Jorge Martí: “En La Habitación Roja no hay pudor a decir lo que se siente”

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Por Nacho Goberna © 2014 /

A finales de la década de los 80 Jorge Martí Aguas, líder de La Habitación Roja, una de las bandas de pop referenciales de nuestro país en los últimos veinte años, se subió a una Vespino y recorrió los 50 kilómetros que separaban su casa de la plaza de toros de Valencia. Esa noche asistiría al concierto que iba a ofrecer el grupo británico New Order. “Pero yo también fui a ver a los teloneros, a tu grupo, a La Dama”, me comentó Jorge hace unos días. Probablemente, en las horas previas a aquel concierto se recordó dirigiéndose unos años antes a la sección de discos del Corte Inglés de Valencia para adquirir el primer vinilo de su vida, uno que en su carátula, pintada de azul y protagonizada por dos pájaros que se besaban, señalaba: “Armarios y Camas”/ La Dama Se Esconde. Pero, aunque es cierto que aquella noche estaba previsto que “La Dama Se Esconde” tocáramos delante de los descendientes de la mítica banda Joy Division -de hecho allí permanecimos cabizbajos, “encerrados” en los taurinos camerinos toda la tarde y parte de la noche-, eso no llegó a ocurrir. Las condiciones meteorológicas, así como las necesidades de última hora para las pruebas de sonido de los herederos de Ian Curtis, nos impidieron llegar a siquiera desplegar nuestros instrumentos en el escenario.

Jamás hubiera imaginado entonces que, un cuarto de siglo después, tendría el placer de mantener una conversación, sumergida entre pasado y presente, con uno de aquellos miles de asistentes. Un muchacho entonces, llamado Jorge, que estaba destinado a convertirse en un nombre imprescindible para la música pop de nuestro país desde mediados de la década de los 90.

La Habitación Roja acaba de lanzar nuevo disco, “La moneda en el aire” (Mushroom Pillow-2014). En él podemos encontrar un paso adelante de esta banda que sigue construyendo su ya, a estas alturas, dilatado camino desde la siempre bienvenida coherencia: 11 canciones poderosas a la vez que íntimas. Bases bien construidas que, junto a unas guitarras atentas a los estribillos para rasgarse con elegancia, arropan lo que -al menos para mí- más ha caracterizado el espíritu de LHR en toda su trayectoria: sus hermosas melodías de voz y letras.  Esta nueva reencarnación sonora de La Habitación, unida al libro que Jorge Martí acaba de publicar, “Espacio Interior” (Ediciones Chelsea-2014) -un volumen que recoge, junto a una selección de fotografías, textos que ha ido publicando en diferentes medios y/o formatos a lo largo de los últimos años- han sido, probablemente, la excusa perfecta para que por fin  Jorge y yo pudiéramos, décadas después de aquella noche valenciana en la que estuvimos a apenas unas decenas de metros, intercambiar pareceres e inquietudes mirándonos a los ojos.

“La moneda en el aire” supone un paso adelante de esta banda que sigue construyendo su camino desde la coherencia: 11 canciones poderosas a la vez que íntimas. Bases bien construidas que, junto a unas guitarras atentas a los estribillos para rasgarse con elegancia, arropan lo que -al menos para mí- más ha caracterizado el espíritu de LHR en toda su trayectoria: sus hermosas melodías de voz y letras.

NACHO GOBERNA.- La Habitación Roja nació en 1994 ¿De qué color era tu habitación de entonces? ¿Qué recuerdos guardas de esa época?

JORGE MARTÍ.- La mía, en casa de mis padres, fue siempre blanca, neutra, pero sí que es cierto que el nombre del grupo hace referencia a la primera vez que viví fuera del entorno familiar. Fue en Barcelona y la casa tenía un salón rojo. Aquella época supuso mi despertar a la vida adulta. De repente, poder hacer las cosas sin mis padres cerca, sin horarios. De repente, descubrir una libertad que, aún sin tener un padre y una madre estrictos -todo lo contrario-, nunca antes había disfrutado. Recuerdo también que con anterioridad había una buhardilla en la casa familiar donde de pequeño jugaba con el Scalextric y otros  juguetes. Después llegó un tocadiscos junto a la brutal colección de vinilos de mi hermano. Me pasaba las tardes, las noches, escuchándolos. Al hacerlo se me abría un mundo inmenso. La música era la manera que tenía de acercarme a todas esas cosas que veía en las películas o leía en los libros. Era la forma más barata de viajar, algo que en una familia de clase media, con los recursos justos, se agradecía. Aquella buhardilla era blanca, con restos de humedad en las paredes. En aquel entonces pensaba que era yo el que escuchaba la música, pero con el tiempo caí en la cuenta de que es la música la que te escucha a ti, como ese amigo fiel que está a tu lado, al que puedes ir a contarle tus penas. Siempre puedes encontrar una canción que, aunque no te solucione el problema, te va a decir: “Mira, ven, a mi también me ha pasado, no te preocupes, lo superaremos”. Para mí eso era la música en aquella buhardilla.

