La fuerza de voluntad de María Moliner

María Moliner. Década de los 30s del siglo XX. Fotografía del archivo María Moliner


POR EMMA RODRÍGUEZ © 2014 /

Era una desconocida. A lo sumo, se la asociaba con el diccionario que lleva su nombre, “el María Moliner”. El diccionario que creó en solitario durante quince años, desde 1951 a 1966. Escritores, periodistas, traductores, estudiantes y profesores conocen bien el Diccionario de Uso del español y sus certeras definiciones. Si no existiera habría que inventarlo, porque el DRAE señala la norma y el de María Moliner incita al uso y la creatividad.  Su autora era consciente de la singularidad de su obra. “Mi obra es limpiamente el Diccionario”, dijo al presentar su candidatura a la Real Academia. Tenía otros méritos, pero ¿qué podía añadir después del Diccionario? ¿Quién era capaz de  presentar una obra de tal envergadura? Una obra titánica hecha a base de tenacidad. Ese tesón es uno de los rasgos de Moliner más explícitos, junto a su capacidad de trabajo. Se empeñó en terminar el Diccionario más allá del cansancio, de las dudas que le asaltaban cuando se bloqueaba y de los años que iba sumando. “Porque soy aragonesa, que si no…”, decía para justificar su formidable fuerza de voluntad.

Pero hay otros rasgos menos conocidos de María Moliner igual de interesantes. Llegar hasta ellos y recomponer su yo me impulsó a escribir su biografía (El exilio interior. La vida de María Moliner, publicada en Turner en 2011, y en versión e-book en 2012). Quería ir más allá de la imagen clásica de María Moliner: estudiosa, recoleta, recluida en su casa cada tarde –tras su jornada laboral como bibliotecaria- redactando fichas de palabras con sus acepciones, sinónimos y etimologías que guardaba en cajas de zapatos. Y que con el tiempo aparecían en los cajones de los armarios y de la cómoda de su casa.

Comprendí pronto que María Moliner no fue ni mucho menos una bibliotecaria con las tardes libres que rellenaba fichas para reunirlas algún día y publicar quizás un diccionario. No, María Moliner tenía clara su meta. Podría haber hecho otras muchas cosas por las tardes. Incluso zurcir los calcetines de sus hijos, como muchas madres de posguerra –aunque tuviera servicio esa era una tarea demasiado personal para eludirla-.  No le sobraba el tiempo. Pero lo buscaba, porque decidió, a los cincuenta años, que tenía que hacer algo más, una obra propia que nadie, ni siquiera el poder, le discutiera ni le disputara. Y más sabiendo que como bibliotecaria –sancionada y postergada en el escalafón al ser depurada tras la Guerra Civil- no podía ya aspirar a más. Así, trató de reinventarse. Se lanzó a crear una obra didáctica, enfocada inicialmente a los extranjeros que estudiaban español. Quería explicarles la riqueza semántica del castellano, sus acepciones más útiles,  la interconexión existente entre palabras de la misma familia… Sabía por experiencia que el Diccionario de la RAE –que estudió a fondo en sus años universitarios- se quedaba corto para alguien que quisiera ir de la palabra a la idea y viceversa. Hacía falta un diccionario con definiciones claras y útiles  que proporcionaran no solo información sino gusto por leer y escribir. Lo había echado de menos ella misma y decidió que alguien tendría que hacerlo. Quizás ella, si pudiera. De haber seguido con el ritmo de trabajo frenético de sus años jóvenes, cuando sus responsabilidades como bibliotecaria se multiplicaban, sobre todo durante la Segunda República, no habría podido abordarlo. Pero llegó ese día. Y comenzó la aventura del DUE.

