J.M. Caballero Bonald: “El poeta tiene que ser vigilante del poder”

Por Emma Rodríguez © 2014 / Acudí a entrevistar a un poeta de 88 años recién cumplidos y me encontré con un joven de espíritu crítico, de mente abierta, capaz de absorber los aires de los nuevos tiempos. No he dejado de pensar en el regalo que supone encontrarse con alguien así cuando alrededor no hacemos más que tropezarnos con conciencias cerradas, obtusas, temerosas. Mantiene José Manuel Caballero Bonald la desobediencia intacta, el entusiasmo despierto, la curiosidad alerta, la palabra siempre dispuesta a la sutil ironía, al hallazgo que se puede encontrar al descorrer la cortina que tapa los sentidos imprevistos.

Mantiene este hombre, que se asombra de esa extraña energía que en los últimos años conduce su mano sin descanso al trazo de iluminadores paisajes poéticos, el cautivador acento del sur. Seduce el ritmo con el que maneja las texturas del lenguaje, la actitud concentrada de quien está acostumbrado a detenerse ante el difuso rastro de los recuerdos antiguos y de quien no renuncia a saborear las mañanas que se levantan puras entre las nieblas de la memoria. Afirma el autor de Manual de infractores que ahora, más que nunca, siente la necesidad de decir lo que piensa a quien quiera escucharlo y sigue desenmascarando los disfraces tras los que se esconden los mediocres, los necios y sumisos de un presente enmarañado y avaro.

“El mundo cabe en esa súbita / constancia musical de haber vivido.”, leemos en uno de sus poemas. Del mundo, de la vida y sus tramos “ingobernables”, de los recuerdos y los olvidos, de las clandestinidades, de las renuncias y afanes, de la erosión del tiempo, del “rutinario azar de las habitaciones”, de tantas y tantas cosas esenciales, verdaderas, dolorosas, consoladores, dice mucho su obra. De los orígenes, de las lecturas, del trayecto recorrido, de la España de ayer y de ahora, hablamos en esta conversación que tuvo lugar una tarde otoñal en su casa de Madrid, una casa alegre pese al silencio de tantos libros.

Un silencio roto en el momento en que sonó el timbre que anunciaba la visita y se abrió un paréntesis en el discurrir de lo cotidiano, un discurrir que podemos suponer hecho de horas de lectura y de versos en construcción, de música de fondo y de charlas sosegadas, esas charlas familiares sobre los asuntos de la casa, sobre el entorno cercano, sobre las noticias de cada día, mantenidas con Pepa, la inseparable compañera de vida, esa mujer que abre la puerta con sonrisa y que tanto sabe de las inquietudes del poeta.

José Manuel Caballero Bonald por Nacho Goberna © 2014

A quien esto escribe, ese paréntesis, mientras la luz del día empezaba a decaer, le corroboró que esa rara energía de la que habla Caballero Bonald es una energía renovadora, una especie de lucidez que sobrevuela por encima de los prejuicios, de las simplezas, de los discursos trillados, de los tejados en ruinas. ¿Qué ha ganado y que ha perdido con el paso de los años? fue una de las preguntas. “Perder he perdido mucho, claro. La vejez es como una acumulación de pérdidas, pero también he ganado algo; sentirme justificado, de acuerdo conmigo mismo, haber llegado a un nivel suficiente de decencia”. La respuesta le define, retrata a quien confiesa necesitar seguir subiendo a la azotea de la casa natal en Jérez, la azotea de la infancia en la que se sentía feliz ejerciendo de explorador, sintiendo el sol intenso que lo abrasaba todo y esa sensación inolvidable de plenitud que se le ha quedado pegada a la piel como una suave caricia.

“Perder he perdido mucho, claro. La vejez es como una acumulación de pérdidas, pero también he ganado algo; sentirme justificado, de acuerdo conmigo mismo, haber llegado a un nivel suficiente de decencia”

– Creo que podemos empezar esta conversación en la Azotea, ese poema tan bello de Manual de infractores donde hablas del niño que fuiste, de esa mirada que ha persistido siempre. ¿Qué queda del territorio de la infancia?

– La infancia viene a ser como una memoria recurrente. Te acuerdas de pronto de cosas medio olvidadas que afloran con un nuevo sentido, con una nueva significación, que cruzan por la memoria como si te descubrieran algo que creías perdido, pero que estaba ahí, esperando su turno. Es como una especie de sedimento que resurge sin previo aviso. Ahora ya menos, pero hace un par de años, empecé a acordarme de cosas que habían desaparecido por completo y que volvían de otra forma a mis pensamientos. Entonces escribí muchos poemas basándome en esos recuerdos vagos, medio difusos. La infancia es una franja esencial de la biografía. En esos años te ocurren cosas que ya se fijan para siempre en tu modo de ser, en tu personalidad. Y yo escribo acordándome de lo que he vivido. Si no me acordase de lo que he vivido no podría escribir.

– “Fui feliz fugazmente algunas veces, / entre dos furias fui feliz, / lo fui de vez en cuando sin saberlo…” Seguimos en Azotea, con la imagen tan escurridiza de la felicidad.

