Edvard Munch, mucho más que “El grito”

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Por Emma Rodríguez © 2015 / Las leyendas que acompañan a los creadores de cualquier ámbito pueden estimular el interés por sus obras y prolongar el halo de su conocimiento a través del tiempo, pero también es cierto que esas leyendas pueden convertirse en una especie de corsé que les llega a encasillar tanto que impide una comprensión más amplia de sus trayectos. Pensaba en esto mientras visitaba la exposición

Edvard Munch. Arquetipos, en el Museo Thyssen-Bornemisza, y me daba cuenta de lo poco que conocía a un artista al que siempre asociaba con un cuadro mítico, El grito. El grito y toda la leyenda a su alrededor. El paseo por las salas, dispuesto el recorrido de tal modo que se convierte en un viaje intenso y sorprendente hacia paisajes desconocidos, pero también hacia escenas íntimas en las que reconocernos, con las que estremecernos, se convirtió para mí en todo un acicate para aproximarme, para profundizar en las aguas del artista noruego.

Señala el especialista Jon-Ove Steihaug en uno de los textos que acompañan el catálogo de la exposición que, efectivamente, El grito goza de tanta popularidad, que ha llegado a eclipsar el resto de la obra de Munch. “Se ha convertido en un símbolo universal de la angustia y la alienación del hombre moderno. Es llamativo y se entiende con facilidad, pero su fama –incrementada por varios robos y por los precios récord que ha alcanzado en las subastas– hace que se preste al comentario general y a su reutilización en la cultura popular en todas sus manifestaciones, desde el cine de terror hasta el cómic…”

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Lamenta el crítico la reducción y la simplificación de la obra del autor, al tiempo que matiza algunos mitos largamente aceptados que el propio pintor contribuyó a alimentar, así su imagen de hombre “depresivo, enfermo, alcohólico, solitario y psicológicamente perturbado que tuvo una infancia desgraciada y odiaba a las mujeres”. Nos dice Ove-Steihaug que, pese a que su madre y su hermana murieron de tuberculosis cuando él era muy pequeño; que pese a que él siempre tuvo una salud frágil y un carácter introspectivo y de exacerbada sensibilidad –factores que le condujeron a su particular concepción del arte– Munch llegó a los ochenta años y se convirtió en “un artista empresario muy productivo y de gran éxito que consagró fervientemente su vida a lo único que consideraba su verdadera misión: crear una obra de gran altura y ser respetado como artista”.

Munch está más allá de su perfil de creador afligido y es mucho más que El grito. Nos corresponde como espectadores curiosos, inquietos, acercarnos a él a través de lo que quiso comunicarnos con su obra. En su caso, además, contamos con la ventaja de que dejó en herencia muchos textos en los que reflexionó sobre las búsquedas y experiencias artísticas que le animaban, así como narraciones de cariz biográfico y poético que demuestran hasta qué punto la literatura era para él otra manera de expresión, un lenguaje que necesitaba para comprenderse y comprender el mundo. Tenemos la suerte de acceder ahora a la traducción de los escritos de Munch al castellano a través de dos ediciones: una acometida por Nórdica, bajo el título del que fue el gran proyecto del artista, El friso de la vida, una entrega donde la palabra del autor se acompaña de sus cuadros más característicos en una bella y equilibrada puesta en escena, y otra más modesta, Cuadernos del alma (Casimiro), que nos resume su ideario. Dos complementos que sirven como guías de viaje muy recomendables.

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Porque sumergirse en el mundo de Edvard Munch se convierte en una estimulante, energizante, travesía, que nos mantiene despiertos, atentos a remansos y rápidos que se suceden mientras observamos su obra y percibimos que un vasto territorio se abre ante nosotros. Si hay algo que define al artista es su capacidad para crear relatos, imágenes que nos cuentan historias, que nos hablan de anhelos y carencias universales. Más allá de El grito, esa obra que tanto nos sigue diciendo acerca del miedo, de la indefensión, de la impotencia y  la incertidumbre que sentimos ante el devenir del mundo, hay otras piezas como El beso, en sus múltiples interpretaciones, en la que dos figuras, un hombre y una mujer se abrazan y sus rostros llegan a fusionarse en uno solo, en una enigmática distorsión que nos hace pensar en la identidad, en lo que se gana y se pierde en las relaciones amorosas.