Comprendí pronto, al trabajar en su biografía, que María Moliner no fue  ni mucho menos una bibliotecaria con las tardes libres que rellenaba fichas para reunirlas algún día y publicar quizás un diccionario. Ella tenía clara su meta. Podría haber hecho otras muchas cosas por las tardes. Incluso zurcir los calcetines de sus hijos, como muchas madres de posguerra –aunque tuviera servicio esa era una tarea demasiado personal para eludirla-.  No le sobraba el tiempo.  Pero lo buscaba, porque decidió, a los cincuenta años, que tenía que hacer algo más, una obra propia que nadie, ni siquiera el poder, le discutiera ni le disputara

Hay en María Moliner una forma de ser genuina y una pasión por la obra bien hecha que fascinan y conmueven. Esa honestidad intelectual influyó en la decisión de abordar su biografía, sin que eso significara una “adhesión” a su persona o una identificación plena. Pero su coherencia me ayudó a no tener apenas que cuestionarla internamente mientras la escribía. Un autor, ya se sabe, no tiene por qué simpatizar con su biografiado. De hecho, es difícil admirar o valorar al cien por cien a alguien, aunque haya afinidades. El distanciamiento suele dar mejores resultados. Pero siempre hay grados entre la distancia y la admiración. La figura de María Moliner, desde luego,  no ofrece reparos:  es transparente y tiene una obra sólida a sus espaldas. Lo que no impide que haya en su personalidad zonas a descubrir, territorios secretos. Moliner, como cualquier ser humano, tenía contradicciones, virtudes y defectos. Con una ventaja: su fondo era bueno, en el sentido machadiano del término. Eligió la discreción para ir por el mundo, pero su forma de caminar, afanándose –“lo suyo no era andar, era llegar”, recuerda su hija Carmina– muestra a una mujer decidida y segura de sí misma. No todo en ella era discreción, laboriosidad y entrega. Era dueña de una mente lógica que dirigía su obra, sus fichas, y en cierto modo, su destino.

1914: María Moliner con su Madre y hermanos

Su vida  tiene suficientes registros para desarrollar una biografía. Es una vida  compleja y apasionante salpicada de épica y heroísmo. Aunque con un perfil personal y familiar demasiado discreto como para constituir una historia novelesca. Sin duda, Moliner tiene hechuras de personaje de novela, pero siempre que la trama gire en torno a una sola peripecia: su gran obra, el DUE.  En todo caso, de haber algo más, su novela más personal e íntima transcurrió en su interior y se la guardó para ella.

Antes de analizar la trayectoria de Moliner había estudiado la de otras intelectuales de la posguerra, como Carmen Laforet y Carmen Martín Gaite, y del exilio (Mercè Rodoreda, María Zambrano, María Teresa León o Rosa Chacel).  Y unos años después escribí la peripecia vital de Constancia de la Mora Maura (y su hermana Marichu) en “La roja y la falangista. Dos hermanas en la España del 36″ (Planeta, 2006). Pero solo al llegar a María Moliner tuve la sensación de bucear en la vida de alguien inclasificable e irrepetible, una figura de las que solo aparecen cada siglo.  Es cierto que sentí también una gran afinidad en su momento con Carmen Laforet, la autora de “Nada”. Pero Laforet se fue alejando de la escritura y al final su trayectoria resultaba inasible, como si su yo más íntimo se escapara. Con María Moliner, mis expectativas se han cumplido: es difícil no estar de acuerdo con ella o no admirarla. Es una de las figuras más compactas que han pasado por mis ojos. Y más coherentes. Aunque la carga profesional de su trayectoria apenas deja ver los claroscuros que hay en toda personalidad. Tal vez porque la suya se nutre de una imparable necesidad de ser y hacer; una clara vocación a proyectarse en la actividad profesional. La consecuencia es que su biografía se ve enriquecida y a la vez lastrada por el peso del Diccionario, como si su vida personal fuera demasiado común frente a su obra.  Algo que no es del todo cierto, ya que es imposible que quien fue capaz de hacer esta gran obra pueda ser considerada una mujer común.