N.G.-Y me imagino que fue en esos paisajes de interior, definidos por una habitación pintada de blanco húmedo, primero, y por un salón de color rojo, después, donde nació, a través de la intensa relación a la que haces referencia; la que mantenías con las canciones de los grupos que escuchabas entonces, tu inquietud por expresarte creativamente, musicalmente…

J. M.- Sí. Llegado el momento decidí pasar al otro lado. Estando debajo del escenario, en los conciertos, escuchando en mi casa a todos aquellos grupos que me hacían soñar, caí en la cuenta de que tenía cosas que contar y de quería hacerlo. Personalmente, siempre me han encantado las bandas con las que, al acabar el concierto, tienes ganas de formar un grupo o de componer una canción. Esto me pasaba entonces y aún me pasa. Esa motivación al ver a unos tíos tocando -ya sea por alguna de sus canciones, por su actitud, por su rollo estético- me gustaba y me sigue gustando.

N. G.- Bajo mi punto de vista, una de las características de la juventud, con dieciséis, diecisiete, dieciocho años, es la pasión desbocada, sin bridas, que uno vuelca en todo lo que piensa y hace. ¿Tu pasión de entonces por la música se mantiene intacta? ¿Se perdió en el camino?…

J. M.- Yo creo que ese momento es irrepetible en muchos aspectos. Lo importante después es no perder esa referencia de vista. Sin caer en un síndrome de Peter Pan, seguir teniendo presente la pureza de entonces. Es el rollo de las primeras veces en todo. Se trata de saber envejecer y en el camino ir reflejando el presente, pero sin olvidar lo sentido en aquella etapa. A veces lo hablo con Pau, que toca conmigo. Él habla de la adolescencia como un periodo lleno de indefinición, en el que no lo pasó bien. Para mí era todo lo contrario. Yo no estaba sufriendo. Yo palpitaba, se me salía el corazón. Me enamoraba. Iba a un concierto y quería ser el cantante. Veía una película y quería ser el protagonista. Tenía ese punto que, yo creo, no me ha abandonado del todo. Hay mucha gente que lo valora, pero otros lo ven naif y algunos, que lo consideran iluso, te dicen: “la vida no es así”. Yo a esos les contesto siempre: “La vida no será así para ti”.

N. G.-Se suele decir que con el paso de los años uno gana en seguridad. Yo me permito dudarlo. La etapa de mi vida en la que menos dudé fue, sin duda, en la adolescencia. De hecho, en aquellos años de iniciación la duda y yo éramos dos perfectos desconocidos…

J. M.- Es verdad. Yo soy mucho más inseguro ahora, pero realmente no me veo tan distinto al que fui en aquel entonces. Veo a mucha gente que ha cambiado, incluso en aquella época muchos no dejaban de cambiar: primero montaban un grupo, luego se pasaban a los cortos, iban cambiando de disciplina y al final lo dejaban todo y se buscaban un curro. Yo ante eso me sentía un poco jodido porque pensaba: “Yo sólo quiero hacer canciones y montar un grupo”. En mi pandilla me veían como el bohemio. “Búscate un trabajo de verdad”, escuchaba. Al final, años después, por fín me creyeron. Se lo han creído.

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N. G.- El Siglo XX, los 80, la Movida, los ayuntamientos organizando conciertos, las multinacionales que veían negocio en editar la música pop nacional. Y, luego, a la vuelta de aquella década, en los 90 la eclosión de los sellos independientes, de los grandes festivales. Luces y sombras en ambas décadas…