– Claro. La felicidad es un concepto momentáneo. No se puede ser feliz constantemente, porque de ser así, aparte de aburrido, perdería su componente más imprevisto. Tú eres feliz de pronto. Hay instantes en los que te sientes pleno y de alguna forma realizado. Estás a gusto; estás bien de salud; estás con quien tu quieres. Todo eso se da junto en un momento dado. Es como un destello, no algo permanente. Lo que se da de forma continuada es otra cosa. Podemos llamarlo bienestar o buscar otros sinónimos, pero no felicidad.

–  En el poema relacionas ese sentimiento de dicha con “la ciudad solar”, que veías desde la azotea, y con la aventura de explorar, de descubrir el mundo. Ese escenario, para no claudicar, dices, lo tienes que reconstruir cada día.

– Ese es un recuerdo muy fijo y muy claro de mi infancia en mi casa de Jerez. Las azoteas andaluzas se comunican entre sí y para mí la expedición, el pasar de unas a otras, era toda una aventura. De mi azotea iba a la de los vecinos. Veía. Me asomaba a los sitios, a los patios. Ese recuerdo es absolutamente pleno. Me sentía, me siento, bastante feliz en esa azotea, con el sol, sobre todo el sol. La frase inicial de mi primer libro de memorias, Tiempo de guerras perdidas, dice algo así como que la infancia suele coincidir con el verano, y eso es verdad. Si yo recuerdo mi infancia veo el sol, el sol ese de la baja Andalucía, duro, tremendo, que lo absorbe y lo difumina todo.

–  ¿La percepción de la felicidad va cambiando con el tiempo? ¿Hasta qué punto se alimenta de recuerdos, de sensaciones que nos trasladan a lo vivido previamente con placer?

– Sí. Cambia mucho, porque en la infancia la felicidad también tiene un carácter de inocencia, de asomarte al mundo con ojos un poco ingenuos. Luego ya te vas maliciando. Con el paso de los años vas adquiriendo experiencias difusas que te hacen ser distinto, que te llevan por otros caminos que, de alguna forma, complican la vida. En la infancia los recuerdos son muy directos, muy simples. El objetivo está claro, pero a medida que uno crece ese objetivo se va enturbiando. En cuanto a lo que planteas de los recuerdos, la verdad es que yo nunca me he esforzado en recordar, excepto cuando empecé a trabajar en mis memorias. A veces se me olvidaba, no me acordaba bien de lo vivido. Entonces me inventaba un niño posible. Estoy seguro de que yo era como lo cuento, pero no puede ser una imagen del todo infalible. Está claro que me invento muchas cosas, pero todas están dentro de la realidad posible. Es difícil atrapar del todo los recuerdos. A veces están borrados por completo y tú los reconstruyes pensando en las posibilidades de que eso sea efectivamente veraz, pero no puedes comprobar de ninguna manera que fue exactamente así.

En la infancia la felicidad tiene un carácter de inocencia, de asomarte al mundo con ojos un poco ingenuos. Luego ya te vas maliciando. Con el paso de los años vas adquiriendo experiencias difusas que te hacen ser distinto, que te llevan por otros caminos que, de alguna forma, complican la vida.

– Damos un salto. Vamos a tus memorias. Hay un episodio que siempre me viene a la mente cuando pienso en ti, el episodio de los acostados de tu familia, de la rama de los Bonald, que tan magníficamente relatas en Tiempo de guerras perdidas. Me impactó mucho en su momento.

– Sí. Puede ser impactante. Yo conocí a cinco Bonald que decidieron permanecer acostados, pero en mi casa no se hablaba de ellos con desacuerdo. “Rafael, que como sabes, está acostado…”, se decía de forma habitual. Ni siquiera había alarma. Se hacía referencia a ellos de la manera más normal. Para mí ese ha sido un recuerdo muy intenso. Ahí estaba mi abuelo, mi tío Rafael, mis tías Isabela y Carola, un primo muy cercano. Estaban todos acostados y se levantaban esporádicamente. Ese fue, digamos, el acicate que me movió a empezar a escribir las memorias. Empecé por ese capítulo que luego no fue el primero, sino que ocupó su sitio en el transcurso de la narración. Al principio me pareció muy literario porque no se trataba de enfermos ficticios, sino de personas que se metían en la cama porque pensaban que la cama era el lugar más idóneo para pasar la vida y punto. No había más explicaciones y a mí eso me parecía muy atractivo. Inicié mis memorias a través de esa experiencia que conservé muy viva desde niño y que estuvo muy presente incluso en mi primera juventud. Tenía 25 años y ahí seguía mi primo acostado y una de mis tías. Eso ha permanecido muy fijo en mi memoria.

– ¿De qué manera esos familiares abrieron en ti las puertas a la imaginación, a la diferencia, a la rebeldía frente a lo común? Está claro que con su actitud rechazaban los convencionalismos de la sociedad. ¿Hasta qué punto te influyeron?

– Esos episodios forman parte del anecdotario de una parte de mi familia. Hay en todo eso como el sustrato de una manera de ser, de unos gustos o de unas inclinaciones que creo haber heredado. Como decía, se vivía con absoluta naturalidad. Que alguna rama de la familia se arruinara por ello es otra cuestión. Yo, repito, empecé a escribir mis memorias a partir de esas experiencias tan literarias. Incluso he tenido serias tentaciones de quedarme en la cama, pero mi mujer no me deja. En cuanto a lo que dices de la rebeldía, no creo que en ese sentido influyera en mí de una manera muy directa, porque tampoco creo que ellos tuvieran un concepto de rebeldía, de enfrentamiento a la sociedad. No. Se acostaban por puro capricho, de una manera arbitraria, sin mayores discursos o juicios de valor.