En “El exilio interior. La vida de María Moliner”, he tratado de desvelar la compleja personalidad de esta estudiosa. Un reto que me planteó desde el principio dos limitaciones: al ser tan conocida su obra y gozar de un prestigio acreditado, era difícil especular o hacer ficción sobre su vida, y por si fuera poco, los datos personales eran escuetos, como corresponde a una persona reservada y poco vanidosa. Después de todo, no le gustaba figurar, ni “hacer por hacer”. Le encantaba hacer las cosas a su manera, sin consultar demasiado, y sin dar demasiadas explicaciones, como si huyera por igual de las órdenes y de los aplausos.

Me resultaba difícil especular o hacer ficción sobre su vida, y por si fuera poco, los datos personales eran escuetos, como corresponde a una persona reservada y poco vanidosa. Después de todo, no le gustaba figurar, ni “hacer por hacer”.  Le encantaba hacer las cosas a su manera, sin consultar demasiado, y sin dar demasiadas explicaciones, como si huyera por igual de las órdenes y de los aplausos.

A los pocos días de su muerte, el 21 de enero de 1981, Gabriel García Márquez escribió  sobre ella un artículo en el diario El País que ha sido ampliamente difundido: “Escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”, resumía. García Márquez quiso conocer a María Moliner, esa mujer que, sin saberlo, había estado trabajando para él –y para tantos escritores-, recordaba en el artículo. No lo logró porque cuando él podía hacerlo Moliner estaba ya enferma y su memoria flaqueaba.  Había olvidado ya todas las palabras que con tanta pasión había reunido en su DUE.

María Moliner con su marido, el catedrático de Física Fernando Ramón y Ferrando

María Moliner nació en Paniza (Zaragoza) el 30 de marzo de 1900, en el “año cero”, como ella señalaba. Su trayectoria no se puede desligar del avance de las mujeres de su generación hacia la educación superior, a raíz del decreto de 1910 que eliminó las trabas existentes para matricularse en cualquier Universidad. Fue una de las primeras universitarias y esa condición –entonces minoritaria- de mujer ilustrada marcó su vida. Estudió parte del bachillerato por libre debido a las dificultades económicas de su familia y esa circunstancia acrecentó su responsabilidad. Su padre, médico rural, se había trasladado a Madrid con su familia para aumentar sus ingresos, pero la realidad es que la inestabilidad fue mayor en la capital y María Moliner y sus hermanos crecieron entre estrecheces. El padre se enroló como médico de barco y de su segundo viaje a Argentina ya no regresó. Fundó otra familia y a la que dejó en Madrid solo le mandaba cartas y de vez en cuando algo de dinero. Ese abandono caló hondo en Moliner, entonces con 12 años, y se convirtió en un secreto de familia que solo salió a la luz a la muerte de la lexicógrafa. Pero ella guardó las cartas de su padre con cariño.  A pesar de su ausencia, el padre le instaba a seguir estudiando y frecuentar el colegio de la Institución Libre de Enseñanza al que la joven Moliner solo pudo ir por un corto periodo. Tenía que ayudar a su madre, muy afectada por la marcha de su marido, y sacar tiempo para dar clases a sus propios compañeros, a fin de aportar algo a los gastos familiares.

“Escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”, resumía.  García Márquez quiso conocer a María Moliner, esa mujer que, sin saberlo, había estado trabajando para él –y para tantos escritores-, dijo0 sobre ella Gabriel García Márquez en un artículo.

La familia regresó a Aragón para guarecerse económicamente en el entorno familiar y Moliner se las arregló para estudiar en la Facultad, asistiendo a los seminarios y conferencias  que tenía a su alcance y al mismo tiempo conseguir un trabajo remunerado como secretaria-redactora del EFA (Estudio de Filología de Aragón). En este organismo tuvo ocasión de manejar fichas por primera vez y de analizar a fondo el DRAE. Y en el Seminario de alemán aprendió esta lengua con un sistema de reglas nemotécnicas que aplicó después en su labor bibliotecaria y posiblemente, en la organización de las entradas del DUE.