J. M.- Yo creo que mis orígenes están en los 80, aunque partir el tiempo en décadas no deja de ser algo antinatural. El tiempo es continuo, va pasando y lo vamos parcelando nosotros. Es como las fronteras de los países, que han sido inventadas por el hombre. Creo que en la vida pasa mucho eso de la acción-reacción. Yo veo la vida como una especie de espiral en la que todo se repite, pero nunca es lo mismo. Hay ciertas coincidencias, pero es otro tiempo, con otras circunstancias. Creo que lo que pasó en los 80, cuando yo empecé a ir a conciertos, fue que veníamos de una dictadura. Hubo una explosión de libertad y musicalmente se miraba hacia fuera, hacia lo que pasaba en Europa, en Norteamérica. Se creó un circuito de artistas, de los cuales yo he mamado, por supuesto, y las autoridades, los ayuntamientos, los apoyaron. Luego llegó otra generación que reaccionó contra eso, también mirando hacia lo que ocurría fuera. De repente se montó el festival de Benicassim, a partir de la iniciativa de una gente que quiso trasladar el modelo de lo que estaba pasando en los festivales de Glastonbury, Reading, Roschilde, etcétera, a España. Esto triunfó y empezaron a surgir otros festivales satélites. Es lo que siempre sucede en la Historia. Cuando algo pasa al mainstream, todo el mundo quiere hacer lo mismo, y se empieza a perder el componente romántico, convirtiéndose en un negocio. Empiezan a llegar los sponsors, el dinero. Hoy en día estamos en un punto en el que, como grupo, si vas a actuar a una ciudad, a un Festival, te exigen que no toques en ningún garito cercano.  A mí me ha pasado en Méjico. En ese sentido, los festivales está matando un poco la cultura de los conciertos en clubs.

N. G.- ¿Y en ese cambio de década, ya metidos en los 90,  también llegó, tal vez, la sobredimensión de la figura del DJ? ¿Qué opinas? Constatando que los pincha-discos también existieron  en décadas anteriores, y que tuvieron y tienen un papel admirable, necesario a la hora de descubrir y ayudar a emerger nuevas propuestas y corrientes musicales; yo tengo la sensación de que ese redimensionamiento de su papel, el que se produjo en los 90, llevó y sigue llevando a una cierta distorsión. Por ejemplo, a que en las salas de conciertos prefieran contratar a un DJ antes que a un grupo. Desde los 90, ¿una parte importante del público valora más el show de un DJ que una actuación en vivo? Y no me estoy refiriendo, lógicamente, a los conciertos de las bandas internacionales o con gran repercusión. Estoy pensando en las dificultades para tocar en directo que en general tienen los grupos que están iniciando sus trayectorias en nuestro panorama Pop y Rock…

J. M.- Yo respeto mucho la figura de los DJs. Vengo de una época -Internet no existía-, en la que tanto ellos como los clubs o las discotecas nos enseñaban. En Valencia teníamos una gran cultura musical y los DJs tuvieron mucha culpa en eso. Recuerdo que mi hermano y yo nos compramos una de las tres copias que en su momento llegaron a Valencia del Single de R.E.M. “It´s the end of th”e world”…

N. G. – Qué maravilla de canción…

J. M.- Sin duda. Pues, como te decía, los Djs venían a pedirme el single para poder poner la canción el sábado por la noche. Eso es flipante. Sí, en aquella época los Djs eran muy importantes. Jorge Albi, en Valencia, por ejemplo. Lo que creo es que luego la cosa se ha transformado en otra movida. Voy a usar un símil futbolístico -¡parezco Julio Ruiz! (risas)-. Eso que dicen de que es más fácil tirar al entrenador que a todo el equipo, ¿no? Pues esto es al revés. El DJ es sólo uno. Lo contrataban; llenaban el garito; pagaban a una sola persona; no tenían que alquilar equipo de sonido; no tenían que hacer pruebas y la gente lo valoraba tanto como un concierto. En mi caso, aprendí de música, empecé a escucharla en la radio de los 80, con los Disc-jockeys de la época. Pero en los 90 ya había que pagar para que te pusieran el disco. La cosa  acabó convirtiéndose, en gran parte, en algo parecido a una mafia. La mayoría de los que pinchaban los discos no sentían la música. Se trataba de un producto, simplemente. Yo vengo de un tiempo en el que la gente ponía el disco con verdadera pasión y esos eran y son los DJs que me molan.

N. G.- Sí, ese perfil de DJ es admirable y sigue siendo necesario. Cultivadores de criterio, apasionados por la música. En todo caso, sí te diré que sobre mafias y “Sopranos”, los 80 no estuvieron exentos. Aún recuerdo ciertas poderosas radios privadas. “Uno de los nuestros”, la gran película de Martin Scorsese, es de 1990,  justo en la frontera entre las dos etapas de la industria musical que estamos comentando.  Interesante. Pero, al hilo de todo esto: ¿Crees que se respeta la labor compositiva en nuestro país?

