El jardín secreto de Juan Eduardo Zúñiga

Juan Eduardo Zúñiga © karina beltrán 2013

Por Emma Rodríguez © 2013 / 

¿Recuerdan alguno de esos cuentos en los que se relata la fascinación de un grupo de niños escuchando los relatos contados por su abuela una fría tarde de invierno ante el fuego de la chimenea? No sé porqué esta imagen me ha acompañado durante todo el tiempo -feliz- que ha durado la lectura de “Misterios de las noches y los días”, de Juan Eduardo Zúñiga. Ha sido tan estimulante, tan cálida, que probé a ir más allá, a emular las sensaciones de una experiencia similar. Reuní a mi pequeña familia en el sofá del salón y leí tres de los relatos en voz alta. El silencio fue total y el ambiente se llenó de ecos, de sugerencias, de misterios, de luz. Mi hijo de 11 años, que ya anda interesado en Poe y otros escritores de terror, me regaló esos ojos inmensos, abiertos a la fantasía, que tanto me gustan, e hizo que le prometiera que habría más sesiones como esa [desde aquí les invito a que pongan en práctica un plan así. No puede resultar más económico y garantiza aventuras tan fabulosas que ninguna agencia de viajes podría incluirlas en sus ofertas turísticas].

La voz de Zúñiga, las atmósferas extrañas de estos relatos que el autor hubiera preferido que se titularan “Alucinaciones”, según me contó en un encuentro reciente, resultan elementos idóneos para llevar a cabo una propuesta -juego, encuentro, cita- de estas características. La brevedad de las narraciones, el estilo diáfano, el tono evocador, la elección de mundos lejanos, de ciudades nubosas, tan del Norte, contribuyen a ello. Dicho esto, volvamos al sendero inicial, la lectura de este conjunto de relatos de quien es uno de los escritores más secretos y más interesantes del actual panorama de la literatura en español. Un autor al que llevo siguiendo mucho tiempo y a quien admiro como escritor y como persona.

Abramos la ruta con la esfinge que habla en el primer relato, “El enigma”, que irremediablemente me ha remitido a uno de los cuentos que más pena y tristeza me produjeron en la infancia, “El príncipe feliz”, de Oscar Wilde. Atendamos a la llamada de la lluvia, “con delicados dedos”, en la ventana, del mismo modo que hace el joven conde en “El bisabuelo”; no temamos al desconocido de “El secreto” y dejémonos impregnar de la ternura, la inocencia, la pureza de los enamorados de “El mensaje”, perdidos en la promesa de una próxima, siempre próxima, primavera. Zúñiga parece haber abierto un pequeño cofre de los tesoros para ir desplegando, poco a poco, un extenso muestrario de texturas, sabores y emociones: La soledad, el miedo, la culpa, el perdón, la sorpresa, el espanto, la sensualidad, el amor, la idealización, la añoranza, la imposibilidad, el presentimiento… Hay algo en el fondo de todas las historias que lleva a los personajes a salir de su día a día y conducirse en una dirección determinada. Puede ser una voz que llama, una intuición, una memoria persistente.

Zúñiga parece haber abierto un pequeño cofre de los tesoros para ir desplegando, poco a poco, un extenso muestrario de texturas, sabores y emociones: La soledad, el miedo, la culpa, el perdón, la sorpresa, el espanto, la sensualidad, el amor, la idealización, la añoranza, la imposibilidad, el presentimiento…

“Hay que ser capaces de escuchar esos ecos que brotan de dentro; estar dispuestos a ver más allá de lo evidente, a través de los otros ojos, los de la imaginación. Hay que asumir que lo inexplicable, aquello a lo que no sabemos encontrar sentido en un momento dado, existe. Partir del hecho de que podemos buscar explicaciones fuera de la realidad, sentidos capaces de convertirse en mayores certezas que cualquier cosa que logremos tocar”, he anotado la reflexión surgida a partir de la lectura en mi cuaderno.

¿La voz de la conciencia, seres invisibles, desaparecidos que regresan del otro lado?, me he preguntado y le he transmitido la cuestión al propio autor. “Podemos darles un carácter sobrenatural”, me dice, “pero más bien consiste en proyectar hacia afuera algo que parte del interior. Se trata de pequeños fragmentos cargados de intensidad y con un tono un tanto metafísico, briznas, recuerdos unas veces luminosos, otras sombríos”.