A Munch le basta plasmar un gesto, un movimiento, para comunicar algo trascendental, algo que percibimos de manera intuitiva, que nos sobrecoge sin que seamos capaces de explicarlo del todo. Si hay una palabra que define al artista es búsqueda. Si algo dejó claro en sus escritos fue su afán por experimentar, por dar vueltas de tuerca a sus temas, a sus obsesiones, hasta acabar acercándose lo más posible al secreto, a la clave oculta de lo que andaba buscando: un tono concreto, un recuerdo, una emoción huidiza.

Sumergirse en el mundo de Edvard Munch, en la exposición del Museo Thyssen, se convierte en una estimulante, energizante, travesía, que nos mantiene despiertos, atentos a remansos y rápidos que se suceden mientras observamos su obra y percibimos que un vasto territorio se abre ante nosotros.

Es imposible explicar un cuadro –se ha pintado precisamente porque no puede explicarse de otra manera–. Lo único que se puede / ofrecer es un indicio de la dirección que se tenía en mente”, dejó dicho en uno de sus escritos. “En la pintura como en la literatura a menudo se confunden los medios con el fin –la Naturaleza es el medio no el fin–. Si se puede obtener algo alterando la naturaleza –hay que hacerlo–. En un estado de ánimo intenso un paisaje ejercerá cierto efecto sobre la persona –al representar este paisaje [la persona] llegará a una imagen de su propio estado– y esto –este estado de ánimo– es lo principal...”, seguimos sus palabras.

No se puede explicar un cuadro. Un cuadro se siente y nos habla. Somos quienes miramos quienes construimos nuestra propia narración. Por eso me llaman tanto la atención la explicaciones pormenorizadas de guías, sin duda especializados, que lo encierran todo en márgenes concretos, en lecturas que atrapan lo que no puede ser atrapado. Es interesantísimo documentarse, acceder a análisis y estudios sobre una obra, pero estos análisis no deben paralizar nunca el vuelo de la imaginación. Más que puntos de llegada, deben actuar como puntos de partida y dejar resquicios para la elaboración de esa interpretación personal, atenta a los pulsos y vivencias de cada cual.

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Edvard Munch (1863-1944) puso colores a las emociones: colores cálidos o fríos; limpios o turbios; llamativos, intensos, brillantes, dramáticos. Entrar en sus escenas es como caminar a través del campo abierto con un sol radiante dándonos en los ojos, a veces molesto, hiriente. O sentir el frío del invierno. O la sacudida de la tormenta desde fuera mientras observamos la luz de la casa a lo lejos. O enfrentarnos a la noche estrellada, con todos nuestros sueños a cuestas (los más plácidos y los que se tornan pesadillas), ante la negrura del cielo como misterioso telón de fondo. O ser dolorosamente lúcidos respecto a los males del mundo, a la muerte, a lo indescifrable.

“Es imposible explicar un cuadro –se ha pintado precisamente porque no puede explicarse de otra manera–. Lo único que se puede / ofrecer es un indicio de la dirección que se tenía en mente. En la pintura como en la literatura a menudo se confunden los medios con el fin –la Naturaleza es el medio no el fin–”, escribía el artista.

En el itinerario que se propone en Edvard Munch. Arquetipos vamos avanzando a través de los temas y los estados del alma que acompañaron al artista y marcaron el movimiento de sus pinceles. La melancolía es una de sus constantes y hay distintas composiciones que responden a ese título y en las que vemos, una y otra vez, a un joven en el margen inferior derecho de la imagen en actitud pensativa, con un paisaje marino de fondo y a lo lejos una figura femenina que se aleja. Los cuadros de Munch, son relatos y en este caso, hay una historia que nos habla de un posible adiós, de una ruptura, que, aquí tiene que ver con la propia vida del autor, con el final de su relación con la pintora Oda Lasson.