J. M.- Yo creo que en España el oficio de hacer canciones Pop no está tan considerado como en otros países. En mi caso, si me paro a pensar en la Escandinavia que conozco, porque es de donde procede mi mujer, compruebo que allí se valora mucho, y en el mundo anglosajón, del que tanto hemos mamado, también. Nosotros hemos estado con el grupo cuatro o cinco veces en Estados Unidos, y  este último disco, “La moneda en el aire”, lo hemos grabado en el Reino Unido. Oye, los agentes de aduanas te ven con instrumentos y su reacción es de auténtico interés. “¡Qué bien! ¿De dónde sois? ¿Que tocáis?, preguntan enseguida. Se interesan, les admira. Fuera la gente respeta eso. Sin embargo, en España te ven con un grupo, con el pelo largo, con un bajo o una guitarra y piensan: “Qué chungo”. Es así, y en esto que comentabas sobre las figuras de los DJs y los autores, lo que pasa es que la gente quiere consumir, pero no se pregunta de dónde vienen las cosas ni se plantean el mayor o menor esfuerzo que hay detrás. No, ni siquiera se lo plantean.

N.G.- En 1994 llegó “La Habitación roja”. Llegaron los álbumes que asombraron a tantos -me incluyo-. Hace pocas semanas habéis estrenado vuestro último disco, “La moneda en el aire”. Mientras lo escuchaba esta mañana me pregunté en el por qué soy un devoto de la melodía. Es verdad que en una canción hay muchos “secretos” a conjugar para que el todo resulte especial, redondo, equilibrado (estructura, rítmica, intensidades…), pero, y volviendo a los pilares, en el arte de la composición Pop, considero que sin una melodía bien definida, que sea capaz de alojarse en las entrañas emocionales de quienes la escuchan, la canción se cae, se derrumba o, en el mejor de los casos, será efímera. Y luego está el poder de las palabras, de las letras en nuestro idioma nativo, el castellano, ese con el que crecimos, lloramos y reímos desde el principio, desde que somos quienes somos, sin traducciones de por medio. En ambos aspectos La Habitación roja se posicionó claramente desde un principio. Y sigue haciéndolo…

J.M.- Para mí las melodías son lo más importante de la música Pop. Sin quitar importancia a otros elementos: la base rítmica, los arreglos… Por supuesto que lo son. Quizás porque vengo de una tradición que parte de los Beatles y que llega hasta nuestros días. Y en cuanto a las letras, partiendo de que todos los tipos de música me parecen válidos, a mi siempre me pareció imposible ser honesto cantando en una lengua que no fuera la mía. Lo hubiera visto como una especie de impostura. Yo nunca podría decir las cosas que digo en una lengua que, aunque conozca -estoy pensando en el inglés-, me resulte, de hecho, extraña. Aquí tenemos pudor a decir las cosas que sentimos, y una de las razones del uso del inglés por parte de muchos grupos en nuestro país puede haber venido de la vergüenza por expresar lo que realmente sentían, de ese tratar de esconderlo. Yo no quiero eso. Yo quiero contar lo que siento.  Siempre lo he hecho y en La Habitación roja considero que, desde el principio, hemos sido muy francos a este respecto. Y luego está la relación de la crítica con los textos. Por cada diez comentarios o críticas de discos con letras en Inglés que leo, en nueve no se habla de lo que se está diciendo, de lo que se cuenta. No se suele decir nada al respecto. Sin embargo, eso no ocurre cuando tus textos son en castellano, y más si haces canciones que están íntimamente ligadas a los sentimientos. Vende mucho más el rollo vacío que el compromiso transparente.

Para mí las melodías son lo más importante de la música Pop. Sin quitar importancia a otros elementos: la base rítmica, los arreglos… Quizás porque vengo de una tradición que parte de los Beatles y que llega hasta nuestros días. Y en cuanto a las letras, partiendo de que todos los tipos de música me parecen válidos, a mi siempre me pareció imposible ser honesto cantando en una lengua que no fuera la mía. Lo hubiera visto como una especie de impostura.

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N. G.- Sí, escribir en castellano es más arriesgado, te expones mucho más, cierto. Y luego está la complejidad de adecuar la alambicada métrica de nuestro idioma -palabras con más sílabas, frases más largas, que en sus homónimas inglesas- a las melodías de voz… Pienso también en el poder de las letras a la hora de instalarse en la memoria de las personas. La carga evocadora de las mismas que permanece décadas. Alguna vez me ha pasado que me he encontrado en la calle con alguien a quién jamás había visto antes, y ante mi asombro, me ha recitado entera, sin saltarse una coma, una de las letras de mis canciones, una letra que escribí hace, por ejemplo, 30 años. Me parece además de emocionante, fascinante…

J. M.- Eso dice mucho. De hecho yo me sé muchas canciones tuyas al dedillo. Eso significa que la canción fue bien parida.

