Una novela en teselas —inédita— de Antonio Pereira

Este texto debería haber formado parte de la “Nota de autor”  final de mi novela SolitarioS (Menoscuarto, 2013) donde se levanta la imaginaria ciudad Barrio de Piedra. Ojalá Antonio Pereira hubiera admitido situarla entre sus ciudades de Poniente.

Por José Manuel de la Huerga © 2014 / El periódico de mi ciudad de provincias, —entre las ciudades de Poniente, la ciudad más al Noroeste, donde se cruzan los caminos de La Regenta y San Manuel, de Tras-os-montes y el castillo de Grajal— me ha encargado un reportaje sobre la última novela, inédita, de Antonio Pereira. Sé que buena parte de los protagonistas de esta obra andan ya algo achacosos (por no decir directamente muertos, como Pedro Páramo y compañía), en torno a la calle del Agua de su Villafranca del Bierzo, y al otro lado del río, en el barrio de La Cábila. Desconozco si esta búsqueda terminará dando con los motores escondidos de la génesis de una obra que los críticos, antes de su publicación, ya saludan como la cumbre novelística del medio siglo en este país del Noroeste, y eso que todavía no ha salido (y dudo mucho que alguna vez salga a la luz). Desconozco también si el escritor estará por la labor de responderme a la pila de preguntas que le tengo preparadas, de encontrarlo como espero, en alguno de sus posaderos habituales.

Con todas estas precauciones, me echo a la calle desde la pensión La Trucha y me encamino a la ferretería familiar de los Pereira. Los golpes del yunque ahormando un caldero me entretienen unos instantes. Pero cuando voy a pasar al fondo del establecimiento a pedir razón a ese herrero viejísimo que, por la música de su martillo, aún conserva garbo para la eternidad, me sorprende una fragua helada y un yunque mudo como un muerto. Y algo contrariado, y prevenido, me meto en la ferretería paredaña.

El padre ferretero sí que anda trasteando por ahí, y tiene carrete:

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—Huy, hijo, a buen pájaro vas tú a cazar. No sé yo qué te diga. ¿Miraste en la imprenta del tío Tomás? Lo que le gustan a ese chico las tipografías… O a lo mejor anda graduándose otra vez, en la óptica.

Parece ser que al niño Antonio le tuvieron que calzar, con trece años, unas gafas de aumento, lo que viene siendo unos señores culos de vaso, porque el chico había salido cegato, y a resultas de ello, bastante remiso y apocado en los juegos bestias de los mozos: ni fútbol en las eras junto al río, ni peleas a cantazo limpio entre pardales, ni cualquiera de las ocurrencias descerebradas —a que no hay…— de los quintos una tarde de domingo en las bodegas. Con tales apósitos, Antonio tendrá que ir para fraile o para maestro de escuela. Algo de libros y de cosas del alma.

El ferretero arrastra una pereza infinita, prepara paquetitos de clavos por docenas, y sueña que el hijo se vuelva viajante de electrodomésticos de aquí a Galicia o de aquí a Madrid, y se conozca todas las pensiones del camino y coma con los camioneros en los bares de carretera. Este país da para poco.

Parece ser que al niño Antonio le tuvieron que calzar, con trece años, unas gafas de aumento, lo que viene siendo unos señores culos de vaso, porque el chico había salido cegato, y a resultas de ello, bastante remiso y apocado en los juegos bestias de los mozos: ni fútbol en las eras junto al río, ni peleas a cantazo limpio entre pardales, ni cualquiera de las ocurrencias descerebradas de los quintos una tarde de domingo en las bodegas. Con tales apósitos, Antonio tendrá que ir para fraile o para maestro de escuela. Algo de libros y de cosas del alma.