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La soledad está muy presente en sus composiciones, la soledad de seres que estando cerca se pierden en su propio ensimismamiento; la soledad de las parejas, representada en las distintas variantes de la serie Los solitarios, que tanto nos dice de la incomunicación, de la distancia emocional que puede convertirse en el más terrible de los muros. Y adquiere especial relevancia el drama y el pánico, el pánico de El grito, por supuesto, representado en una versión litográfica en la exposición del Museo Thyssen, una litografía que acentúa la teatralidad del gesto inmortal a través de las rayas ondulantes en negro.

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La escena de El grito se desarrolla durante un encendido atardecer en la colina de Ekeberg, junto al fiordo de Kristiania (Oslo), adonde solían ir de excursión los habitantes de la ciudad, pero ese bello lugar de esparcimiento se transforma en un escenario en el que el orden racional se desintegra y se vuelve destructivo. La siniestra figura humana en primer plano, con la cabeza en forma de calavera y una mueca de terror, busca desesperadamente nuestra mirada, mientras se tapa los oídos para no escuchar el estridente grito que agita el estremecedor espectáculo de su alrededor”, escribe Paloma Alarcó, comisaria de la muestra, en el catálogo que la acompaña.

Entre los textos que nos legó el artista, como no podía ser de otro modo, adquiere especial relevancia el dedicado a El grito. También, en su sencillez, en su tono de cuento, es una de las composiciones más bellas del conjunto. Munch se limita a narrar, a describir lo que pasa en el cuadro. Nos dice que paseaba por el camino con dos amigos y que de pronto el cielo se tornó rojo sangre. Nos dice que se apoyó sobre la valla, temblando de angustia y sintiendo que “un inmenso grito infinito recorría la naturaleza”.

Alarcó sitúa la pintura en el contexto de su época, durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando “el nuevo ambiente urbano, abarrotado por las masas, transformó el modo en que el hombre moderno percibía su relación con el mundo. La angustia, la ansiedad y la incertidumbre sustituyeron súbitamente a los viejos ideales y convicciones…”, nos dice. En un presente donde el desasosiego y la preocupación ante el inmediato futuro se han acentuado, la figura aterrada de Munch nos retrata, nos representa, incapaces de silenciar el grito, los gritos múltiples de las sociedades que habitamos, por mucho que queramos esconder la intranquilidad, la urgencia, el malestar, tras el brillo de nuestras pantallas de ordenador y el espectáculo diario en que se han convertido las noticias.

Munch vaticinó todo eso a través de un símbolo universal, inmortal. Munch creó escenas de drama y de dolor. Nos habló de los miedos, de la enfermedad y de la muerte en obras tan representativas como La niña enferma, el inicio de su camino innovador, transgresoro Muerte en la habitación de la enferma, donde representa el drama de su propia familia: todos alrededor de la hija, la hermana, moribunda, aquejada de tuberculosis; un cuadro que pone de manifiesto la capacidad del autor para levantar auténticas escenificaciones teatrales, así como melodramas representados en cuadros como Asesina o Celos. De hecho, a lo largo de su carrera, también creó escenografías y estuvo muy cerca de figuras como Ibsen o Strindberg.

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La comisaria Paloma Alarcó sitúa la pintura en el contexto de su época, durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando “el nuevo ambiente urbano, abarrotado por las masas, transformó el modo en que el hombre moderno percibía su relación con el mundo. La angustia, la ansiedad y la incertidumbre sustituyeron súbitamente a los viejos ideales y convicciones…”

Pero también exploró el artista las emociones más profundas asociadas al amor y al sexo. La mujer para él, que nunca llegó a casarse (“¿habría de fundar otro hogar enfermo en el mundo?”, se preguntaba, aludiendo claramente a su familia) fue siempre una incógnita, una fuente de placer y de frustración, una mezcla de fragilidad y de dominación, de pureza y de perversidad. La representó en todas sus edades, situaciones y transformaciones, intentando explorar el origen de su fuerza primigenia, de su poder para prolongar el curso de la humanidad. Hay obras absolutamente sugerentes como Pubertad; inspiradoras como Mujer, donde tres figuras femeninas nos hablan de los ciclos de la vida; perturbadoras, como la serie en torno a la Mujer vampiro; o seductoras y dramáticas como Madonna o Cenizas.