La herencia, el abandono, la venganza, el embrujo, el placer, la casualidad, el azar… Todo cabe en este tarro de fragancias que pueden ser tan breves como intensas. Para acceder a ellas sólo hay que tener la disponibilidad de dejarse llevar, en ocasiones por un tiempo no lineal que remite a pasadizos imprevistos, fuera del espacio conocido, hacia ese territorio incontrolable con los simples códigos de la razón. En ocasiones basta con situarse en otra posición para mirar desde una perspectiva diferente. Otras veces es necesario ponerse alas y dejarse arrastrar por la fuerza de la fantasía.

Juan Eduardo Zúñiga © karina beltrán 2013

Repaso algunas de las frases que he ido subrayando a medida que leía. “Él sentía sobre su alma una capa helada de imprecisa amenaza” (“El cuchillo”). “Así, una estatua de resistente piedra proclamaría en aquel parque la irreductible persistencia del amor” (“El quiosco”). “Tan incomprensible era lo que veía que pensó en una alucinación; acaso dormía y soñaba con algo irreal y, a la vez, maldito” (“La pianista”). “La sangre puede debilitarse en las venas, pero en el corazón la ternura no se debilita” (“La muerte”). “Cada día el estudiante aguardaba el coche, intrigado y presa de la esperanza: cada vez la mujer le parecía más bella” (“La rosa”). “Más tarde supo calmar a los duendes cuando golpeaban las puertas” (“El ahorcado”). “Lo que escuchó fue una canción que vino del fondo de su olvido” (“El regreso”).

Cuántas sugerencias despiertan estos relatos, cuántas emociones se palpan en ellos, cuántas capas de sensibilidad levantan, cuánta extrañeza, sorpresa, provocan en el lector que, irremediablemente, busca similitudes con otros cuentos góticos, de fantasmas. Por supuesto que hay reminiscencias de estos, por supuesto que hay un sutilísimo fondo de cuento de hadas, pero todo ello pasado por el especial filtro del autor. Quien se adentra en las páginas de estos “Misterios…” con lo que se encuentra es con la personalidad única de un creador como Juan Eduardo Zúñiga.

He marcado -me gusta hacerlo- muchos relatos como favoritos, pero hay uno que quiero destacar porque dice mucho de la fascinación por la lectura, de la relación cómplice, tantas veces mitificada, que llega a establecerse entre lector y autor, así como del oficio de la escritura. Se titula “La esposa” y trata de un hombre que, movido por su admiración hacia un escritor, viaja a una ciudad desconocida y olvidada, con la intención de conocerle y hacerle preguntas sobre su obra, una obra en la que ha encontrado “la ternura de la tolerancia” y que es capaz de “descubrir las soterradas voces del corazón y hacerlas arte”. Pero la respuesta que obtiene es el silencio, la hosquedad, la indiferencia. Y a partir de ahí el discurrir de la aventura se torna impredecible.

Cuántas sugerencias despiertan estos relatos, cuántas emociones se palpan en ellos, cuántas capas de sensibilidad levantan, cuánta extrañeza, sorpresa, provocan en el lector que, irremediablemente, busca similitudes con otros cuentos góticos, de fantasmas.

Zúñiga no es nada hosco, pero sí tímido y huidizo. Tal vez por eso, por su carácter retraído y su alejamiento voluntario de los cenáculos literarios, no ha obtenido premios que sin duda se merece -espero que le lleguen- ni una mayor visibilidad de cara al público. Pero me da la impresión de que ahí, en ese espacio, se siente a gusto, del mismo modo que, según me cuentan sus íntimos, le encanta encerrarse a escribir en una escueta habitación, la más pequeña de su casa, que es como su particular jardín secreto. Ese jardín del que brotan las fábulas y donde los recuerdos se convierten en ramas de frondosos árboles. “Quisiera recorrer este extraño jardín”, leemos en una de las historias, “La prisionera”.

“Misterios de las noches y los días” es una magnífica oportunidad para acceder al universo de este hombre al que le encantan los paisajes blancos, nevados. Hay mucha nieve y mucha lluvia en este libro, atmósferas que nos trasladan a otra obra por la que siento especial predilección, “Desde los bosques nevados”, un homenaje a los autores rusos que tanto ama y de quienes tanto sabe Juan Eduardo Zúñiga. Pushkin, Chéjov, Dostoyevski, Turguénev… deambulan por las páginas de una entrega en la que el autor establece un diálogo con los maestros apegado a sus propias vivencias y reflexiona sobre los pliegues y sinuosidades de “esa alma ajena y enigmática” que nunca se deja atrapar y que tan bien han reflejado los autores eslavos.