Al licenciarse en Filosofía y Letras, entró por oposición en el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Sus primeros destinos fueron en calidad de archivera y no de bibliotecaria, como deseaba, pero no desaprovechó las oportunidades que tenía para luchar por los puestos a los que aspiraba. Fue ya en Valencia, donde ella y su marido, Fernando Ramón y Ferrando, catedrático de Física, se trasladaron en 1930, donde María Moliner realizó sus sueños profesionales. La proclamación de la Segunda República le permitió involucrarse en las Misiones Pedagógicas y establecer el préstamo de libros en las zonas rurales de Valencia, un proyecto que logró hacer permanente a través de bibliotecas populares y escolares.

María Moliner

Al inicio de la Guerra Civil, el rector de la Universidad, José Puche, le confió la dirección de la Biblioteca Universitaria. Poco después, el  traslado del Gobierno legítimo a Valencia en previsión de que las tropas franquistas asaltaran Madrid, facilitó que sus superiores conocieran de primera mano su labor. Los responsables de Bibliotecas le encargaron que dirigiera la Oficina de Adquisición de Libros y Cambio Internacional (un intento de atraer títulos del exterior, pese a la guerra,  entregando como contrapartida las obras de los grandes autores de la Edad de la Plata editadas en papel barato) y respaldaron su proyecto de reorganizar la red de bibliotecas públicas. Este proyecto, conocido como Plan de Bibliotecas María Moliner, empezó a aplicarse ya durante la guerra, pero quedó invalidado y aparcado en un cajón tras la derrota republicana.


María Moliner, como todos los funcionarios, fue sometida a expediente de depuración para eliminar adherencias republicanas y, a pesar de que había sido sumamente discreta con sus ideas, fue acusada de “roja, y simpatizante de los rojos”, sin más argumentos. Como consecuencia, fue degradada dieciocho puestos y vetada para ocupar posiciones de confianza. Su marido perdió temporalmente la cátedra, al recibir una sanción mayor, y ella volvió al Archivo de Hacienda, su primitivo destino en Valencia. Años después él recuperó su cátedra, pero en Salamanca, y ella optó en 1946 por pedir el traslado a Biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid.

María Moliner, como todos los funcionarios, fue sometida a expediente de depuración para eliminar adherencias republicanas y, a pesar de que había sido sumamente discreta con sus ideas, fue acusada de “roja, y simpatizante de los rojos”, sin más argumentos. Como consecuencia, fue degradada dieciocho puestos y vetada para ocupar puestos de confianza.

En esta última biblioteca, rodeada de plantas, Moliner empezó a pergeñar su Diccionario. Muchos profesores sabían de su pasado republicano, pero lo que no podían sospechar es que por las tardes, en su casa,  mecanografiaba fichas que completaba a mano para hacer un Diccionario capaz de medirse con el de la RAE. “Estando yo solita en casa una tarde”… Así evocaría después su decisión de embarcarse en la aventura filológica. “Había un punto, el de la tarde, en que realmente me sentía vacía, sentía que algo me faltaba y entonces me puse a trabajar en el diccionario con todo entusiasmo. Siempre estaré satisfecha”, confesó en una entrevista a Daniel Sueiro, ya en 1972. Pensaba que el Diccionario le llevaría en torno a un año y acabó necesitando 15. Unos años antes de que lo acabara, Dámaso Alonso vio algunas fichas y medió para que Gredos le contratara el libro y  se lo editara.  Así comenzó la paciente espera de Gredos y la larga travesía de doña María hasta ver publicada su obra: el primer tomo a finales de 1966 y el segundo en el 67.  “Empecé joven, y con hijos poco más que niños y lo acabé cargada de nietos”, admitió después.

María Moliner

Nunca pensó que esa entrega le daría tantas satisfacciones y decepciones juntas. Le hizo feliz comprobar la repercusión de su obra y enterarse de que los académicos consultaban su Diccionario. Era lógico, ya que había redactado de nueva planta las entradas y había evitado los círculos viciosos del DRAE: se buscaba la definición de tonto y remitía a bobo y vuelta a empezar. Pero fue consciente también de que los prohombres de la cultura no querían reconocer su mérito, y la admiraban de tapadillo. Buena prueba de ello, junto al machismo imperante, fue que no salió elegida para entrar en la RAE en 1972.