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Paloma Alarcó alude a las contraposiciones que marcan toda la obra de Munch: la sombra y la luz; el día y la noche; la vida y la muerte; la carnalidad y la espiritualidad. Curiosamente hacia el final de su vida la luz, la vitalidad, la armonía, ganan terreno y se ponen de manifiesto en una obra cargada de energía que llena los grandes murales de la Universidad de Oslo, el gran proyecto de la etapa final de su vida, ya instalado en la que fuera su última y definitiva residencia, una pequeña finca situada en la localidad de Ekely, en las afueras de Oslo.

Desnudos, autorretratos, piezas en torno al clásico tema del pintor y la modelo… Munch es un universo lleno de experiencias, de sentimientos, de exploraciones, de luchas, del que ahora podemos apropiarnos. Absolutamente moderno y vigente, en sus comienzos este hombre introspectivo, que tanto buceó en el territorio del inconsciente y quiso registrar, a través del color y las texturas, los vaivenes de las emociones, no gozó del favor de sus contemporáneos, apegados al registro de la realidad y de la naturaleza, incapaces de percibir el cambio de matices que los estados de ánimo introducen en la captación de las geografías y los paisajes.

“Como ocurre tantas veces en las vanguardias artísticas occidentales”, nos dice el crítico Jon-Ove Steihaug, “Munch se hizo famoso sobre todo por una serie de escándalos públicos relacionados con su obra. Rompió con las convenciones establecidas sobre lo que era una pintura respetable y de calidad, y al hacerlo provocó a la burguesía y a los críticos conservadores de la época. De ese modo contribuyó al avance de la modernidad que se produjo en el arte, la literatura y el pensamiento europeos en la última parte del siglo XIX, junto con figuras del mundo de la cultura como el dramaturgo noruego Henrik Ibsen, el escritor sueco August Strindberg y el filósofo alemán Friedrich Nietzsche”.

Sobre las críticas que se le hicieron en su día, y que tanto tenían que ver con el carácter inacabado de su obra, reflexiona el artista en unos textos que ahora llegan a nuestras manos en forma de apuntes e impresiones que nos llevan a poner palabras a su afán por crear su propio lenguaje lejos de los modos y los discursos oficiales, rebelándose contra el orden impuesto y trazando los planos emocionales de los paisajes subterráneos, esos paisajes tan sutiles, tan complejos, cuando los pasamos por el filtro de la mirada interior.

“Como ocurre tantas veces en las vanguardias artísticas occidentales”, nos dice el crítico Jon-Ove Steihaug, “Munch se hizo famoso sobre todo por una serie de escándalos públicos relacionados con su obra. Rompió con las convenciones establecidas sobre lo que era una pintura respetable y de calidad, y al hacerlo provocó a la burguesía y a los críticos conservadores de la época.

Como exploradores, como detectives, abrimos las páginas de El friso de la vida (Nórdicalibros) y escuchamos al artista cuando nos dice: “Lo que hay que sacar a la luz es el ser humano, la vida. No la naturaleza muerta. Al parecer una silla puede resultar tan interesante como una persona. Pero la silla ha de ser vista por una persona. De una manera u otra tiene que haber conmovido [a una persona] y hay que conseguir que los espectadores se conmuevan de la misma manera. No es una silla lo que hay que pintar sino lo que ha sentido una persona al verla…

Decía el artista noruego que se podía apreciar la destreza de quienes eran capaces de dibujar con absoluta perfección cada detalle de lo que les llegaba del exterior, pero que no era eso lo que él perseguía. “Se puede admirar la destreza [de esta gente] / se puede decir que es imposible pintar mejor, así que en el fondo / podrían dejar de pintar / al fin y al cabo no pueden hacerlo mejor / Pero te deja frío / No hace que la sangre te corra más deprisa / No te conmueve / en lo más profundo…