N. G.- Como autor de canciones, ¿Cómo ves, en general, la sostenibilidad económica de la labor compositiva en la actualidad?

J. M.- Ahora mismo, esto no tiene nada que ver con la situación de hace veinte años, ni siquiera con la de hace diez o cinco. Ahora mismo cuentan los followers que tienes; cuentan las marcas y cuenta la difusión de esas marcas. Lo que buscan esas marcas es aprovecharse de tus seguidores. La música ha pasado a ser el vehículo que utilizan para llegar a la gente. Creo que el límite ético -hasta dónde puedes llegar o no- es complejo, porque, realmente, si eres muy estricto y muy consecuente, creo que es prácticamente imposible dedicarse a la música de forma profesional; a no ser contados ejemplos, como el de Vetusta Morla, con su legión de seguidores. Eso les permite manejar su carrera totalmente. Es así. De repente, estás tocando para una cerveza o para un coche. Hoy la publicidad lo fagocita todo.

N. G. – ¿Y qué aportan los nuevos modelos de distribución, de negocio en la industria musical?, ¿negocio para quién? ¿Es el streaming, Spotify, Google Music, etcétera, un sueño o un infierno para los compositores? Asumiendo que para los consumidores de música, entre los que me encuentro, es una gozada, me da que tienen más de lo segundo, de infierno, que de paraíso para todas aquellas propuestas musicales que no sean literalmente multitudinarias; por ejemplo para los grupos o propuestas independientes. Quiero decir: lo recibido por el autor, y por los sellos pequeños, a cambio de cada escucha es una cantidad tan  ínfima que resulta ridículo el número de reproduciones que se requieren para que se recaude algo más que calderilla. Recuerdo cuando a mediados del 2013 el gran Thom Yorke (Radiohead) sacó de Spotify todos sus discos en solitario al tiempo que señalaba ese sinsentido…

J. M.- Pues yo lo veo como un reflejo de lo que pasa en el mundo en general. Ese aniquilamiento de las clases medias. Una época en la que lo diferente, lo pequeño tiende a sucumbir ante las grandes propuestas. Y luego están las estadísticas que son usadas para maquillarlo todo. ¿Se ve mucho cine Español en nuestro país? Puede ser, pero porque ese año se estrenó “Torrente II”. Pocos productos con mucho público se lo llevan todo, pero el resto, los medianos y pequeños, se van diluyendo. Siempre ha sido difícil montar un grupo. Lo fue antes y lo es ahora, pero a pesar de todos los medios que hay, casi lo veo más difícil ahora. Los grupos que están triunfando, los que van a los festivales, son en general grupos bastante estándar. Y no estoy hablando del grupo We are standard, que conste.

Ahora mismo cuentan los followers que tienes; cuentan las marcas y cuenta la difusión de esas marcas. Lo que buscan esas marcas es aprovecharse de tus seguidores. La música ha pasado a ser el vehículo que utilizan para llegar a la gente. Creo que el límite ético -hasta dónde puedes llegar o no- es complejo, porque, realmente, si eres muy estricto y muy consecuente, creo que es prácticamente imposible dedicarse a la música de forma profesional.

N.G.- Qué paradoja que ahora, cuando debería ser más fácil, por el contrario esté resultando más difícil salir adelante para las propuestas heterodoxas, para aquellas que están fuera de los márgenes del “negocio”, de las modas…

J. M.- Sí. Pero, en cualquier caso, no se puede poner vallas al progreso. En realidad lo que hay que intentar es aliarse con él y tratar de utilizarlo en tu propio beneficio. La Habitación Roja estamos ahora profundizando en la fidelización de nuestra audiencia. Por ejemplo, estamos editando los discos en vinilo y resulta que las ediciones se agotan. Hay que adaptarse a los tiempos e intentar aprovecharlos.

N.G.- ¿Y qué hay de esa tendencia, que algunos manejan con pasmosa naturalidad, de que los contenidos musicales deben ser gratuitos? ¿Y qué hay del consumo ilícito de las canciones, del pirateo?