Lo de los acostados de la parte Bonald se vivía con absoluta naturalidad. Que alguna rama de la familia se arruinara por ello es otra cuestión. Yo, repito, empecé a escribir mis memorias a partir de esas experiencias tan literarias. Incluso he tenido serias tentaciones de quedarme en la cama, pero mi mujer no me deja…

– En la continuación de las Memorias, La costumbre de vivir, Caballero Bonald traza retratos de algunas de las grandes figuras de las letras españolas no siempre complacientes: la cursilería de Juan Ramón, la autocompasión de Cernuda, los amaneramientos retóricos de Lorca en la recreación de la mitología andaluza… Y, en referencia, a compañeros, a amigos cercanos, los excesos de autoestima de Barral, por ejemplo. Se parte en todos los casos de la admiración, pero sin dejar de ver los puntos débiles de cada uno de ellos.

– Bueno, esos retratos apresurados son exactamente eso, unos retratos apresurados, extremosos, que aluden como de pasada a los rasgos menos aceptables y más infrecuentes de los retratados. Todos parten de recuerdos, de lecturas y también, en algunos casos, de experiencias vividas juntos. El ejercicio consistía en acordarme de la parte de estos personajes más frívola, más descuidada o superficial, para de pronto hacer una nota extrema. Pero eso tiene un carácter muy esporádico, porque a lo largo del tiempo yo he sido un lector muy fiel de muchos de ellos, a los que cuento entre mis autores predilectos. Ahora apenas leo novedades, pero sí releo mucho todo aquello que me resultó placentero en su día. Tengo una lista privada de relecturas de mis maestros, que va de los barrocos castellanos a los simbolistas franceses. Ahí están Juan Ramón, Cernuda, Lorca, hasta llegar a Valente o Barral, pasando por Valle Inclán, Rosales, Cunqueiro, Octavio Paz y la narrativa latinoamericana anterior al “boom”, que a mí me influyó mucho: Onetti, Rulfo, Lezama Lima, Carpentier… Sobre todo Onetti y Rulfo han sido para mí maestros invariables.

José Manuel Caballero Bonald por Nacho Goberna © 2014

– Has dicho que te hiciste escritor porque otros escritores te abrieron una puerta.

– Sí. Yo creo que uno se hace escritor porque primero fue lector. Si yo no hubiera sido lector de libros que me deslumbraron de alguna forma, que me emocionaron de un modo distinto al habitual, no hubiera escrito nada. Yo quería imitar un poco a quienes me hicieron descubrir la vida a través de la escritura, de la palabra. Todos los escritores han sido primero lectores. Nadie empieza a escribir por generación espontánea, sin un previo sedimento de experiencias literarias.

Ahora apenas leo novedades, pero sí releo mucho todo aquello que me resultó placentero en su día. Tengo una lista privada de relecturas de mis maestros, que va de los barrocos castellanos a los simbolistas franceses. Ahí están Juan Ramón, Cernuda, Lorca, hasta llegar a Valente o Barral…

– ¿Recuerdas una lectura en especial?

– Bueno, recuerdo las primeras novelas que me impactaron y que fueron novelas ambientadas en el mar, de aventuras: Stevenson, Conrad, Melville, Jack London... Luego estuve enfermo, como muchos otros muchachos de la inmediata posguerra, y tuve que reposar un año debido a una afección pulmonar. Fue en ese tiempo cuando leí dos libros fundamentales: la Antología Poética de Gerardo Diego, que me condujo a los poetas del 27, y la Segunda Antología de Juan Ramón. Ahí se me abrieron las puertas de un mundo que de alguna forma me apasionaba y donde encontré un arraigo, una sensibilidad nueva que me instó a querer seguir por ese camino, a querer escribir como ellos.

– Hablabas del mar. Supongo que la fascinación por el mar te llevó a estudiar naútica, con especial interés por la astronomía dentro de la carrera, pero también Filosofía y Letras. Al final optaste por la literatura, por la poesía. En cierto modo es una manera de abarcarlo todo, ¿no?.

–  Sin duda. Yo creo que la poesía es la máxima temperatura que se puede conseguir manejando el idioma. Pero la verdad es que todos esos estudios que mencionas: de naútica, de astronomía naútica, de Filosofía y Letras en Sevilla, en Madrid, a mí me sirvieron de muy poco. La universidad en aquellos años, la de Sevilla, sobre todo, que estaba medio en manos del Opus Dei, no me aportó demasiado. Recuerdo con mucha desgana, con mucha descreencia, todo lo que aprendí o leí durante esos años. Mi poesía bebe, en el fondo, de un espíritu, de una tendencia, autodidacta. A través de las lecturas yo quise formarme mi propia personalidad poética y trabajé mucho con el lenguaje, pero por mi cuenta, sin nada de academicismos.

– ¿Con quiénes de tus compañeros de generación que ya no están te gustaría volver a mantener una conversación? ¿A quiénes echas de menos en algún momento?