Hay mucho de eso, de esas mismas búsquedas, en el escritor madrileño, a quien, tal vez un día, le dijeron que “la lectura es un tiempo perdido”, del mismo modo que al protagonista de “Caluroso día de julio”, uno de los relatos incluidos recientemente en una entrega esencial en su trayectoria, “La trilogía de la guerra civil”, construida sobre tres pilares: “Largo noviembre de Madrid”, “Capital de la gloria” y “La tierra será un paraíso”. Un modelo de hacer memoria, de reconstruir la Historia desde el centro mismo de los sentimientos.

“Leer novelas o cuentos disipa de los disgustos, la inseguridad, y si en torno suyo escasea el afecto, lo compensa el encontrarlo en otras personas imaginadas”, cuenta el narrador acerca del chico del relato citado, en el que yo quiero ver a Zúñiga. Y más adelante, con el tono evocador tan propio del autor, prosigue: “Le atrae el balcón porque allí afuera será donde ocurra todo, y de fuera vendrán las noticias de acontecimientos que él, sin duda, recordará pasados muchos años. Y tendrá que contar cómo los vivió y si le dañaron o le hicieron madurar. También contará que a la vez leía cuentos cuyo ambiente y los personajes que lo cruzaban le parecían más bellos, más nobles, más atractivos, que todo cuanto a él le rodeaba”.

Hay mucha nieve y mucha lluvia en este libro, atmósferas que nos trasladan a otra obra por la que siento especial predilección, “Desde los bosques nevados”, un homenaje a los autores rusos que tanto ama y de quienes tanto sabe Juan Eduardo Zúñiga

Sobre su infancia, sobre su juventud, sobre su vida, está escribiendo ahora Juan Eduardo Zúñiga, paso a paso, levantando unas Memorias muy íntimas, muy personales, cómo no, en las que, según me ha contado, intentará aportar algo de luz al también, sin duda, misterioso proceso creativo, a la formación de la vocación, temas sobre los que lleva ya largo tiempo meditando.

Sorprendido ante “la aparición de recuerdos que estaban perdidos en el olvido”, ante “la capacidad del cerebro humano para almacenar los detalles más insignificantes”, el escritor afronta el camino recorrido con las armas que mejor conoce, las de la fabulación, las de la recreación literaria. Se encierra todas las mañanas a cultivar su extraño y secreto jardín de palabras y pensamientos; da largos paseos por el Retiro; no pierde el interés por ver exposiciones -el arte para él fue antes que la escritura- y procura que la devastadora realidad que entra en su casa con las noticias cada mañana no llegue a minar demasiado su moral.

Mientras, sus lectores pegamos los oídos a las puertas abiertas en sus relatos, rompemos la pesadumbre del presente con esos instantes “raros, incomprensibles, tristes”, adjetivos que se nombran por este orden en uno de los relatos de “Misterios de las noches y los días”. Dejemos pasar, pues, a la magia de lo incomprensible en nuestras vidas, miremos al enigma de la noche sagrada -hay un cuento que se titula precisamente “La noche”- en la que todo lo portentoso se manifiesta: los instrumentos de música suenan solos; los animales bailan y hablan; los tesoros escondidos se muestran a flor de tierra; las plantas benéficas cobran mayor poder; la niebla de los pantanos cura a los enfermos que la respiran y los dioses del agua se muestran a los caminantes. Descubramos -agradezcamos descubrir- a Juan Eduardo Zúñiga.

Juan Eduardo Zúñiga © karina beltrán 2013

 [Además de la reedición de  “Misterios de las noches y los días”, Galaxia Gutenberg ha acometido en los últimos años el rescate de otras obras como “Desde los bosques nevados” y “Trilogía de la guerra civil”, ambas ampliadas con textos inéditos. Una de las partes de la Trilogía, “Capital de la gloria”, le valió al autor el Premio Nacional de la Crítica en 2004. Recientemente se ha editado el volumen de relatos “Brillan monedas oxidadas” y próximamente volverá a ponerse en las librerías “Flores de plomo”, novela en la que Zúñiga parte del trágico final del escritor y periodista Mariano José de Larra]

El reportaje gráfico ha sido realizado por Karina Beltrán en la casa del escritor, en Madrid.

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