J. M.- En Noruega, país que conozco bien, no pasa eso, pero aquí sí. De hecho en España se nos criminaliza. Aquí aparece cualquier declaración de un músico a este respecto y ¿sabes lo que dice la gente, cuáles son los comentarios? Se creen que todos los músicos tienen una casa en Miami, que están mega forrados, y después suelen señalar: “¡Que se pongan a currar, hombre!”. Yo alucino. En general la gente da por sentado que cuando tú sacas un disco, te pagan, y eso es mentira. Un disco cuesta un dineral. Uno lo hace, lo pone ahí, en el escaparate, y si alguien lo quiere es lógico que pague por él, ¿no?.

N. G.- Además Jorge, la inmensa mayoría de los que escriben dichos comentarios resulta que sí reciben una contra-prestación económica por su labor profesional, pertenezca esta al sector que pertenezca. Me encantaría que alguien me explicara que diferencia hay entre nuestro trabajo y el suyo; entre sus horas de esfuerzo y las nuestras. A mi el único factor diferencial que se me ocurre es que el fruto de los que generamos cultura -sean discos, películas, libros…- es digitalizable, puede ser convertido en archivo, y por tanto es susceptible de ser disfrutado sin pagar. Y ante esa disyuntiva ética que depende exclusivamente del libre albedrío de cada cual -¿pago por la canción o me la bajo gratis?-, por desgracia algunos cogen su camino fácil, olvidándose que eso supone aportar obstáculos al camino de aquellos que, con sus canciones, sus películas, sus libros, los hacen disfrutar. Y no nos engañemos, las multinacionales podrán soportarlo a corto, medio y largo plazo, no tengo duda, pero los sellos pequeños y los artistas que se mueven en los márgenes de los grandes éxitos, lo dudo mucho. Y luego está ese mantra que algunas veces también he escuchado; sin poder evitar asombrarme, lo reconozco: “Pero tú de qué te quejas si haces lo que te gusta”…

J. M.- Sí, ésa es otra. Fuera de España no lo he percibido, pero aquí parece que está mal visto dedicarse a lo que a uno le gusta. Y si encima es la música… Yo he tenido hasta traumas en este sentido. Hasta que no he podido empezar a vivir de la música me decía a mí mismo: “Pero qué cara más dura tengo”. Era una especie de cargo de conciencia por hacer y disfrutar con lo que hacía. Y cuando la cosa mejoró, aún así, pensé a veces: “Joder, a ver si fracasamos del todo y me busco un trabajo”. Es algo que he escuchado un montón de veces desde que me colgué por primera vez una guitarra.

N. G.- Mi sensación es que hay una enorme cantidad de prejuicios y distorsiones en lo que a los músicos y autores se refiere. Demasiadas premisas que son manejadas alegremente desde la, supongo que cómoda para quienes la ejercen,  ignorancia de la realidad vital de la mayoría de los que dedican su tiempo y capacidad de trabajo a crear. Y continuando con este tema, con el permanecer sin querer saber, ¿Tú crees en una cultura, en una música, comprometida con su entorno, con lo que está pasando, explícita en la denuncia de todo lo insoportable a lo que, como sociedad, estamos siendo sometidos en la actualidad -pienso en las leyes reaccionarias, en la increíble democracia menguante, en la corrupción, en la sistémica injusticia que tenemos encima- , o, por el contrario, eres de los que piensan que los creadores deben permanecer escondidos en su particular limbo artístico, asépticos, impermeables, ajenos a todo lo que sucede, lo que está sucediendo?

J. M.- Yo creo que uno tiene que tender, siempre que no fastidie a los demás, a vivir y decir en base a lo que siente. Lo contrario sería reprimirse. Cada acto en la vida es política, cada decisión que se  tome y que afecte a los demás es política. A mí, como artista, me parece imposible abstraerme de las circunstancias de mi tiempo. De hecho, en nuestro último disco, “La moneda en el aire” (Marzo, 2014), la mitad de las canciones van sobre eso. ¿Por qué es así? Porque te das cuenta que lo que sucede le está tocando a casi todo el mundo, a la gente que quieres y a la que no quieres; a los que conoces, pero también a los que no. Antes que músico, eres ciudadano. Siempre he sentido lo mismo. En mis principios de una manera más naif y ahora con más conocimiento de causa. Siempre ha estado presente el compromiso en las canciones de La Habitación Roja. Y no me refiero a que sea un compromiso político con la Izquierda, a la que me siento cercano, en un sentido literal. Hablo de un compromiso con la vida, con lo que uno siente que es justo. Es una cuestión de ética. Se trata de poder dormir por las noches. Es conciencia. Hay que mojarse.

