toda experiencia es un motivo de aprendizaje, de autoconocimiento, de meditación compartida con sus lectores. “En Vietnam el depredador principal era el hombre. Si había obtenido un granito de sabiduría tras vivir la agonía de la batalla, éste no tenía nada que ver con técnicas para matar o hacer la guerra. No había iluminación alguna en el asesinato. Lo que se me había quedado grabado a fuego en lo más profundo de la conciencia eran las pequeñas acciones de gracia, lecciones que yacían latentes en el recuerdo y que ahora poco a poco rescataba de los rincones más anestesiados de mi cerebro. Nunca importaba el porqué. La propia concesión de clemencia era trascendental”, comparto con todos los que me hayáis seguido hasta aquí las reflexiones del autor, quien más adelante, volviendo a su encuentro con el grizzly, nos dice que, pese a tener éste la potencia y la fuerza suficientes para atacar o matar siempre que le viniese en gana, optaba por no hacerlo en la mayoría de las ocasiones.

“Sentí que algo se transmitía entre nosotros. El grizzly me dio la espalda lentamente, con elegancia y dignidad, y balanceándose se dirigió hacia el bosque, al fondo de la pradera. Entonces volví a escuchar mi respiración pesada, a sentir el flujo de sangre caliente en la cara. Tuve la sensación de que mi vida había sido tocada por un poder y un misterio inmensos”, leemos a Peacock.

Eso era poder, y no la fanfarronería de los matones. Era el tipo de templanza que inspiraba un temor reverencial: un acto de gracia muscular”, escribe. Como os decía, estamos ante un libro cargado de autenticidad, de sabiduría, de conciencia ecológica. “Después de Vietnam vi cambiar el mundo a una velocidad pasmosa, a un ritmo violento del que no me había percatado antes de 1968. El compás que me sonaba a redoble lento en los cincuenta era ahora un rápido “staccato”. Los recursos que otrora se consideraban infinitos estaban disminuyendo claramente. Toda la actitud de nuestra cultura hacia nuestra tierra se volvía cada vez más confusa y obsoleta (…) El propio concepto de naturaleza, que debiera entenderse como un lugar alejado de las restricciones de la cultura y la sociedad humana, estaba a merced de todos”, señala el autor, quien lamenta lo difícil que resulta en la actualidad, aún en los parajes que nos pueden parecer más remotos, evitar los restos de basura humana, el ruido de los aviones sobrevolando, el impacto de las tecnologías…

Emma Rodríguez en el Jardín Botánico. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

Hay también en el libro capítulos dedicados al exterminio de los poderosos grizzlies, atacados en su propio terreno en aras de la defensa de la ganadería y el pastoreo, del mismo modo que otras especies como los lobos o los búfalos. Doug Peacock nos habla del dominio, de la usurpación, de la que han sido víctimas también pueblos enteros. Y se refiere asimismo a las políticas que imperan en los parques naturales, a las investigaciones que se han llevado a cabo y a los intereses creados -también aquí- en torno a estos animales que, poco a poco, han de irse acostumbrando más a la presencia humana.

Hay hermosísimos pasajes, momentos y enseñanzas en este libro. ¿Os apetece hacer el trayecto y descubrirlas por vosotros mismos? Mi cuaderno está lleno de anotaciones, mi corazón de emociones encontradas. En una de sus incursiones tras los osos en el Parque Nacional de los Glaciares, situado en Montana, haciendo frontera con algunas provincias de Canadá, Peacock escribió en las páginas de su diario que el día que le ocupaba, era un fantástico día para estar vivo y lo explica así: “Unos diez años atrás, cuando entré en este mundo de los osos, estaba demasiado descentrado y cabreado para ser capaz de sentirme pleno. En cambio, ese día sólo sentía el calor tibio del sol y la calidad única de esa luz -eso es todo lo zen que puedo ponerme-, aunque la naturaleza sea siempre un refuerzo de esa filosofía”.

Me gusta especialmente este apunte porque da idea de la transformación del protagonista, del sentido de su trayecto. Este es un viaje sobre todo apto para buscadores de sorpresas, de aventuras, de tesoros. El autor cierra su diario en pleno invierno, atravesando el desierto de Piedras Negras, en tierras de México. Entremedias se ha casado; ha tenido una hija; ha intentado ordenar su vida y ha fracasado (Lisa, su mujer, es su compañera en algunas de las excursiones que realiza). Es Navidad y en esa geografía áspera, dura donde se encuentra, es consciente de su fragilidad y celebra haber recuperado su amor por la vida, sus ganas por volver, una vez pasado el tiempo de la hibernación, a encontrarse nuevamente con los grizzlies.

Mis años Grizzly. En busca de la naturaleza salvaje, de Doug Peacock, ha sido traducido por Miguel Ros González para la editorial errata naturae.

Todas las fotografías de Emma Rodríguez fueron tomadas, en el Jardín Botánico de Madrid, por Nacho Goberna © 2016.


Filmación de un oso Grizzly realizada por Doug Peacock, en el Parque nacional de los Glaciares (estado de Montana, frontera con Canadá), a finales de los años 70 (S.XX): El Grizzlie feliz…

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