– Me gustaba hablar y vivía mucho con Ángel González. Recuerdo las noches de Madrid, tan largas, en las barras de los bares, buscando siempre el último garito de la noche. Todo aquello me atraía mucho. Era en plena etapa franquista, sombría, mezquina, hostil culturalmente hablando, pero nosotros buscábamos nuestra propia libertad y nuestra propia felicidad, bebiendo, trasnochando, hablando y a veces incluso en silencio. Yo podía estar con algún amigo, en la barra de un bar, sin hablar, durante bastante tiempo. También echo de menos a José Ángel Valente. Era muy inteligente, culto, muy formado y buen conversador, pero también muy divertido. Estuve con él desde el principio, desde la vida estudiantil, en el colegio mayor de Nuestra Señora de Guadalupe, y lo pasábamos realmente bien. Compartimos andanzas inolvidables, viajamos juntos a bastantes sitios y siempre nos reíamos. Eso sí que lo echo de menos.

Me gustaba hablar y vivía mucho con Ángel González. Recuerdo las noches de Madrid, tan largas, en las barras de los bares, buscando siempre el último garito de la noche. Todo aquello me atraía mucho. Era en plena etapa franquista, sombría, mezquina, hostil culturalmente hablando, pero nosotros buscábamos nuestra propia libertad y nuestra propia felicidad, bebiendo, trasnochando, hablando y a veces incluso en silencio.

– ¿Se siente Caballero Bonald un superviviente? La generación de los 50 ha sido una generación muy desafortunada. Se han ido casi todos demasiado pronto, antes de lo que les correspondía.

– No es que me considere, es que soy de hecho un superviviente. El grupo poético del 50 es un grupo diezmado antes de tiempo. Todos murieron tempranamente, algunos de una forma violenta. Hay suicidios, formas de vida que pudieron acelerar la muerte, en ocasiones el alcoholismo. Ha sido una generación en este aspecto desdichada, sí. Me he quedado prácticamente solo. Bueno, también está Francisco Brines...

– Me apetece que nos detengamos en otra imagen tuya, mucho más actual, el Caballero Bonald, que acaba de cumplir 88 años y que dice que ahora, más que nunca, siente la necesidad de escribir poesía. En el acto del Instituto Cervantes donde se presentó recientemente Anatomía poética (Círculo de Tiza) decías que te parecía incluso obsceno estar tan entregado a la poesía, un género más afín a los ímpetus y pasiones juveniles.

– Ese es un asunto muy extraño… Además, escribir poesía a mi edad parece una actividad más bien intempestiva. Pero eso es lo que me pasa.  Sin darme cuenta, de pronto, surgió esa necesidad de contar cosas que no había contado, de expresarme de otra  manera a través de la poesía. Se me despertó en estos últimos años como una especie de urgencia, una energía diferente, rara, que me hacía sentirme como rejuvenecido, no sé, como si me sirviera de alivio, como si me defendiera así de todo lo que detesto. Y por ahí ando. No he cesado de escribir poesía en los últimos seis o siete años. Es lo único que he hecho, realmente. Antes, entre un libro y otro, podía tardar una década; ahora no. Más que una necesidad es como un destino que me obliga a escribir poesía con cierto apremio, no sé por qué. Eso es lo que me pasa.

Escribir poesía a mi edad parece una actividad más bien intempestiva. Pero eso es lo que me pasa.  Sin darme cuenta, de pronto, surgió esa necesidad de contar cosas que no había contado, de expresarme de otra  manera a través de la poesía. Se me despertó en estos últimos años como una especie de urgencia, una energía diferente, rara, que me hacía sentirme como rejuvenecido, no sé, como si me sirviera de alivio, como si me defendiera así de todo lo que detesto.

José Manuel Caballero Bonald y Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2014

– ¿De qué te salva la poesía o de qué te consuela?

– Siempre he dicho que la poesía tiene un elemento curativo, lenitivo. Te consuela de todo lo que detestas, se convierte en una forma de defensa contra las ofensas de la vida, te permite hacer frente a aquello que menosprecias. La verdad es que cuando escribo en contra de algo, después de hacer un poema ya sea satírico o de crítica moral, me siento mejor. Es como si hubiera descansado de una exacerbación, de un deseo de contar algo que no me podía callar.

– Pero esto desmiente lo que decías de que la poesía es propia de la juventud. En tu caso ha ganado con los años, ha ido surgiendo con mayor fluidez, en lo que supongo ha influido también el dejar de lado otras ocupaciones y obligaciones.

– No sé si ha ganado… En intensidad, en número de poemas escritos, desde luego. Y, bueno, también creo que se ha ido sedimentando y he llegado más lejos en el manejo del lenguaje, en la estructura del poema, algo que siempre me ha preocupado y en lo que he trabajado bastante. Por otro lado, es cierto que ahora ya no tengo más ocupaciones que sentarme a la mesa a escribir un poema, buscar un libro que releer, escuchar música… No hay obligaciones que atender ni escribo por encargo de nadie. Escribo lo que quiero y a la hora que quiero. Y eso hace que me sienta, de algún modo, más pleno, con más ganas de seguir escribiendo, de no perder el hábito, porque si uno deja de escribir un cierto tiempo es como si se anquilosara el mecanismo de la expresión. Necesitas habilitar el idioma, darle su sitio en el trabajo cotidiano.