N. G.- En una de las canciones de vuestro último álbum dices: “Alguien tendrá que responder”. Y a mí se me ocurre decir: ojalá alguien al final responda.  De hecho, muchos seguimos esperando a que alguien lo haga…

J. M.- En esa canción que comentas estábamos pensando en lo que está sucediendo en países como Ucrania o Egipto. Tengo la sensación de que nos estamos dejando llevar, de que estamos haciendo la vista gorda, mirando para otro lado. Creo que el camino para que se produzcan los cambios realmente es que sumemos las conciencia de cada uno y nos comprometamos en conjunto; cada persona, cada familia. Me gusta mucho el eslogan que hizo suyo Greenpeace:“Piensa globalmente, actúa localmente”. Eso es lo que hace que una sociedad avance y no lo que está ocurriendo desde hace un tiempo: ese perdernos el respeto como colectividad. El “sálvese quien pueda”; la primacía del dinero. Eso es lo que nos está llevando a un emprobrecimiento a todos los niveles, que, encima, contribuye a consolidar al “Gran Hermano” que está arriba y que debe estar diciéndose: “Qué de puta madre”. Estamos consiguiendo que la gente se olvide de la política, de la democracia, de todas las conquistas sociales que costaron tanto lucha, de tantos. ¿Cuántos se plantean eso hoy en día? ¿Quién recuerda que para que todos pudiéramos votar se quedaron muchos muertos en el camino?

Siempre ha estado presente el compromiso en las canciones de La Habitación Roja. Y no me refiero a que sea un compromiso político con la izquierda, a la que me siento cercano. Hablo de un compromiso con la vida, con lo que uno siente que es justo. Es una cuestión de ética. Se trata de poder dormir por las noches. Es conciencia. Hay que mojarse.

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N. G.- Lo comparto Jorge. También añadiría que, probablemente, ya a estas alturas de la historia, llegados a este punto del pornográfico relato que las oligarquías regentes -políticas y económicas- nos siguen tratando de inocular mientras desvalijan nuestros derechos y libertades, llegados aquí y ahora, cada vez hay más gente que está, estamos, despertando. Eso abre la puerta a la esperanza. “No tendríamos más salida que estallar”, leo en otra de las letras de  vuestro último disco…

J. M.- El vaso se va llenando y al final explota. Es triste que tengamos que llegar a esos extremos para que se tome conciencia de la situación. Realmente somos unos vendidos, nos han comprado. Y, ahora que nos quitan nuestra dosis, es cuando nos damos cuenta de que hay que hacer algo. Lo que ha pasado en España, esta corrupción de las instituciones con la que nos levantamos y nos acostamos cada día, habría hecho saltar gobiernos en cualquier país democrático, pero aquí no pasa nada. Y lo más peligroso es que parece que, llegados a un punto, ya ni nos afectara. Es como si no fuera con nosotros. Se trata de una italianización de la política, a lo Berlusconi. Sí, yo creo que existen elementos suficientes para que hubiera una revolución.


N.G.- A mí las palabras revolución y rebeldía no solo no me asustan, me parecen sanas, necesarias, especialmente cuando se convierten en las únicas herramientas útiles para escapar del pozo sin fondo que supone someterse a un sistema enajenado, viciado, manipulado. Por cierto, cuando escucho o leo la palabra “reformismo” me produce pesadillas…

J. M.- Un refrito de un refrito de otro refrito. Esto es, una fritanga sin fin. Tratan de hacer que, sin cambiarlo, parezca que algo cambia para así perpetuarse y seguir igual.

N. G.- Vuelvo a algo que apuntabas antes: es cierto que la sociedad con sus votos ha estado entregando el poder de hacer y deshacer a ciertos políticos con siglas, nombres, apellidos e historiales que, como poco, hacían que fuera previsible imaginar lo que han hecho y no lo que decían que harían…

J. M.- Sí, yo también me pregunto si como sociedad somos inocentes. Si el problema está en la clase política o ésta es una consecuencia de nosotros. Me refiero a que los políticos son una representación de la sociedad. No sólo tienen que cambiar ellos, al fin y al cabo nosotros también somos políticos. Si queremos honestidad, tenemos que empezar por ejercerla nosotros; algo que, en ocasiones, en ciertos ámbitos y circunstancias, no se acaba de ver. Ojalá se premiara la honestidad, el ser justos, y no como pasa ahora. De hecho, se ha estado premiando lo contrario y el resultado ha sido que al final la gente se lo ha creído, ha acabado asumiendo que debía ser así.