En la óptica tampoco me dan razón del plumífero. Me aconsejan que eche un ojo en la tienda de ultramarinos del señor Lucas, un poco apartada, casi en la salida del pueblo, en dirección a San Tirso y Valdeperón, donde se ve una ventana de convento que mira hacia la carretera. Según voy a la tienda, oigo voces gruesas de hombres y juramentos arrastrados en el interior de la taberna que ha colgado un trapo rojo en la entrada, parece que anuncia el vino cosechero de la última pisa. No sería de extrañar que el escritor anduviera con su peña de viejos amigos que volvieron de América, haciendo el cómputo de taninos y asperezas, de suaves melancolías por ausencias. Pero mejor lo dejo apuntado para luego, no sea que el pájaro haya vuelto a volar. Marcho a la tienda de Lucas, siguiendo el pálpito de los viajantes de comercio.

El señor Lucas no quita de la comisura el palillo que mastica y se ríe con la retranca propia de los oriundos de esta tierra de cerezas:

—Ay, amigo, ese anda detrás de alguna moza de Valdeperón. Hoy hay bautizo y Pereira se pasó por aquí a primera hora a arreglar una ballena del paraguas, no sea que la nube lo pille a mitad del camino y lo ensope. Es muy presumido. Venía a regañadientes, parece que le mandó Sor Salvadora, hay temporadas que le da por ser mozo de monjas, y hasta sastre. Ese, con tal de pegar la hebra… Como yo, sabe que le pregunto y me entrometo. Y él cuenta, según su interés. Pero también sabe que me da igual: yo me salgo a la puerta del negocio y con las manos a la espalda le huelo a él y a los que son como él a una legua de distancia. Fíjate, nada más entrar le solté, así, a bocajarro, muy amartelado me han dicho que te vieron en la capital la semana pasada, a la puerta de la sesión vermú del cine Crucero, con una chica nueva, andaluza, de Jaén para más señas. ¿Qué hacías, galán? ¿No andarías enseñándole el carné de periodista, ese que le sacaste hace poco al director de El diario por tu primera colaboración?

Pereira se pasó por aquí a primera hora a arreglar una ballena del paraguas, no sea que la nube lo pille a mitad del camino y lo ensope. Es muy presumidoVenía a regañadientes, parece que le mandó Sor Salvadora, hay temporadas que le da por ser mozo de monjas, y hasta sastre. Ese, con tal de pegar la hebra…

Y baja aún más el tono de voz y me enumera la cantidad de mozas que para su envidia se engatusa el cuatrojos. Hasta extranjeras, ¡una rusa en un baile en Moscú!, nada menos, en uno de sus muchos viajes, porque es que no para de ir recogiendo flores naturales en cualquier justa poética nacional, y hasta internacional. Y lo mejor es que el tío no sabe niet de ruso. Pero le soltó, ahí le tienes, la Salve y la tabla del cuatro, al oído a la eslava, así con suavidad y cadencia de paisaje remozado entre frutales, hasta que consiguió lo que te puedes imaginar, un suspiro ahogado y profundo, y la mujer que se separa y le hace el gesto de vale ya, vale ya, majo, que me pierdes. Y con el marido sentado en una mesa, a dos metros de distancia.

Pereira nunca ha tenido reparos ni pelos en la lengua para conseguir lo que quería. Ni en tiempos del dictador. Aunque luego alguna, años después, en Madrid, le haya pasado factura. Tina, por ejemplo, con la que se tropezó en una cafetería, y acabaron intimando de este calibre:

—Todas en el instituto sabíamos que lo tuyo era seducir con las palabras. Me hizo gracia cuando me dijiste que yo tenía los senos turgentes. Los senos. Cualquier otro diría las tetas.

Pero él sin miedo, al ataque:

—Oye, Tina. Antes de que te vayas y nos separemos: ¿crees que aquella tarde, a poco que yo…?

Y ella:

—¡Joder, sí! Eso habríamos hecho si tú hablaras sin retóricas, tú el primero y no el canalla que me arruinó la vida.

Estoy en estas con Lucas en los ultramarinos, y entra el cura don Antonio, tocayo e íntimo del escritor. Viene con un ejemplar de la revista Espadaña bajo el brazo:

—Hombre, padre.

—Qué padre ni qué leches. Tabaco, vengo a por caldo de gallina o lo que tengas.