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Volviendo al tema del desprecio del que fue objeto cuando, precisamente, intentaba plasmar sobre el lienzo lo que se siente ante determinados objetos, situaciones, circunstancias; cuando intentaba captar los colores y matices que provocan emociones como la ira, el miedo, la pasión, los celos, el pánico, la tristeza… Edvard Munch anotó en sus libretas: “Sería divertido sermonear un poco a toda esta gente que lleva ya años mirando nuestros cuadros y riéndose o meneando la cabeza con escepticismo. –No conciben que pueda haber ni un atisbo  de sensatez en estas impresiones– esas impresiones instantáneas– Que un árbol pueda ser rojo o azul– que un rostro pueda ser azul o verde – saben que está mal –desde pequeños han sabido que las hojas y las hierbas son verdes y que la piel tiene un delicado sabor rojizo – Son incapaces de entender que estos cuadros son serios –ha de tratarse de un engaño chapucero– o hecho en un momento de trastorno mental preferiblemente esto último…

Las reflexiones de Munch nos llevan a entender el camino, los obstáculos que han tenido que atravesar los creadores para marcar el camino del arte, la ruta hacia la pintura del futuro, hacia “la tierra prometida del arte”, como decía el artista. “Porque en esos cuadros”, le escuchamos, el pintor ofrece lo más valioso –ofrece su alma su dolor su alegría –ofrece sus sentimientos más profundos.–”

Es valioso acceder a los pensamientos, a las convicciones, a las luchas de Munch. Es interesante escucharle gritar que lo que quiere apresar es la vida, lo que vive (“qué poco me importa a mí si la silla está bien hecha…”, decía) o preguntarse cómo es posible pintar el llanto verdadero copiando de la naturaleza, aplicando la exactitud de las proporciones y los efectos correctos de la luz. Cuando sufrimos, cuando experimentamos dolor, cuando vivimos una pasión, todo se dramatiza, se distorsiona, se lleva a los límites, y es, precisamente eso lo que Munch transmite en su obra. Es precisamente eso lo que nos estremece por momentos, lo que la hace diferente.

Además de sus notas y lecciones sobre arte, tan necesarias para cualquier artista en ciernes, hay esbozos literarios en los escritos de Munch en los que llegamos a captar muchas de sus obsesiones y de los motivos y paisajes que traspasó a sus lienzos. Hay hasta un curioso cuento, El gato blanco, que se incluye en la edición de Nórdica. Y hay, por supuesto, textos en los que habla de sus obras: sobre El grito, sobre Madonna, El beso, Melancolía… También sobre el modernísimo Encuentro en el espacio, donde dos figuras, la de un hombre y una mujer, flotan suspendidas en un fondo negro, rodeados de espermatozoides. “Solo unos pocos se encuentran en una gran llamarada –en la que ambos pueden unirse plenamente”, escribió el artista refiriéndose a la unión, al destino, de los dos sexos.

El amor, la muerte, la locura, fueron temas a los que dio muchas vueltas, plasmando sus experiencias vitales en una especie de diario íntimo en el que dio cuenta de sus paseos, sus paisajes, sus descubrimientos eróticos, sus casas. “La línea de la playa pasó a ser las líneas eternamente cambiantes de la vida –El mar se convirtió en la vivienda de la muerte – Y desde aquí pintó el gran friso–”.

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Volviendo a la leyenda de Munch, a la imagen de sí mismo que legó a la posteridad, hay un texto muy significativo. “Recibí en herencia dos de los peores enemigos de la humanidad –las herencias de la tuberculosis y la enfermedad mental – La enfermedad, la locura y la muerte fueron los ángeles negros junto a mi cuna”, nos dice el artista, informándonos de la muerte temprana de su madre y del carácter hipernervioso, “religioso hasta la locura” del padre. “El arte se convirtió en su única meta”, señala en otro momento, recurriendo a la tan habitual tercera persona para representarse a distancia. Y hay un bello escrito, correspondiente a su etapa de vejez, donde ya enfermo, esperando el final junto a la estufa, escribió que la vida le hacía guiños, que tal vez podría recuperarse para disfrutar de las próximas noches de verano. “Quizá te quede aún un verano de días soleados / Amo la vida incluso enfermo (…) Amo el sol que entra / por la ventana / y se recorta como / un cinturón de polvo blanco que cae / en diagonal sobre el suelo ocre –dejando / una manchita blanco azulado / en el borde del sofá…