– ¿No crees que, además, los años otorgan una cierta sabiduría?

– Es posible, sí. Los años van decantando, seleccionando tus puntos de vista… A la vez que aumenta el escepticismo, que crecen las dudas, las descreencias, se va afianzando el papel que le corresponde a la literatura en el terreno del arte y aun en el de la Historia. No sé si eso forma parte de la sabiduría, pero sí es una consecuencia de la educación estética, de la sensibilidad. Yo me considero hijo del romanticismo y del surrealismo, ya digo, y supongo que con los años he sabido decantar en mi obra esa herencia.

– ¿Y en qué medida ha ido modificándose, ha ido variando el concepto, la percepción del tiempo?

– Sí. El tiempo ahora pasa más rápido. Todos los viejos cuando miran hacia atrás piensan en cómo es posible que haya pasado tanto tiempo ya. De pronto se percibe como una especie de aceleración vertiginosa de la experiencia. Yo, por ejemplo, he estado en muchísimos sitios. He vivido tres años en Colombia. He vivido en La Habana, en París, en Mallorca... Y de pronto todo eso es irreal, se presenta como si fuera una especie de conjunto de nubes que se van abriendo de vez en cuando y te dejan ver algo concreto. De pronto todo es como una gran duda, como una gran incertidumbre. Pero, ¿todo eso ha ocurrido?, te preguntas. Parece una ficción.

Somos el tiempo que nos queda, es el maravilloso título de tu Poesía Completa. ¡Cuánto se dice con tan pocas palabras!.

– Esa frase tiene un carácter ambiguo. Contiene un sentido literal y a la vez un sentido metafórico, porque “somos el tiempo que nos queda” puede entenderse como que somos lo que nos queda por vivir, es decir, que estamos actuando de acuerdo con el tiempo que tenemos por delante, pero también se alude a que somos el tiempo que nos queda, lo que nos ha quedado después de haber vivido.

– ¿Recuerdas los primeros poemas que escribiste? ¿De qué manera se ha modificado tu relación con la poesía a lo largo del tiempo? ¿Cómo era cuando empezabas, cómo es ahora?

– Yo tengo ya mis etapas, qué menos. He ido atravesando por zonas distintas de influjos y de objetivos… Desde mis primeras tentativas más o menos inocentes, más o menos barrocas, hasta mis actuales pesquisas en el terreno del lenguaje, han pasado muchos años, más de 60, que ya es decir. Mi adhesión al romanticismo, al simbolismo, al surrealismo, ha ido concretándose paulatinamente en la concepción de la poesía como construcción verbal, como hecho lingüístico. Creo que la poesía consiste en esas palabras que crean una nueva realidad, que descubren un nuevo sentido del mundo.

– Alguien me ha dicho que ya hay un nuevo libro y que ese nuevo libro, como casi todos los tuyos, tiene un título alumbrador, Desaprendizajes. ¿Me han informado bien? ¿Sigue por el cauce abierto con Manual de infractores?

– Sí. Ese es el título del libro que Seix Barral publicará el próximo mes de marzo. En él reaparecen el tono paródico y algo sentencioso, el sarcasmo, la crítica de la vida, de la sociedad, de la cultura, pero lo hacen con mayor nitidez. Son poemas que enlazan, en cuanto a construcción verbal y a ruptura imaginativa, con una corriente estética que ya se insinuaba en algún libro anterior y que encuentra en éste su natural culminación. Se trata de poemas dispuestos como si fueran prosa. No me gusta llamarlos poemas en prosa, porque esto es equívoco. Son poemas donde la distribución es a renglón corrido, sin que el verso esté cortado. Y estoy contento con el resultado porque me siento muy expresado. Ahí está todo el enfrentamiento a una sociedad hostil, a un fin de siglo, como se ha dicho tantas veces. El grado de descomposición social, la inmoralidad, todo tiene cabida, de alguna forma. Se trata de una poesía que pretende diseccionar paisajes y figuras de la sociedad civil, descifrar el lado oculto de la realidad por medio de las claves del lenguaje.

José Manuel Caballero Bonald por Nacho Goberna © 2014

En Desaprendizajes, mi nuevo libro, que se publicará el próximo mes de marzo, está todo el enfrentamiento a una sociedad hostil, a un fin de siglo, como se ha dicho tantas veces. El grado de descomposición social, la inmoralidad, todo tiene cabida, de alguna forma. Se trata de una poesía que pretende diseccionar paisajes y figuras de la sociedad civil, descifrar el lado oculto de la realidad por medio de las claves del lenguaje.

– La idea de bucear una y otra vez en la memoria, de iluminar los huecos tapados por el tiempo, de desandar lo vivido, anima gran parte de tu poesía. ¿Se trata ahora de desaprender, de volver al momento en el que nada se sabía?

– Sí. Aquí yo quiero olvidarme de ciertas cosas que he aprendido para empezar de nuevo, como si partiera de cero, sin el peso de esas lecciones que, con el paso del tiempo, me parecen nocivas, poco edificantes. Me quiero olvidar de muchas lecciones que he recibido a lo largo de mi vida, no sólo literarias sino también amorales.