Escribir de María Moliner deja un poso: si hay algo que transmite la lexicógrafa es que no hay tantos imposibles como pensamos. Lo que hay que hacer, se hace, cueste lo que cueste y, si encima produce placer, o sirve a los demás, mejor. Mi pasión por Moliner y su obra, lo reconozco, es bastante razonada, pero de esas que van calando y se hacen hondas. Ella también empezó su Diccionario con el rigor de una profesora y, sin embargo, acabó siendo la gran ilusión que enriqueció la segunda parte de su vida.

Le hizo feliz comprobar la repercusión de su obra y enterarse de que los académicos consultaban su Diccionario. Era lógico, ya que había redactado de nueva planta las entradas y había evitado los círculos viciosos del DRAE.Pero fue consciente también de que los prohombres de la cultura no querían reconocer su mérito, y la admiraban de tapadillo. Buena prueba de ello fue que no salió elegida para entrar en la RAE en 1972.

La publicación del Diccionario supuso para Moliner una resurrección personal y profesional, el fin de su exilio interior. Pero una vez descubierta su pasión por las palabras, ya no pudo parar y se impuso a sus cerca de setenta años revisar su obra y añadir entradas para la Segunda edición. Las circunstancias familiares, sin embargo, eran entonces distintas, más adversas. Su marido se había jubilado –hasta entonces pasaba muchos días entre semana en Salamanca- y estaba perdiendo la visión, por lo que tenía que atenderlo. Pero seguía ilusionada con la Segunda Edición y recopilaba todas las palabras nuevas que escuchaba o que veía en el periódico. Hipólito Escolar, uno de los socios de Gredos con el que Moliner charlaba cuando iba a la editorial, narra en sus memorias, Gente del libro, que la lexicógrafa intentaba no hacer ruido cuando tecleaba la máquina para no molestar a su marido. Este no estaba muy conforme con que hipotecara de nuevo sus últimos años alargando su obra con una inminente Segunda Edición. Lo ya realizado le parecía suficiente. Moliner era de otro parecer: creía que tenía que hacer adiciones, mantener vivo su Diccionario. Aunque ahí naufragó en parte por culpa de la arterioesclerosis cerebral que padeció y que desencadenó su Alzhéimer: no pudo acabar de revisar las correcciones, pero ahí quedó su voluntad de ordenar el mundo a través de las palabras; su empeño en no dejar sin definir una sola voz.

1966: María Moliner con sus nietos.

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Inmaculada de la fuente

Inmaculada de la Fuente ha ejercido el periodismo en EL PAÍS  hasta 2012 y en 1985 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo en la modalidad de Reportajes y Artículos literarios. Es autora de la novela “Años en fuga” (El Acantilado, 2001) y de los ensayos biográficos: “Mujeres de la Posguerra. De Carmen Laforet a Rosa Chacel, historia de una generación” (Planeta, 2002) y “La roja y la falangista. Dos hermanas en la España del 36” (Planeta, 2006). Ha publicado relatos en las revistas Bizotc y El invisible anillo. Además de su biografía sobre María Moliner, El exilio interior. La vida de María Moliner, Turner 2011, ha publicado Las republicanas “burguesas” (versión digital e impresa) en Punto de Vista Editores (2014)

EL EXILIO INTERIOR. LA VIDA DE MARÍA MOLINER, por Inmaculada de la Fuente

Créditos Fotográficos:

Fotografía 1: María Moliner. Década de los 30s del siglo XX. Fotografía del archivo María Moliner

Fotografía 2: 1914: María Moliner con su Madre y hermanos

Fotografía 3: María Moliner con su marido, el catedrático de Física Fernando Ramón y Ferrando

Fotografía 4 y 5: María Moliner

Fotografía 6: 1966: María Moliner con sus nietos.

 


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