Hay un bello escrito, correspondiente a su etapa de vejez, donde ya enfermo, esperando el final junto a la estufa, escribió que la vida le hacía guiños, que tal vez podría recuperarse para disfrutar de las próximas noches de verano. “Quizá te quede aún un verano de días soleados / Amo la vida incluso enfermo (…) Amo el sol que entra / por la ventana / y se recorta como / un cinturón de polvo blanco que cae / en diagonal sobre el suelo ocre –dejando / una manchita blanco azulado / en el borde del sofá…”

Son muchos los planos, los perfiles, las complejidades y contradicciones de Munch que se muestran en sus textos. En la presentación de Cuadernos del alma (casimiro), que toma el título del que el propio autor puso a parte de sus cuadernos, se indica que la pluma de Edvard Munch “no igualó su pincel”, que, frente al atrevimiento de la obra pictórica, los escritos son “un vacilante ejercicio de pudor”. Se añade que, entre sus apuntes, dejó notas pidiendo que los cuadernos fueran destruidos a su muerte, pero también otras recomendando su lectura sólo a las personas sensibles. Cuestión de días, de ánimo, tal vez. La permanente lucha de todo creador por sacar a la luz su intimidad, sus secretos. Las dudas y el afán perfeccionista… ¿Acaso pretendía Munch brillar por igual en ambos ámbitos, con ambos lenguajes? ¿Acaso dedicó el mismo esfuerzo a la literatura que a la pintura? Cuando nos aproximamos ahora a lo que dejó escrito, no podemos dejar de pensar hasta qué punto escribir era para él un camino paralelo de desahogo, de comprensión de sí mismo y de su mundo.

De lo que no cabe duda es de que los textos son hoy un complemento valiosísimo para entender la obra y buscar al artista más allá de El grito, tras los brochazos y los colores que imprimió a sus lienzos. De colores, de texturas, están llenas también sus narraciones y, como lectores, nos gusta percibir el vocabulario del arte, el proceso del arte, traspasado a palabras. No puedo dejar de recomendaros el plan: leer a Munch y dejarse conmover con la contemplación de sus cuadros; saber de Munch, pero ser capaces de olvidar lo sabido para construir nuestros propios relatos alrededor de lo que quiso comunicarnos. La exposición en el Museo Thyssen se prolongará hasta el próximo 17 de enero. Los libros aguardan en las librerías.

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En este artículo sobre Edvard Munch se recorre la actual exposición sobre el artista noruego en el Museo Thyssen Bornemisza, organizada en colaboración con el Munch-museet de Oslo (hasta el 17 de enero de 2016). Se alude a los textos del catálogo que la acompaña y a los dos libros que acaban de publicarse en castellano con los escritos del creador:

“El friso de la vida” (Nórdicalibros), con prólogo de Hilde Boe; selección de textos y pinturas de Victoria Parra y traducción de Cristina Gómez-Baggethun y Kristi Baggethun.

“Cuadernos del alma” (casimiro) Selección y traducción de David Tiptree.

Dos textos de Edvard Munch

Sobre El grito

Paseaba por el

camino con dos

amigos –cuando

se puso el sol

De pronto el cielo

se tornó rojo sangre

Me paré, me apoyé

sobre la valla extenuado

hasta la muerte –sobre

el fiordo y la ciudad

negros azulados

la sangre se extendía

en lenguas de fuego

Mis amigos siguieron

y yo me quedé atrás

temblando de angustia –

y sentí que un inmenso

grito infinito recorría

la naturaleza

Sobre Encuentros en el espacio

Los destinos humanos

son como los planetas –

Como una estrella que

aparece en la oscuridad –

y se encuentra con otra estrella –

reluce un instante para luego volver

a desvanecerse en la oscuridad – así –

así se encuentran un hombre y una mujer –se

deslizan el uno hacia el otro brillan en un amor

– llamean – y desaparecen

cada uno por su lado –

Solo unos pocos se encuentran

en una gran llamarada – en la que ambos

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EdvardMunch

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