—Aquí hay de todo, tenga, fúmese un Mencey, y calme el ansia. Aquí, este joven, que pregunta por el escritor de los cuentos erótico diocesanos, don Antonio.

—¡Ese! Contento me tiene. Ese se fue a enseñarle a Delfina el mar. La chica era una exquisita de los libros, eso es cierto, y no la íbamos a casar con el asturiano, que sí, tendría buena planta y posibles, pero tenía la cabeza muy mal amueblada. Y con la nevada que cayó en el pueblo de la boda, allá por Barrios de Luna, que nos dejó incomunicados una semana, pues el engatusador le hizo la corte. Que si te recito esto tan bonito, que si te leo de esta revista, que ven y que mira por la ventana cómo nieva. Así que la chica se olvidó del asturiano y para León que nos la trajimos en el taxi. A Pereira hay que atarlo en corto. Ni cuando estuvo de la pleura dejó de echarles miradas tiernas a las chicas que lo iban a visitar a casa, que a mí no se me escapa una. Los de Espadaña no daban crédito. Pereira postrado vale más que todos los poetas laureados en pie de la segunda mitad del XX, aquí, en el país del Noroeste, y también pasando al otro lado de la raya. Incluso aunque esté teniente del oído izquierdo.

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Lo del oído izquierdo ya me lo había contado mi amigo Ignacio Sanz, el contador de cuentos de Segovia, ese que te enreda con tres mentiras atravesadas de media verdad, mientras le da al torno con la pella de barro en medio. Un día Ignacio le había ido a visitar al berciano y se lo topó en la calle del Agua, en medio del diluvio universal. Entre que llevaba las gafas encharcadas, metido debajo de la cogulla de la trenca, Pereira no se giró hasta que el segoviano le pegó una voz. El cuentista hizo caracola con la mano:

Hombre, Sanz. Háblame a este oído, que el izquierdo lo tengo perdido de tanto escuchar el mar.

—¡Cómo le gusta ir a Gijón, maestro! Seguro que con alguna moza.

—¡Qué Gijón ni qué niño muerto! ¡El mar del Bierzo! Pon oído en tierra y vas a escuchar el mar. Yo lo hago desde que me recetaron las gafas con trece años. Leer poesía, aprenderme poemas de memoria para recitárselos a las chicas en el baile de la verbena y escuchar el mar que hay ahí abajo, en el subsuelo, lo mejor para pillar el ritmo del poema. Estas son mis tres aficiones que se resumen en una: buscar la belleza. E intentar contarla, si se pone de perfil o de escorzo, y posa a media luz, la tía. A mí es que contar, contar me gusta mucho, me gusta todo, me gusta lo que más. Me gusta contar… hasta la guerra: ese salir unos de la cárcel para meter a otros. Esta sería la definición perfecta de la guerra. Si no fuera por lo que vino después. Me gusta contar y me gusta mirar. Mirar, por ejemplo, las manos del escultor Camilo Otero, en su estudio de París. Las manos de Camilo se ven maltratadas por su lucha contra la materia. Tiene las uñas cortas, anchas, cuadradas. Me fijo en ellas, el narrador vive de estos alimentos: Camilo advierte mi interés por sus manos, las extiende y me enseña su piel que está escareada y es dura, y aún así sangra. La veo sangrar, como si fueran los estigmas de un místico. Me dice, mi mujer se queja cuando la acaricio, suspira el artista. Y yo me he estremecido. Esta hermosura es del reino de la poesía lírica, no la degradaré en el papel efímero de un periódico.