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo, en el grupo de las literarias, te puedo decir que yo ahora detesto todo lo que sea realista. No me gusta el realismo plano, quiero decir, explícito. Creo que la literatura es lo que queda después de traspasar la realidad. Es una construcción verbal, un hecho lingüístico, y lo que no tenga una preocupación artística se queda en eso, en literatura informativa, literatura de entretenimiento, que a mí eso no me interesa para nada ya.

– ¿Sólo la poesía permite recuperar el misterio inicial, tal vez la inocencia?

– La inocencia no. La inocencia que se ha perdido ya se ha perdido para siempre, pero sí creo que la poesía intenta de alguna forma descifrar con las claves de la palabra lo que hay detrás de la realidad, las cosas perdidas, los hechos ocultos, los enigmas de la vida cotidiana, pero sobre todo hace que las palabras, por su misma potencia creadora, saquen a flote un mundo desconocido, una realidad nueva. Por todo eso estoy en contra del realismo. El realismo no descifra nada. El realismo cuenta la vida tal como es y yo no quiero que me cuenten la vida. Para eso la leo en los periódicos o me asomo a la ventana. Lo que yo quiero es que me interpreten la vida. La literatura es una interpretación de la vida. Lo que queda después de traspasar la realidad es la poesía. La lengua, el lenguaje, es el que va creando una atmósfera en la cual el lector se siente atraído porque le descubre una nueva realidad, porque le permite vislumbrar un mundo desconocido.

– ¿Qué piensas cuando te levantas cada mañana y te asomas a la realidad?

– ¿A la realidad? ¿A qué realidad, a la que ahora mismo refleja la situación de la sociedad? Pues en este caso, pienso que estamos, como suele decirse, al final de un ciclo. Hemos llegado al límite de un proceso de descomposición, al límite de la inmoralidad, de la desfachatez, de la corrupción sistemática, de la carencia de principios éticos… La verdad es que ante todo esto me abrumo, me siento aturdido. Cada día hay un nuevo motivo para estar preocupados. Asistimos al espectáculo de las corrupciones, de la degradación de las costumbres -los malos modales, la mala educación-. Y está esa avarienta necesidad de cierta gente por acumular riquezas y almacenarlas fuera de España. Todos esos hipócritas que andan defendiendo la ética profesional y luego resulta que son unos corruptos al cabo del tiempo. ¿Qué más puedo decir? No me gusta nada lo que veo. Todo eso me exaspera y me llena de indignación. Ya dije alguna vez que si fuera joven me iba otra vez de España.

-Ya te marchaste durante la posguerra. Fuiste muy bien acogido en países como Colombia, donde ejerciste como profesor y te integraste muy bien en la vida cultural.

– Sí. Colombia ha sido una patria para mí. Uno tiene muchas patrias. Hay un proverbio latino que dice que el sitio donde estés bien esa es tu patria y yo casi lo aumento diciendo que tu patria es lo que ves desde la ventana de una casa donde vives feliz. Yo he tenido dos, tres, cuatro patrias a lo largo de mi vida. Una de ellas es Colombia; otra el Coto de Doñana; otra Galicia y una última podría ser París.

– Tus poemas están llenos de infractores, de desobedientes, de transgresores. ¿Todo eso te define? ¿Sigues siendo un desobediente?

– Sí. Yo creo que la desobediencia es una consecuencia del pensamiento crítico. Hay que desobedecer. Hay que decir no. Tienes que desobedecer cuando ves que lo que ocurre a tu alrededor está en contra de tus juicios más elementales, humanos, enfrentado a lo que hoy parece que se olvida con frecuencia, los derechos humanos. Los derechos humanos deben de formar parte de la doctrina cotidiana de toda persona decente.

– Sin embargo ahora estamos asistiendo al surgimiento de nuevos movimientos, partidos, plataformas que defienden el bien común, lo público. ¿Te parece esperanzador?

– Desde luego, afortunadamente. Está bien que lo recuerdes porque si no fuera así sería un infierno. Estábamos ya en las últimas, realmente, y vemos que esa esperanza existe todavía, ese vislumbre de que algo va a cambiar, de que puede cambiar. El movimiento de Podemos es un movimiento muy positivo, con el que yo estoy de acuerdo. Comparto  muchas de las cosas que están diciendo y confío en que poco a poco se vayan fraguando, organizándose mejor. Esperemos que les dejen.

Estábamos ya en las últimas, realmente, y vemos que esa esperanza existe todavía, ese vislumbre de que algo va a cambiar, de que puede cambiar. El movimiento de Podemos es un movimiento muy positivo, con el que yo estoy de acuerdo. Comparto muchas de las cosas que están diciendo y confío en que poco a poco se vayan fraguando, organizándose mejor. Esperemos que les dejen.