N. G.- Muchos goles nos están metiendo desde el Gobierno, desde Europa. Ya va siendo hora de pararlos o, mejor aún, de que el árbitro de este partido -que no es otro que la suma de ciudadanos, la soberanía popular- empecemos a sacar tarjetas rojas por doquier. Ahora el que parece Julio Ruiz soy yo (sonrisas). Además de que los dos tuvimos brevísimas incursiones en el Fútbol siendo peques, mi padre -Manuel Fernández, alias “Pahiño”- jugó en el Celta, Real Madrid y Deportivo a finales de la década de los 40 y principios de los 50 del siglo pasado, y el tuyo, Salvador Martí, un poquito más tarde, en el Mestalla -filial del Valencia- y también en el primer equipo. Una etapa aquella en la que el deporte del balompié, y sus protagonistas, poco tenía que ver con lo que ahora vemos. Mercadotecnia, patrocinadores llenos de petrodólares… 

J. M.- Es verdad. No tenía nada que ver con lo que hay ahora. Una labor, la de los futbolistas de entonces, mucho más romántica. Eran personas sufridoras, que venían de la posguerra. Yo a mi padre siempre lo he tenido como a un héroe porque, siendo su familia bastante pobre, cuando ganó algo de dinero con el deporte lo usó no sólo para él y su familia directa, también para el resto de su gente querida. Hoy en día la gente es mucho más individualista. Ellos sí eran rockstars.

Me pregunto si como sociedad somos inocentes. Si el problema está en la clase política o ésta es una consecuencia de nosotros. Me refiero a que los políticos son una representación de la sociedad. No sólo tienen que cambiar ellos, al fin y al cabo nosotros también somos políticos. Si queremos honestidad, tenemos que empezar por ejercerla nosotros; algo que, en ocasiones, en ciertos ámbitos y circunstancias, no se acaba de ver. Ojalá se premiara la honestidad, el ser justos, y no como pasa ahora.

N. G.- Por cierto: un puzzle, un Tente, un Lego. ¿Que piezas fueron entonces, y siguen siendo ahora, las básicas en tu particular “Exin-castillos” vital?

J. M.- Mi vida tiene tres pilares fundamentales: La música, el amor y los viajes. Las tres están íntimamente relacionadas y además en la primera se juntan las tres cosas. Cuando me encontré con la música descubrí el sentido de mi vida. Hacer canciones es lo que quería, el resto me daba igual. La música, por tanto, es para mí una especie de santísima  trinidad (risas).

N.G. – ¡Alabada sea entonces! (más risas)

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• Las fotografías de Jorge Martí fueron tomadas por Karina Beltrán mientras la conversación tenía lugar en un café del barrio de Malasaña de Madrid. En la última de ellas aparece junto a Nacho Goberna.

• La Habitación Roja está formada por Jorge Martí Aguas,  Jose Marco, Pau Roca y Marc Greenwood.

• El último disco de La Habitación Roja se llama “La moneda en el aire” y ha sido publicado en 2014 por el sello independiente Mushroom Pillow.

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• El libro “Espacio Interior” de Jorge Martí ha sido publicado en 2014 por la editorial Ediciones Chelsea

Jorge MArtí - LHR - Espacio Interior

* Julio Ruiz, al que hacemos referencia en dos ocasiones a lo largo de esta conversación -es bien conocida su afición al deporte del balompié- es el director del mítico programa de Radio 3 “Disco grande”. Cuando Julio contaba con 18 años, en 1971, se emitió su primera edición. 43 años después sigue en antena hablando de música, pinchando discos y haciendo entrevistas a bandas de Pop y Rock. Su programa ha sido pieza clave en los medios radiofónicos, a lo largo de los últimos 40 años, para el desarrollo y difusión de la música popular en nuestro país. Tanto a Jorge como a mí, Julio nos ha entrevistado en varias ocasiones en todo este tiempo. En mi caso recuerdo que la primera entrevista que nos hizo a La Dama Se Esconde fue en 1985 -yo tenía 20 años-. Se produjo con motivo de la edición de nuestro mini-lp “Avestruces”. Vaya desde aquí mi admiración, y me permitiré no dudar que la de Jorge también, por su labor. Gracias, entre otros, a él, a su criterio y coherencia, este país ha sonado y suena mucho mejor. (Nacho Goberna / 24 de Abril de 2014).

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La Habitación Roja en directo. Madrid. Fotografía © Marina Sanz Domínguez

 


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