¡El mar del Bierzo! Pon oído en tierra y vas a escuchar el mar. Yo lo hago desde que me recetaron las gafas con trece años. Leer poesía, aprenderme poemas de memoria para recitárselos a las chicas en el baile de la verbena y escuchar el mar que hay ahí abajo, en el subsuelo, lo mejor para pillar el ritmo del poema. Estas son mis tres aficiones que se resumen en una: buscar la belleza. E intentar contarla, si se pone de perfil o de escorzo, y posa a media luz, la tía. A mí es que contar, contar me gusta mucho, me gusta todo, me gusta lo que más. Me gusta contar

Mi amigo el ceramista Ignacio Sanz me contó esto en un paseo por la calle Real de Segovia. Me confesó que atesoraba un fuego azul, interior, que quería pasarme a mí, el mismo que le pasó su amigo Pereira. Esto nuestro de escribir y contar historias tiene algo de cadena genealógica o de árbol de la tribu, y cada uno somos una rama más del gran tronco que es Sherezade, que es Gilgamesh bajando a buscar a su amigo Enkidu muerto al infierno, o también un profeta tartamudo que se lo traga una ballena.

Regreso de los recuerdos y miro el presente de la tienda del señor Lucas: el cura que fumaba como un carretero ya no está. Me ha dejado con la palabra en la boca. Con la palabra en la boca. Qué bien.

El tendero me aconseja que pase la raya de Portugal, aquí cerca, detrás de esos montes, Tras-os-montes. A Pereira le gusta ir a pasar unos días con sus tíos portugueses, medio aristócratas. Pereira tiene un puntito dandy. Podría perfectamente haber empezado la novela que ando investigando: Yo también tenía una granja en África al pie de las colinas de Ngong. Es de la estirpe de Dinesen, de Cunqueiro, de Chéjov y de Munro. Por decir cuatro de los grandes. Contar como si no se contara, como si se borraran las fronteras de los idiomas, de las almas, de las verdades y las mentiras. Es un narrador a domicilio de las almas solitarias. Y yo quiero que el velo de esa dulce melancolía, de la indulgente mirada comprensiva de todo lo que somos, tan poca cosa, me cubra y se me adhiera como segunda piel. Que los personajes SolitarioS de mi último libro, me hagan compañía, viajando a Lisboa, volviendo a Barrio de Piedra, a ver si en un tránsito, en un despiste, en un cruce de azares, nos topamos con Pereira —Tusitala Pereira— y nos vuelve personajes pequeños como teselas de la única novela que lleva escribiendo y rescribiendo desde que en esta esquina del mundo se cuentan cuentos en las tascas y en casinos provincianos, a las puertas de las casas y en el murmullo de las alcobas, en el bisbiseo del trascoro y en el bullicio enloquecido de la verbena de la noche de San Antonio, la noche del 13 de junio, en Lisboa y aquí, en Villafranca y en Barrio de Piedra, donde todos los personajes vienen de los cuatro puntos cardinales, hasta de Nepal, y enseñan la cicatriz de la letra i griega en su brazo, santo y seña de los elegidos para este baile perpetuo que seguirá girando mientras el mundo siga siendo el único lugar de las historias.

Está visto que a este pájaro hoy no lo cazo. Seguiré merodeando, oído en tierra.

[Las palabras en cursiva están extraídas de relatos recogidos en "Todos los cuentos”, Siruela, 2012, de Antonio Pereira. La historia de La sordera de Antonio Pereira está tomada del libro de cuentos, inclasificable, "Mascarones de proa”, de Ignacio Sanz, Multiversa, 2008].

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FIRMAS SUMERGIDAS | JOSÉ MANUEL DE LA HUERGA

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José Manuel de la Huerga (Audanzas del Valle, 1967): Su última propuesta narrativa es SolitarioS (Menoscuarto, 2013). Incluye las novelas breves: Ultramarinos, El pez de oro y Naipe de señoritas, donde recrea el mundo de una ciudad de provincias de los 70, así como el viaje de sus protagonistas a Lisboa. Con su obra anterior, Apuntes de medicina interna, una novela que también publicó Menoscuarto, el escritor y profesor de Lengua y Literatura ganó el Premio Miguel Delibes de Narrativa 2012. Contar y viajar son dos señas de identidad de este narrador que sigue la estela de Antonio Pereira. Su última publicación es la novela “Pasos en la piedra” (2016), también en Menoscuarto ( http://www.menoscuarto.es/libro/pasos-en-la-piedra/ )

-Las fotografías nos han sido suministradas por la Fundación Antonio Pereira.

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