– ¿Por qué detuviste tus Memorias en la muerte de Franco? ¿Cómo ves ahora, a distancia, la Transición, todo lo que ha venido después? Ha llegado un momento en el que nos hemos dado cuenta de que toda esa etapa que creíamos tan ideal no lo fue tanto…

José Manuel Caballero Bonald por Nacho Goberna © 2014

– Sí. Yo quería escribir el tercer tomo de las Memorias, desde la muerte de Franco en adelante, pero no lo hice porque me quedé sin ganas de contar todo lo que viví muy de cerca durante ese periodo. Esos años que van de la desaparición del dictador al golpe de Tejero, fueron seis años terribles: la violencia callejera, los secuestros y asesinatos de ETA y de la extrema-derecha, los guerrilleros de Cristo Rey, Fuerza Nueva y luego el ejército en estado de alarma constante. Aquello era un berenjenal. Todo estaba al borde del precipicio. Y la Transición, efectivamente, fue un apaño de urgencia, una componenda para que la izquierda aceptara un poco para no perderlo todo y la derecha cediera algo para no perder nada. Se estableció como un ten con ten con la ley de amnistía, que impidió un nuevo enfrentamiento entre los herederos del régimen y los que abogaban por un tribunal que juzgara sus crímenes. Se decretó la Historia sin culpables, el punto y aparte y demás. A lo mejor no se pudo hacer de otra forma; a lo mejor era entonces la única solución posible, no digo que no, pero ahí hay algo que soldó mal y quedó un franquismo latente que reaparece de cuando en cuando. Nadie juzgó los crímenes cometidos durante la dictadura. Seguramente en esos primeros años no se pudo hacer porque se habría ido otra vez todo al garete. De pronto los franquistas se disfrazaron de demócratas inmediatamente, parecía que nadie había sido franquista. Todos eran demócratas. Y se prefirió no mover demasiado las cosas por temor a que se produjera otro enfrentamiento irreconciliable, a que si se cambiaba mucho lo ya establecido a lo mejor todo se venía abajo otra vez.

La Transición, efectivamente, fue un apaño de urgencia, una componenda para que la izquierda aceptara un poco para no perderlo todo y la derecha cediera algo para no perder nada. Se estableció como un ten con ten con la ley de amnistía, que impidió un nuevo enfrentamiento entre los herederos del régimen y los que abogaban por un tribunal que juzgara sus crímenes. Se decretó la Historia sin culpables, el punto y aparte y demás.

– Pero esa asignatura sigue, de algún modo, pendiente.

– Bueno, la ley de amnistía está ahí, y eso ya no se puede mover, pero también hay juristas que piensan que hay un rango superior de ley que es la ley de los crímenes contra la humanidad, que nunca prescriben. Baltasar Garzón inició ese camino y ya vimos lo que sucedió. Es un asunto muy complicado.

– Republicano convencido, Caballero Bonald fue también a parar durante el franquismo a la cárcel. ¿Esa etapa de lucha también permanece entre nubes, se ha difuminado con el tiempo?

– Bueno, yo sólo estuve un mes en la cárcel, en Carabanchel, y no puedo decir que mi experiencia fuera tan dura como la de muchos otros. Pero sí recuerdo que, en cierto modo, no me importaba nada estar allí por ser antifranquista, por luchar  a favor de las libertades públicas. Todo eso me sigue pareciendo aún hoy una actitud digna.

– En Anatomía poética, que acaba de ser publicado por Círculo de Tiza y donde tus composiciones se acompañan de dibujos del pintor canario José Luis Fajardo, hablas, como otras veces, de las servidumbres y arribismos, de las asambleas de gregarios. ¿Hasta qué punto es una sátira contra el poder, contra los poderes de todos los tiempos, contra el mal uso, o abuso, del poder?

– Sí. Se trata de una crítica del poder, sea del signo que sea. El escritor, por definición, tiene que ir contra el poder. El poder nunca es ni perfecto ni intocable. Los errores humanos son absolutamente inevitables y el escritor, el poeta, el intelectual en general, tiene que ser vigilante del poder. Entre otras cosas, en el libro está ese espíritu. Se trata de una sátira contra el poder, pero también de una crítica severa de la sociedad. Ahora menos que nunca aguanto no decir lo que pienso.

– ¿Crees que ante la realidad que vivimos sólo cabe la disidencia? “Bienaventurados los insumisos”, dices en un poema.

– La disidencia es una buena respuesta frente a los desmanes de la Historia. Hay que enfrentarse a los gregarios, a los sumisos. La disidencia es una contestación, una respuesta a eso que he dicho antes de no quedarse callado. Quedarse callado es la peor opción posible. La disidencia es estar enfrentado a lo que a ti te parece sinceramente mejorable, errores ajenos o desmanes ajenos que no admites. Entonces tienes que salir al paso y denunciarlos de alguna forma, a través de la palabra, en mi caso, aunque yo también puedo defender o puedo estar de acuerdo con quienes piensan que una cosa es la persona y otra cosa el escritor. Yo, como persona, puedo ser un político activo y estar en la calle, y como escritor puedo estar en otro lado. No hace falta que en la escritura se refleje todo lo que se piensa políticamente. Se puede reflejar, pero no necesariamente. En este libro último, en esta Anatomía poética sí que hay mucho de esa crítica a personajes de la historia actual, de figuras que están por ahí pululando. Se trata de metáforas, de modelos, de modélicos (risas), que podemos llegar a identificar.

La disidencia es una buena respuesta frente a los desmanes de la Historia. Hay que enfrentarse a los gregarios, a los sumisos. La disidencia es una contestación. Quedarse callado es la peor opción posible. La disidencia es estar enfrentado a lo que a ti te parece sinceramente mejorable, errores ajenos o desmanes ajenos que no admites.

– Hubo un antecedente de este libro, Los personajes de Fajardo, cuyo destino no fue afortunado… ¿Qué se ha recuperado de esa obra?

– Bueno, se puede decir que fue una primera edición editada por el Cabildo Insular de Tenerife hace ya unos treinta años en la que había algunos textos de los que aparecen aquí, pero muy pocos, porque la mayoría son recientes. La verdad es que esa publicación tuvo mala suerte. El Cabildo guardó los ejemplares en un almacén, pero el almacén se inundó y desaparecieron. De pronto, al cabo del tiempo, a alguien se le ocurrió recuperar los textos, reeditar el libro, pero yo no le vi el sentido. Pensé en nuevas cosas y así surgió Anatomía poética, donde de nuevo mis versos dialogan con los dibujos de Fajardo, un gran pintor con cuya compañía disfruto.

José Manuel Caballero Bonald por Nacho Goberna © 2014

– El día que recibiste el Premio Cervantes hablaste de la libertad, de la cultura, de los libros que fueron quemados por gobernantes que los consideraban peligrosos. Todo eso lo dijiste ante dirigentes que no han dudado, que no dudan, en recortar, en desmantelar, en silenciar, la cultura. Allí estaban Rajoy, el ministro Wert…

– Bueno, momentos como esos hay que aprovecharlos para decir lo que uno piensa. Cuando empecé a escribir el discurso pensé que no se trataba sólo de dar las gracias, que tenía que denunciar lo que estaba pasando. Hablé de los desahucios de la razón tan abundantes ahora, de las erratas de la Historia. Hice muchas alusiones indirectas a esta sociedad en decadencia y a una política con la que estoy en total desacuerdo. ¡Qué disparate, por ejemplo, el IVA del 21 por ciento!. Va a costar mucho tiempo recuperar lo que se está perdiendo con esos abusos de impuestos a la cultura. En realidad el discurso del Cervantes fue un discurso sobre la libertad. Cuando hablo de la quema de libros, de las hogueras de la Inquisición, quiero decir que todo fue parte de lo mismo. Quemaban hombres o quemaban libros, todo lo que fuera contra el poder establecido, contra la ortodoxia. Frente a todo eso, que sigue manifestándose bajo otras formas, hay que seguir luchando.

–  También dijiste que la poesía te ha enseñado todo lo que sabes de ti mismo, todo lo que piensas y hasta lo que todavía no piensas. Eso es maravilloso, ¿no? ¿Qué últimas cosas te ha enseñado? ¿De qué manera el lenguaje, las palabras, son capaces de revelarnos secretos y matices inéditos?

– Tengo la impresión de que hoy por hoy la literatura se produce un poco al margen de todo eso. El estilo, la voluntad indagatoria en el lenguaje, la búsqueda de un fundamento artístico, han quedado desplazadas por las prisas, la comercialización, la banalidad. Frente a la literatura artística prolifera la literatura informativa o de entretenimiento. Frente a la palabra que trasciende la realidad, el realismo plano. Cada vez estoy más en contra de esas limitaciones. Como dije más de una vez, exagerando la nota, lo que no es barroquismo es periodismo.

– Dos poemas de J.M. Caballero Bonald extraídos de su libro “Manual de infractores”. –

AZOTEA

Fui feliz fugazmente algunas veces,
entre dos furias fui feliz,
lo fui de vez en cuando sin saberlo.

Por ejemplo en la ciudad solar que se veía
desde aquella azotea de la infancia,
tentadora ciudad a rachas flameando
en los celestes mástiles del tiempo,
mientras iniciaba la vida la aventura
de descubrir el mundo a escondidas del mundo.

Allí subsisto aunque no esté, allí
perduro en medio
de la devastación de esa azotea
que reconstruyo cada día para no claudicar.

&

BIENAVENTURADOS LOS INSUMISOS

Ni la justicia con sus manos ciegas,
ni la bondad de ojos efímeros,
ni la obediencia entre algodones sucios,
ni el rencor que atenúa
la desesperación de los cautivos,
ni las armas que arrecian por doquier,
podrán ya mitigar esas lerdas proclamas
con que pretenden seducirnos
aquellos que blasonan de honorables.

Quienquiera que merezca el rango de insumiso
descree de esa historia y esas leyes.
El poder de los otros
nada sino desdén suscita en él.
Ha aprendido a vivir al borde de la vida.

José Manuel Caballero Bonald por Nacho Goberna © 2014

– En esta entrevista se habla de muchos de los libros de J.M. Caballero Bonald. Recientemente Círculo de Tiza ha publicado Anatomía poética, donde los poemas del autor se acompañan de los dibujos del pintor canario José Luis Fajardo. El próximo mes de marzo la editorial Seix Barral sacará a la luz Desaprendizajes.

– Todas las fotografías de José Manuel Caballero Bonald fueron tomadas, por Nacho Goberna, en la casa del poeta en Madrid durante el transcurso de esta entrevista. El videoclip que abre esta entrevista (con la bella “Pavane pour une infante défunte” de Maurice Ravel de fondo) también fue grabado y editado por N.G. En ambos casos, Fotografías y vídeo: Nacho Goberna © 2014.

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